G A R i 1 S O Ñ
H ! S T ORfADE
LA MEDICINA
i o in o 1
C A L P E
YALE MEDICAL LIBRARY
HISTORICAL LIBRARY
Digitized by the Internet Archive
in 2012 with funding from
Open Knowledge Commons and Yale University, Cushing/Whitney Medical Library
http://archive.org/details/introduccinlahis01garr
¿¿or
INTRODUCCIÓN
A LA
HISTORIA DE LA MEDICINA
ES PROPIEDAD Copyright by Calpe, i 92 i
• .UIIlMllC IJUI 1-A l'.YI'M.hKA K.M'AÜOÍ.A
INTRODUCCIÓN
A LA
HISTORIA DE LA MEDICINA
FIELDING H. GARRISON
BACHILLER EN ARTES, DOCTOR EN MEDICINA,
AYUDANTE MATOR BIBLIOTECARIO DEL DEPARTAMENTO OENERA1
DE CIRUGÍA DE WASHINGTON
TRADUCIDA DE LA SEGUNDA EDICIÓN INGLESA
EDUARDO GARCÍA DEL REAL
DOCTOR EN MEDICINA, LICENCIADO EN CIENCIAS HISTÓRICAS; CATEDRÁTICO, POR OPOSICIÓN, DE HISTORIA DE LA MEDICINA EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL; EX- CATEDRÁTICO, POR OPO- SICIÓN, DE PATOLOGÍA MEDICA DE LA UNIVERSIDAD DE VA- LLADOLID; EX -CATEDRÁTICO, POR OPOSICIÓN, DE ENFERME- DADES DE LA INFANCIA, DE LA DE SANTIAGO
Tomo I
C A L P E
MADRID I 9 2 I
\ 13 1
i
. (S. rk C) A.TOOBA, 30 ut'ii.KAi..,. MADRID
Al CORONEL WALTER D. McCAW
DEL EJÉRCITO DE LOS ESTADOS UNIDOS
BIBLIOTECARIO DEL DEPARTAMENTO GENERAL DE CIRUGÍA
(I903-I9I3)
EN AGRADECIMIENTO
A SU BONDADOSA PROTECCIÓN
Y A LAS MUCHAS ATENCIONES
Y AUXILIO QUE ME HA PRESTADO
PARA LA PUBLICACIÓN
DE ESTA OBRA
ÍNDICE del TOMO 1
Páginas
Prefacio de la segunda edición i
La identidad de todas las formas de la medicina antigua y primitiva 7
Medicina egipcia 39
Medicina sumeriana y oriental 49
Medicina griega:
I. — Antes de Hipócrates 65
II. — El período clásico (460-146 años antes de J. C.) 82
III. — El período greco-romano (146 años antes de J. C. y 476 después
dej. C.) 93
El período bizantino (476-732 años después de J. C.) 107
Períodos mahometano y judío (722-1096 años después de j. C.) 113
Aspectos culturales de la medicina mahometana 121
El período medieval (1096-1438) 129
Aspectos cultural y social de la medicina medieval 159
El período del Renacimiento. El revivir de la Ciencia y la Reforma 187
Aspectos cultural y social de la medicina del Renacimiento 233
El siglo XVII. La época de los descubrimientos científicos individuales. . . 245
Aspectos cultural y social de la medicina del siglo XVII 285
El siglo XVIII. El período de las teorías y de los sistemas 321
Aspectos cultural y social de la medicina en el siglo XVIII 406
«La Civilización, en su más alta forma hoy, aunque infinitamente compleja, for- ma esencialmente una masa unitaria. No debe ser durante más tiempo considera- da en luminosos separados centros, semejantes a los planetas en medio : de la no- che que los circunda. Menos aún como propiedad de una privilegiada comarca o pueblo; con ser tantas las lenguas del hombre mortal, sus devotos, semejantes a los Inmortales, hablan un sencillo lenguaje. En toda la vasta extensión iluminada por sus vivificantes rayos, sus obreros están sometidos y consagrados a una causa co- mún.»— Sir Arthur Evans.
«Es indudable que una de las lecciones de la historia de la ciencia es que cada edad marcha en hombros de las que la han precedido. El valor de cada época no es el suyo propio, sino, en gran parte, una deuda con sus predecesores. Y esta nuestra edad, si, semejante a sus antecesoras, puede alabarse de algunas de las co- sas de que está orgullosa, si pudiera leer en lo futuro hallaría también muchas de las que debería avergonzarse. »^-$ir Michael Foster. - . .
«Quitad de los aires todos los aeroplanos; de las carreteras, todos los automóvi- les; de los caminos de hierro, todos los trenes; de las ciudades, todas las luces eléc- tricas; de los buques, todos los motores; del Océano, todos los cables; del campo, to- dos los alambres del telégrafo; de las fábricas, todas las maquinaste las oficinas, los ascensores, teléfonos y máquinas de escribir; dejad a las epidemias extenderse a su gusto; haced imposible la cirugía mayor; todo esto e inmensamente más; supri- mid la instrucción que nos hace libres y sumidnos en el cautiverio de la ignoran- cia...., ¡Sería una catástrofe tan terrible como si el reflujo del tiempo volviese a los días de la infancia a todos los hombres que ahora existen! Por eso, cualquiera que desee progreso y prosperidad, cualquiera que desee elevar la Humanidad a un más alto plano de civilización, debe alentar la obra de los científicos, por cuantos me- dios le sea posible.» — William J. Humphreys.
«El desenvolvimiento y perfeccionamiento del pensamiento humano, como un todo, no ha sido, según se supone comúnmente, una continuada progresión hacia arriba, ni aun el equivalente de una constante serie de determinados resultados. Pensamientos e invenciones que parecían estar en el lindero de los resultados prác- ticos han sido con frecuencia reducidos a la nada, aun en el momento más decisi- vo, por cualquier combinación desagradable. Sí; lo mismo que en la verdadera me- moria de la Tierra de Promisión, la senda abierta en el camino se interrumpe fre- cuentemente, aquel hecho que parecía realizado tiene que ser creado de nuevo con laboriosos trabajos que duran años, décadas y aun centurias. Justamente lo más
sencillo, lo más natural, y, en fin, los más evidentes hechos son los más difíciles de resolver y dilucidar; justamente aquello que era de resultados más decisivos y po- tentes ha sido durante largo tiempo estudiado por el investigador, aun después de
haber descubierto la verdad Indudablemente, es tan difícil encontrar el oro del
pensamiento histórico como hallar en la calle el oro del diario tráfico actual; y no es de ningún modo la tarea del historiador de amplias miras el dar la clave inicial de sus descubrimienios. El únicamente puede reproducir el pasado con fidelidad y exactitud. La intuición del verdadero investigador actual y del del porvenir debe encontrar su propio camino y nuevos principios conductores en ios trabajos de ayer, de antes de ayer y del remoto pasado.» — Karl Sudhoff.
• Adorar las fórmulas doctrinarias, ese es nuestro verdadero enemigo.* — Max
\hi BURGER.
■ Es una fuerte exageración el resumir la historia de cuatrocientos años dicien- do que la idea motora de una nación conquistadora en relación a la conquistada r-r,i, en 1600, el cambiar su religión; en 1700, el cambiar su comercio; en 1800, el cambiar sus leyes, y en 1900, el cambiar su drenaje.
¿No podríamos nosotros, entonces, decir que en la proa de las naves conquis- tadoras de esos cuatro siglos la primera figura era la del sacerdote, después la del comerciante, luego la del letrado, y, finalmente, la del médico?» — A. Lawrence \ o well.
€ Aspiraciones, métodos y constancia son comunes en la profesión médica de to- da-, las comarcas. En su pabellón está inscrito aquello que debe ser la regla de la vida de todas las naciones: Fraternidad y solidaridad». — Abraham Jacobi.
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN
La acogida hecha por el Cuerpo Médico a la primera edición de este libro ha sido muy benévola. La presente, corregida y ampliada, ha sido preparada por el autor, de acuerdo con los editores.
Como consecuencia de la aparición de la primera edición, que fué, indudablemente, una aventura con éxito, el autor tuvo la gran alegría de recibir amables y alentadoras cartas de sir William Osier, del difunto doc- tor S. Weir-Mitchel, doctor A. Jacobi, el difunto doctor James G. Mum- ford, el doctor Harvey Cushing y otros muchos amigos.
El profesor Max Neuburger, de Viena, en una revista crítica de lo más generoso que se ha escrito durante la guerra, opina que el autor rompe deliberadamente con muchas opiniones sancionadas en el pasado y en el presente en Europa, considerando esto relacionado con el hecho de que el escritor «ve las cosas a través de anteojos ingleses». Esto es, ¡ay!, una de las muchas preocupaciones creadas en el espíritu humano por las en- contradas emociones de la guerra. El ver cada cosa «con los ojos de la Naturaleza» no puede ser exigido a todo producto especial de la inteli- gencia humana. El profesor Karl Sudhoff, de Leipzig, en sus juicios críti- cos ha calificado las opiniones del autor de «perspicaces, francas, impar- ciales», y concede que «en el período moderno» permanece en el terreno debido. Un lector no influido por la emoción reconocerá, sin embargo, que en este libro, después de todo, se ha hecho un honrado intento de presentar con claridad los méritos de la medicina inglesa, como medicina inglesa; de la medicina alemana, quá medicina alemana; de los franceses, como franceses; de los rusos, como rusos, y de los americanos, como ame- ricanos. Toda la inteligencia y perspicacia que el autor pueda poseer son de naturaleza francesa. Del mismo modo, sería muy difícil poder afirmar que en estas páginas se contenga ninguna injusticia contra la medicina alemana o contra la organización moderna de la ciencia alemana. El prin- cipal esfuerzo del autor, en su categoría de historiador impersonal e im-
HlSTORTA DB t,A MkDTOIWÁ. — TOMO T '
2 HISTORIA DE LA MEDICINA
parcial, ha sido llegar «por medio de la condensación de la razón» a aho- rrar el tiempo de sus lectores presentando las cosas tal como son, tan breve y concisamente como ha sido posible.
De las diferentes críticas hechas, yo considero como la de más valor la del profesor William H. Welch, que dice francamente:
— Usted no ha escrito una historia de la Medicina como una ciencia de inducción.
Cuando el Rev. Edward Irving preguntó en broma a Thomas Carlyle si quería casarse con una virgen de bastantes primaveras y escasos encan- tos, el malhumorado sabio de Ecclefechan respondió:
— ¡Xo; ni por una pura y perfecta piedra preciosa del tamaño del globo terráqueo!
Ese es precisamente mi modo de pensar respecto al problema de exponer los dudosos progresos de la Medicina en la forma de una ciencia inductiva. La Medicina ha tenido tantos aciertos y tantos errores en el pasado, que el trazar los tenues, casi invisibles Hilos que vienen a unir las aparentes soluciones de continuidad, en sus diferentes períodos, es empre- sa superior a nuestro estado de comprensión en la época presente. Hay períodos completos en la historia médica que parecen, según la frase de La Eontaine, «una enorme solución de continuidad>, o, por lo menos, nos vemos detenidos con demasiada frecuencia por desagradables super- ficies de discontinuidad.
No acertaremos a trazar esos hilos que han de relacionarnos con el pasado hasta que hayan sido exhumadas e interpretadas todas las fuentes manuscritas de la medicina antigua y medieval; no podremos tampoco resumir los «aciertos y los errores» de los períodos más antiguos hasta que hayan sido hechos por manos competentes los libros originales que
han de dar a conocer el desenvolvimiento de las principales discipli- nas. Yo he intentado trazar los eslabones que faltan en la cadena del pro- acuerdo con mis luces; pero yo acepto de buen grado la opi- nión del profesor Welch y la del doctor Charles Singer (Oxford), que una (arta particular): «La historia de la Medicina es una historia y las biografías sólo tienen valor en cuanto hacen nacer ideas.» A la historia de la Medicina no le interesan las anécdotas relativas a la randes, ni los absurdos de los errores antiguos, ni los primo- de la expresión antigua. Pienso que hemos contraído con Sudhoff una deuda desde que él, realmente, ha hallado y deducido principios, demostrando la continuidad, y esto es mucho más importante que cual- quier descubrimiento que haya podido hacer.
( Omo d<( íamoa en el prólogo de la primera (-(lición, este libro se ha on una determinada intención: la de estimular a los médicos y
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN 3
estudiantes en el cultivo de este género de estudios y de investigaciones, interesándoles en ello desde el principio. El autor no considera su obra como una cartilla o una guía para estudiar un territorio de vastas dimen- siones; no ha hecho ningún reclamo exagerado; pero puede, al menos, alabarse de que la distribución e interpretación del material y el modo de presentarlo son suyos verdaderamente. La comprobación de la exac- titud de los hechos, fechas, notas y datos biográficos ha llevado más tiempo y trabajo que la sencilla tarea de escribirlo.
Desde este punto de vista, al autor le ha complacido mucho que los médicos ingleses hayan citado sus hechos y descubrimientos más bien que sus opiniones. Las opiniones pueden ser erróneas; los hechos, cuando se han contrastado cuidadosamente, no pueden serlo. Aquellos que cono- cen lo que Augusto von Morgan llama «los signos masónicos de la Cien- cia», descubrirán fácilmente que la obra presente es «original».
Enfrente de esta modesta aspiración, y debido quizá a la suposición de que ésta es meramente una obra de recopilación, algunas personas han hurtado liberalmente, sin mi consentimiento, la distribución de los asun- tos, y hasta la manera de expresión del autor, de un modo que parece pequeño e innoble, como si quisieran desconocer los resultados de una gran cantidad de duro trabajo. Los editores de la obra han hecho un gasto considerable para presentarla dignamente. Y yo menciono este con- tratiempo para justificar la necesidad del aviso: «Todos los derechos reservados.»
No conozco a ninguna de esas personas; pero, por el conocimiento que de ellos he adquirido por sus procedimientos, puedo únicamente repetir la lacónica frase de mi antiguo director, el doctor J. S. Billings, en casos semejantes: «Tengo que confesar que me aprecian mucho.»
En la presente edición, muchas investigaciones, hasta ahora inacce- sibles para mí, han sido tomadas en cuenta, en particular las de Erwin Rohde, Max Hofler y Max Wellmann, respectó de la medicina antigua; de Sudhoff, Neuburger, Hussemann, Wickersheimer y Singer, en la me- dicina medieval; de Jorge Sticker, en Epidemiología; de Tschirch y Schelenz, en la historia de la Farmacia; de Erich Ebstein, en la historia de las enfermedades y del diagnóstico, y los notables estudios americanos de W. A. Lleidel, en las teorías corpusculares griegas; de John G. Cur- tis, sobre Harvey, y de Edward C. Streeter, sobre los artistas anatómicos florentinos del Quattrocento.
La interpretación de la medicina medieval en la espléndida historia del profesor Neuburger sobrepuja a todos los otros esfuerzos contemporá- neos, y puesto que la traducción de Oxford está aún sin publicar, no he vacilado en seguir exactamente su delicado texto, con el fin de hacer cono-
4 HISTORIA DE LA MEDICIN'A
cer mejor sus ideas a todos aquellos que no se encuentran en estado de comprender el alemán. Algunos de los más interesantes descubrimientos de reciente fecha en la historia de la Medicina, como los de Elliot Smith y Wood Jones en medicina egipcia, y Morris Jastrow en la babilónica, han sido literalmente desenterrados. Las excavaciones de sir Arthur Ewans en Creta, el Minoia regna, de Virgilio (et Cnosia regna petamus), han de- rramado mucha luz sobre la única cultura post-neolítica y las admirables prescripciones sanitarias de Knossos, y como quiera que se conoce muy poco de la medicina de Minos, es racional admitir que quede aún mucho por descubrir.
El último año ha sido testigo de algunos alentadores progresos en nuestro país. El doctor Mortimer Frank, de Chicago, ha completado su traducción de la Historia de la Anatomía Artística, de Choulant (con mu- chas adiciones), que yo he leído en el M. S. y que ha de ser de gran utili- dad para los anatómicos y las escuelas de Bellas Artes. El doctor Arnold C. Klebs ha' catalogado los incunables médicos de América, y esto, cuan- do esté completado con el material europeo, supondrá una adición de gran valor a la bibliografía médica. El doctor William S. Disbrow, de Newark, ha establecido un Museo de Historia médica en su ciudad, la segunda fundación americana de este género, aprovechando las coleccio- nes del contraalmirante James M. Flint, U. S. N. (retirado), en el Museo Nacional de Washington. El doctor Jorge Sarton (Universidad de Har- ward) trabaja por establecer un Instituto de Historia de las Ciencias y de la Medicina en su comarca, y sería una penosa equivocación no ofrecer al proyecto de este eminente sabio todo el apoyo que merece. Una biblio- teca médica combinada con un Instituto histórico ha sido también pla- neada por los miembros de la Facultad de Medicina de John Hopkins. Por último, el Boletín de la Sociedad de Historia de la Medicina, de Chi- cago, ha sido muy mejorado, en forma y fondo, por su actual editor, doc- tor Mortimer Frank; y un nuevo periódico, Anales de Historia de la Me- dicina, editado por el doctor Francis B. Packard (Filadelfia), se ha publi- p < ientemente, gracias al celo y decisión de Mr. Paul B. Hoeber (New- York).
\! preparar esta <>l>ra be sido principalmente auxiliado por los recur- : Biblioteca general de Cirugía, sin los cuales no habría podido
¡birla, y d presar mi sincera gratitud a los sucesivos biblioteca-
el coronel Walter I). McCaw y el coronel Champe C. McCulloch, por loa préstamos de literatura especial para mi uso particular. El profe-
íudhofl (Leipzig) me ha concedido <•] especial privilegio de copiar
algunos <!<• sus interesantes grabados relativos al horóscopo en Medicina
toa tradicionales de la pintura anatómica. Se me han conce-
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN 5
dido análogas atenciones por la Biblioteca Médica de Boston, la Biblioteca de la Academia de Medicina de New- York, el doctor Arnold C. Klebs, el profesor William Stirling (Manchester-Inglaterra), el profesor William Bateson (Londres"), el doctor Eugen Hollander (Berlín), el doctor Robert Müllerheim (Berlín) y otros. En la corrección de errores de omisión y de concisión en la primera edición he quedado muy agradecido, así como también por sus indicaciones, al difunto doctor S. Weir-Mitchell, sir Wil- liam Osier (Oxford), doctor A. Jacobi (New- York), doctor John W. Far- low (Boston), doctor Mortimer Frank (Chicago), doctor Walter A. Jayne (Denver), Mr. Alfred Ela (Boston) y otros muchos. En la presente edi- ción se ha hecho una revisión respecto de las hipótesis de Freud, mu- chas de cuyas opiniones confieso no entender por completo; yo he que- dado, por consiguiente, muy obligado a mi amigo el doctor William A. White (Washington) y al doctor A. A. Brill, que ha hecho los escritos de Freud accesibles al público inglés en sus concienzudas traducciones. En las secciones de bibliografía médica y de incunables, en el apéndice, he extraído liberalmente la notable colección reunida en la Biblioteca ge- neral de Cirugía por Mr. Felix Neumann, al cual soy además deudor de muy útiles sugestiones. Agradezco igualmente los generosos estímulos de Arnold Klebs en la anterior edición.
Todas las excelencias que este libro pueda ofrecer respecto a tipogra- fía y a ilustraciones son debidas a los editores; sin su generoso y amistoso auxilio, la primera edición no habría salido a luz nunca.
El libro ha sido enteramente reimpreso y corregidos sus índices en la nueva edición; y una vez más doy cordiales gracias a mis amigos los doc- tores Albert Allemann y Frank J. Stockman, de la Biblioteca general de Cirugía, que generosamente han sacrificado gran parte de sus horas de descanso a la corrección de pruebas.
F. H. G.
Washington, D. C, junio de 191 7.
UNA INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA MEDICINA
LA IDENTIDAD DE TODAS LAS FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA
Una de las doctrinas mejor acreditadas es la de la unidad o semejanza de las leyendas populares. Las investigaciones colectivas de los historiado- res, etnólogos, arqueólogos, filólogos y sociólogos han puesto de manifies- to el hecho singular de ,que todas las fases de la antropología social, que comprenden las acciones instintivas, convergen inevitablemente a un punto común de semejanza e identidad. Es positivo que todos los mitos, supers- ticiones, leyes y costumbres délos pueblos primitivos (por lo tanto, también las religiones en su aspecto étnicamente más primitivo) se encuentran re- lacionados con los instintos fundamentales de la defensa personal y de la re- producción. Es posible, como más adelante veremos, que muchas prácti- cas extrañas, como la momificación, la circuncisión, la ¡incubación, etc., se hayan ido lentamente transportando, desde un continente o una isla, a otros donde hayan acabado también por imponerse (Elliot Smith). Pero, de todos modos, el hecho es positivo para todas aquellas acciones humanas que pueden definirse como instintivas, como basadas eñ la necesidad in- nata, que es la madre del progreso: «La leyenda popular (folk-lore) es una unidad esencial.» La inteligencia del hombre salvaje, en sus patéticos es- fuerzos para establecer los sistemas éticos y religiosos que sirvan de guía moral y espiritual, o para embellecer el aspecto vulgar de la vida con el romanticismo y la poesía, ha recorrido siempre, de un modo inconsciente, las líneas de menor resistencia, siguiendo siempre las mismas etapas pro- gresivas. La inteligencia del hombre civilizado difiere de la del hombre salvaje únicamente por el más alto grado de su desarrollo. Las razas hu- manas y las costumbres sociales han cambiado porque se han ido especia- lizando cada vez más. El corazón del hombre permanece siendo el mismo.
8 HISTORIA DE LA MEDICINA
De todo lo dicho se deduce que, bajo aspectos diferentes de tiempo y de localización, todas las fases de la medicina popular y de la medicina antigua han sido esencialmente semejantes en sus tendencias, diferencián- dose únicamente en detalles sin importancia. A la luz de los estudios an- tropológicos, esta proposición puede considerarse como demostrada. Las inscripciones cuneiformes, jeroglíficas, rúnicas, en corteza de abedul y en hojas de palma, demuestran que los avances primitivos o legendarios de la más antigua medicina, lo mismo que se trate de la medicina accadiana que de la escandinava, de la eslava que de la céltica, de la romana que de la polinesia, han sido siempre los mismos; en todos los casos, un asunto de hechizos y de sortilegios, de leyendas acerca de algunas plantas y de psicoterapia, con el fin de rechazar los efectos de agentes sobrenaturales.
Acerca del primitivo origen de estos avances y de estas ideas popula- res conocemos todavía muy poco o nada. Han sido emitidas innumerables hipótesis encaminadas a la difícil empresa de querer interpretar, por com- paración de lo que ocurre en una inteligencia civilizada y c lucada, en cada caso particular, la labor de la mente primitiva, resultando que en la ma- yoría de los casos el investigador, obsesionado por sus propias hipótesis, se ha extraviado con la obcecación de un jinete terco y torpe. Pero todos los antropólogos están conformes en que el origen general de las ideas populares y de las costumbres (religiosas o de otro género) es social, re- lacionándose con la importantísima cuestión de «cómo hay que vivir», que se resuelve de un modo diferente en los diversos tiempos, en los dis- tintos países y entre los variados pueblos. Si nosotros apreciamos que la inteligencia del hombre primitivo difiere esencialmente de la del hombre civilizado respecto a educación y a desenvolvimiento, tenemos que com- prender que esta diferencia estriba, sobre todo, en poder señalar o apre- ciar las causas verdaderas de los hechos y de los fenómenos, que es lo que constituye la ciencia, y en una cierta percepción de los «valores» que se nos señalan como normas o guías de moral y de ética. Pero en cada una de estas cosas también la mente primitiva tenía sus normas naturales, que son dignas de la más profunda consideración.
ando a un lado algunas teorías acerca de su origen y de su evolu- ción, podemos suponer que el hombre prehistórico no era diferente de lo que nosotros encontramos con frecuencia que es el hombre primitivo: un completo salvaje en sus iust intos animales. En este grado de su existencia
- upa en procurarse el alimento y en luchar con sus enemigos con pa- los y con piedras, en raptar a su mujer y en guarecerse en cuevas y ca- •i las que probablemente poseería algunas precauciones higiéni- queBOn instintivas en los animales inferiores. Un perro lame sus he- mde y abriga en los huecos de las rocas, si se siente enfer-
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 9
mo o se encuentra herido; anda sobre tres patas, si está cojo; procura des- truir los parásitos de su cuerpo; hace ejercicio y juega para desarrollar sus fuerzas; busca una postura cómoda para dormir, y determinadas plan- tas y hierbas cuando se siente enfermo (i). No es ningún absurdo supo- ner que actos como éstos pueden haber existido como instintivos en el hombre adulto prehistórico, como existen actualmente en el niño de nues- tra raza actual. «El hombre ha ido encaramándose sobre la forma de los animales inferiores — dice John Burroughs — ;pero una vez que ha llegado, ha subido la escalera consigo.* Nosotros no sabemos dónde y cómo, cuán- do y de qué modo ha ocurrido esto; pero, en cambio, conocemos el primer peldaño de esta escalera. En la Sala de Antropología del Museo Nacional de Washington (o en otras buenas colecciones de este género) se pueden ver innumerables muestras de pequeños objetos de piedra recortada, que son los símbolos del grado de cultura del hombre prehistórico, sus pri- meros avances en la senda de la civilización. Con aquellas piedras, talla- das en forma de hoja, en la mano adquirió un nuevo medio de protección contra sus enemigos, de procurarse y prepararse el alimento y de cons- truirse otras armas e instrumentos del mismo género, pero mucho más perfeccionadas. Ahora bien; el punto de vista más interesante respecto de estas piedras prehistóricas es que ellas han sido encontradas en todos aquellos puntos en que se han hallado huellas de la existencia humana, cambiando su forma durante los períodos sucesivos inter-glacial y post- glacial, pero siguiéndole en todas sus emigraciones por la superficie de la Tierra. Aquí, tallada en forma de lanza o de punta de flecha; allí, como he- rramienta o instrumento del trabajo o como objeto de ceremonia, estos primitivos celtas, como se llaman, han sido encontrados en el lecho de los ríos de Inglaterra, Francia y Norte América; en las cavernas de Devonshire y de la Dordogna, en las 'llanuras de Egipto y de Palestina, en las heladas estepas de Siberia y de Alaska, y en todas ^partes presentando formas idénticas. En la primera edad de piedra (período paleolítico), hasta el pe- ríodo solutreano, las piedras célticas son más pequeñas, como tenía ne- cesariamente que resultar del tosco y primitivo trabajo de piedras ovales u ovoideas. Desde la época de la llegada a Europa de los pueblos de la piedra pre-chelleana, durante el segundo período inter-glacial,un período de varios cientos de miles de años, cada raza de las que van sucediéndose tiene su técnica peculiar de recortar la piedra, su retoque característico; hasta los ru- dos y bastos coups de poing de los chelleanos se convierten en las perfec- tas puntas de flecha en hoja de laurel del hombre solutreano. Pero en el
(1) Generalmente, el Triticum canicum, el Cynosurus cristalus y el Agrostis ca- nina, para los efectos emeto-catárticos. Los gatos tienen una bien conocida inclina- ción hacia la Valer ia?ia officinalis y la Nefeta cataica (hierba gatera).
lo HISTORIA DE LA MEDICINA
período magdaleniano las formas son otra vez toscas; y, finalmente, de- caen hasta las imperfectas formas azilianas y los modelos trapeciformes de los microlitos tardenoisianos (i). En la última edad de piedra (período neolítico) se llega a un alto grado de especialización y de pulimento; pero en forma y en fines, los instrumentos de piedra permanecen siendo los mismos a través de todos los territorios y de todos los períodos geológi- cos. Su empleo con fines quirúrgicos por los antiguos egipcios, o para la circuncisión ritual de los hebreos en el desierto, demuestra la extraordi- naria veneración con que eran acogidas aquellas piedras por aquellos pue- blos, a causa de su gran antigüedad. En esto tiene tal vez mayor inte- rés como contribución de los arqueólogos americanos, que el profesor W. H. Holmes (2) ha podido demostrar de un modo inductivo (trabajan- do sobre los métodos primitivos de astillas y reducir a hojas las piedras) que así entre los actuales indios americanos como entre aquellos canteros Piney Branch, en el distrito de Columbia, los procedimientos de trabajar la piedra, y especialmente de hacer las puntas de flecha en forma de hoja, no son quizá diferentes de los empleados por el hombre paleolítico, ni tampoco de lo que parecen ser los rudos artefactos del hombre eolítico. Aparentemente, no existe distinción en espacio y tiempo en la manera de estar hechos los instrumentos prehistóricos y los primitivos. De un modo análogo, los etnólogos, como ya hemos dicho, encuentran que las tradi- ciones, las leyendas y las supersticiones de los pueblos primitivos tienen una íntima semejanza familiar en todos los tiempos y en todos los países.
El punto común de convergencia de todas las leyendas populares mé- dicas es la noción de que espíritus u otros agentes sobrenaturales son la causa eficiente de la enfermedad y de la muerte. La medicina primitiva es inseparable de los modos primitivos de la creencia religiosa. Si nos- otros queremos comprender la actitud de la inteligencia primitiva res-
0 del diagnóstico y ¡del tratamiento de las enfermedades tenemos que : r que la Medicina, en el sentido que nosotros la asignamos,
es tínicamente una fase de una serie de procesos mágicos o místicos des- tinados a procurar el bienestar humano o a alejar la cólera de los dioses irritados o de los espíritus malignos, a producir el fuego, a provocar la lluvia, a purificar los arroyos o las habitaciones, a fertilizar el suelo, a aumentar la potencia sexual o la fecundidad, a prevenir o a alejarlas pla- gas del campo y las enfermedades epidémicas, y que aquellos poderes, unidos al principio a alguna persona, ya fuese ésta un dios, un héroe,
1 Vea e ll F. Osborn: Men of the old Stone Age% New- York, 1916, passim.
!l Holmes: Stone implements of the Potomac-Chesapeake Tidewater Pro- Bur. Ethnol., [893-94. Washington, [897; XV, páginas 1 -152). Véase tam- \fem. inter nat. Cong. Anthrop., Chicago, [894; páginas 120-139, 4 láminas.
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 1 1
un rey, un hechicero, un sacerdote, un profeta o un médico, constituyen el concepto genérico que tiene el salvaje del «hacer medicina». Un ver- dadero hacedor de medicina, en el sentido primitivo, era, análogamente a nuestros peritos científicos, filántropos y «eficientes ingenieros», un promovedor general de la prosperidad humana.
En sus intentos de interpretar los fenómenos de la Naturaleza, el hom- bre salvaje, inculto a causa de su inexperiencia, confunde lo primero de todo, la vida, con el movimiento. Como el Mimo en el Siegfrido de Wag- ner, él estaba confusamente asustado del rumor de las hojas en el bos- que, del ruido y de la luz del trueno y del relámpago, del resplandor y del reflejo del fuego y de la luz del Sol, y él no podía encontrar una re- lación causal entre un objeto natural cualquiera y su movible sombra, entre un sonido y su eco, entre el agua y los reflejos que aparecen en su superficie. Los vientos, las nubes, las tempestades, los temblores de tie- rra y todos los restantes ruidos y fenómenos naturales eran para él la exteriorización y las señales visibles de dioses malévolos, de demonios, de espíritus o de otros agentes sobrenaturales. Lo natural era para él lo sobrenatural, y lo mismo sigue ocurriendo entre muchos de nosotros. Por esta razón, él ha adorado al Sol, a la Luna, a las estrellas, a los árbo- les, a los ríos, a los manantiales, al fuego, a los vientos, y también a ¡as serpientes, a los gatos, a los perros, a los monos y a los bueyes, y ha lle- gado a erigirlos piedras y troncos tallados y esculpidos en los que se re- presentaban aquéllos, pasando de este modo de la adoración de la Natu- raleza a la adoración de los fetiches. Del mismo modo, en sus artísticas producciones, el salvaje es primeramente animista e ideográfico, tendien- do a vitalizar los objetos inanimados y prefiriendo reproducir la acción y el movimiento más bien que a perfeccionar lajforma (i). La enfermedad, en particular, él se sentía inclinado a considerarla primeramente como un espíritu maligno o como la obra de un espíritu de ese género, al que había necesidad de aplacar y de adular, como a las otras deidades, por medio de holocaustos y sacrificios. Una nueva asociación de ideas le in- dujo a considerar la enfermedad como algo producido por un enemigo humano poseedor de un poder sobrenatural, que él trataba de desviar por medio de apropiados sortilegios y hechicerías, semejantes a los que emplearía contra el enemigo mismo. Además, Bsu propia imagen reflejada
(i) Hay una íntima semejanza entre algunos de los conceptos del salvaje y el arte de los paranoicos, como lo demuestran perfectamente los notables grabados de la colección de G. Marro: Ann. de freniat., Turin, 19 13; XXIII, páginas 157-192, 6 láminas. W. H. Holmes ha demostrado que en el salvaje la perfección en las for- mas y figuras copiadas ha sido seguida del arte métrico y geométrico, como en la cerámica, los tejidos, la arquitectura, etc. (h'ep. Bur. Et/inol., 1882-83; Washing- ton, 1886; IV, páginas 443-465.)
i2 HISTORIA DE LA MEDICINA
en el agua, su sombra determinada por la luz del Sol, lo que él veía en sueños, o en las pesadillas ocasionadas por algún hartazgo, le sugestio- naron la idea de la existencia de un mundo espiritual aparte de su vida diaria y de un alma aparte de su propio cuerpo, y de este modo llegó a un tercer modo de considerar la enfermedad, como la obra de los ofen- didos espíritus de los muertos, ya fuesen hombres, animales o plantas. Estos tres conceptos de la enfermedad son ideas comunes a los grados más inferiores de la vida humana; porque, como dice Rivers, el orden de las causas naturales puede decirse, atrevidamente, que existe antes que esas mismas causas. Los salvajes aceptan voluntariamente, como una re- gla, las tres explicaciones, persistiendo largo tiempo en la creencia de la hechicería humana y constituyendo el miedo a los muertos un rasgo de los aldeanos, y algunas veces de sus descendientes en los pueblos «civi- lizados». Los modernos coreanos enumeran sus demonios «por millares de billones». Entre los salvajes, esas creencias coinciden generalmente con la ficción o impostura, un grado intermedio entre el politeísmo y el monoteísmo, que viene a resumir todo en el Ser Supremo o en el Gran Espíritu, con divinidades inferiores y demonios subordinados. Con el co- mienzo de ese skamanismo nosotros llegamos del mismo modo a la apa- rición del hombre médico y del doctor brujo o hechicero, donde se resu- me una solemne inspección respecto de la enfermedad y de su tratamien- to, no diferente de la del sacerdote con la religión. El hechicero trata la enfermedad de un modo casi igual a las maniobras psicoterápicas, que aprovecha para despertar en sus enfermos un estado correspondiente de auto-sugestión. Lo mismo entre los indios de la América del Norte que entre los samoyedos del Asia, él considera el mejor método para ahu- yentar los demonios de la enfermedad el adoptar un terrorífico aspecto, cubriéndose con la piel de animales, de tal modo, que parezca una enor- me bestia saltando sobre sus patas traseras, recurriendo a demostracio- nes, como gritos, voces destempladas y furiosas, batir palmas con sus manos, tocar campanillas y cascabeles, e intentando o procurando ex- tra er el principio activo de la enfermedad por succión a través de un tubo hueco. Para prevenir un nuevo ataque, o, en otras palabras, para tener alejado al demonio en lo futuro, él provee a su enfermo de un especial fetiche o amuleto, que será usado o llevado encima del mismo. Además, algunas fantásticas cosas serán elegidas para ser hechas o para no hacer- - orno, por ejemplo, pasar a través de una puerta o saltar por encima de un objeto intencionadamente; todo ello se considera por él como ac- !'l « hacer medicina». Nosotros nos sonreímos de estas fases del pro- miento mágico; pero excepto en lo que a las manifestaciones rui- rencia, no encontramos ninguna esencial diferencia res-
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 13
pecto de la medicina mental o de la fe en la curación de nuestros días. En ambos casos se trata de psicoterapia y de sugestión, y para un sal- vaje enfermo, el clamor fantástico producido a su alrededor puede ser concebido, siendo tan activo como los métodos tranquilizadores y cal- mantes de la Ciencia Cristiana respecto de los enfermos nerviosos mo- dernos.
Es altamente probable que en todas las sociedades primitivas el sacerdote, el mago y el hombre médico fuesen uno mismo, y que el poder atribuido a ellos ocu- pase un rango con valor y la espada como medidas de seguridad de la jefatura y de la realeza. Cuando estas funciones fueron siendo más especiales y diferencia- das, la religión llegó a ser la exclusiva creencia y la adoración en algún poder más grande que el hombre mismo; la magia, una clase especial de procedimientos, den- tro del poder del hombre, con el cual él trata de predecir y de comprobar los fenómenos naturales, comúnmente para producir el mal, y en oposición a la fuerza de Dios y de los dioses; y la medicina, el ensayo de llegar directamente a compro- bar aquellos fenómenos naturales que son capaces de producir en el hombre la enfermedad y la muerte (Rivers) [1]. Así, la religión, a causa de la inhibición que el hombre ejerció sobre sí mismo para llegar a ser semejante a Dios, llegó a ser el origen de las leyes y de la ética; las prácticas secretas de la magia engendraron la Alquimia y otras ramas de las ciencias físicas y químicas, la Astrología y la Astrono- mía, mientras que la medicina primitiva permaneció más o menos tiempo estacio- nada entre todos los pueblos, siguiendo constantemente la estela de las otras cien- cias, hasta que pudo utilizar los adelantos realizados por los físicos y los químicos. La magia negra estaba relacionada con la producción de sequías, hambres, enfer- medades, muertes y otros males; la magia blanca, para alejar aquellos males, o para producir otros bienes, como hacer llover, producir el fuego, fomentar la ve- getación, etc. La terapéutica llegó a ser, por consiguiente, un modo o manera de la magia blanca.
La patología primitiva atribuye la producción de las enfermedades a algo pro- yectado dentro del cuerpo de la víctima, a algo llevado sobre él, o al efecto de la hechicería sobre alguna parte del cuerpo del enfermo o sobre alguna cosa con él relacionada. La primera categoría corresponde a nuestras enfermedades infeccio- sas y tóxicas; la segunda, por ejemplo, la predilección de los salvajes australianos por la grasa perirrenal de sus enemigos, a las enfermedades dietéticas (metabóli- cas) y por deficiencia. La tercera categoría la define Frazer como magia simpática (acciona distancia) [2], incluyendo la magia homeopática e imitativa (la acción en y por objetos semejantes para el bien y para el mal) y la magia por contagio (el efecto mágico de cosas que han estado algún tiempo en contacto con la persona o que forman parte de ella). Como parte de este culto, el alma era considerada como «el animal dentro del animal, el hombre dentro del hombre», un maniquí, una ima- gen o el doble; algunas veces, una sombra o reflexión, ausente del cuerpo durante el sueño; otras, algo vagabundo y errante, capaz de ser extraído del cuerpo de un enemigo (3) o de ser depositado en algún* punto resguardado para asegurarle la inmortalidad, o también existiendo como un segundo ser o «alma externa» en dife- rentes plantas y animales, de cuyo bienestar depende el bienestar del individuo (4). Los «peligros del alma», en la medicina primitiva, eran prevenidos y alejados por medio de un sistema complejo de prohibiciones (totems y tabús). En la isla de Eddystone (Melanesia) casi todas las enfermedades son atribuidas al hecho de
(1) Véase W. H. R. Rivers: Fitzpatrick Lectures, Lancet, 19 16; I, pági- nas 59-117.
(2) Sir James G. Frazer: El arte mágico (El ramo dorado, pt. 1.a), Londres, 19 13; I, páginas 52-219.
(3) Frazer: Taboo y los peligros del alma (El ramo dorado, pt. 2.a), Londres, 191 1. (4j Frazer: El hermoso calvo (El ramo dorado, pt. 7.a), Londres, 19 13; II, pági- nas 95-278
14
HISTORIA DE LA MEDICINA
comer frutos de los árboles prohibidos. En otras regiones de la Melanesia las en- fermedades suceden a ]as infracciones délas ordenanzas «totémicas», como matar o comerse los muertos (Rivers). Así, la medicina primitiva, la magia y la religión eran inseparables, aunque, como en el antiguo Egipto, o en algunas partes de la moderna Melanesia, el arte de curar llegue a especializarse de tal modo que exista un médico para cada enfermedad.
Dejando a un lado todo esto relativo al shamanismo (hechicería), los conocimientos médicos actuales respecto del hombre primitivo son insig- nificantes. Como nos indican los estudios sobre el folk-lore, la función del hombre médico era limitada, y el arte de curar no ha podido progresar en tanto que ha estado sometido a la tiranía de una creencia en lo sobre- natural. Como el salvaje logra algún adelanto en los conocimientos que obtiene con la experiencia, es natural que algunos talentos especiales, como el conocimiento de las hierbas, la colocación de los huesos fractu- rados o dislocados y la cirugía rudimentaria, se desarrollasen y se emplea- sen como talentos especiales y modos de vivir por ciertos individuos. Jun- tamente con estos curanderos naturales aparecieron las inevitables « coma- dronas >, que seguían la terapéutica de las hierbas y ejercían la asistencia a los partos, y estos especialistas pronto pudieron apreciar que un cierto número de venenos eran también remedios en determinadas circunstan- cias. La Medicina, que Huxley ha calificado tan atinadamente de nodriza de muchas ciencias, comenzó, en realidad, por esta burda ciencia de plantas y de venenos de los pueblos primitivos.
El hombre primitivo miraba a los envenenadores con el mismo horror y repug- nancia que nosotros experimentamos, a causa, como puntualiza Thomas (i), de que <-l uso del veneno envuelve la idea de muerte sin la posibilidad de resistencia mo- tora, sin dar a la víctima la esperanza de una lucha.
('nando Ulises destina a lllus para Ephyra un mortal veneno de flecha, éste rehusa por el temor a los dioses inmortales» (Odisea, I, 260). En el festival déla Thargelia, en la antigua Grecia, dado a los atenienses todos los años en mayo, dos públii xrados eran colocados aparte, con el propósito de azotarlos con es-
ramas de higuera salvaje o agnus castas \ y, en algunos casos, muertos a pe- dradas o arrojados al agua. El testaferro, en este caso, era llamado el IViarmakos, que signifít a, por lo tanto, el envenenador, el hechicero o el mago. Si el verbo del que se deriva la palabra droga cpap|jLa/.ov) significa primitivamente «dar drogas ahuyentar los espíritus malignos con soplos», es un asunto todavía discutido. Pero, de todos modos, parece lo más probable que el primitivo farma- 1 era mirado con recelo.
El conocimiento que el hombre primitivo tenía de los cuerpos sim-
licinales (plantas y minerales) era exactamente como el de la fase
de las drogas de nuestra terapéutica moderna — extensivo, pero no inten-
1 .nulo él incurría en error era, como en nuestro propio caso,
lo a la causa que Kant asigna para todo error humano: la tendencia
iV. I ino,'! . \d Society, Chicago, 1907; páginas 163-167.
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 15
inveterada en la mente humana al post hoc, ergo propter hoc. Como mu- chos médicos todavía en la actualidad, él tiende a tratar la enfermedad más bien que el enfermo, no considerando (como nosotros ahora comen- zamos precisamente a considerar) que el efecto dinámico de una droga en el cuerpo del enfermo depende mucho más de la delicada composición química de aquel cuerpo que de la composición misma de la droga. Cuan- do se proponen para una enfermedad muchos diferentes remedios se piensa, generalmente, que nosotros conocemos muy poco a propósito del tratamiento de aquella enfermedad, y lo mismo debemos pensar de una droga que se pondera como panacea o cúralo-todo de muchas enferme- dades. «Escuchando las alabanzas de esas panaceas — dice Peter Kruken- berg, el antiguo clínico de Halle — nos vemos como si estuviésemos actual- mente ante la barraca de un saltimbanqui» (i). No estamos nosotros en este respecto mucho más adelantados que aquellos hombres primitivos. Así, el escrito hierático de los papiros egipcios revela una materia médica desusualmente extensa, cuyas excelencias han sido ya cantadas por los poemas homéricos y que ha podido ser duplicada — por lo menos en ex- tensión— en la materia médica de las viejas civilizaciones como China y el Japón, y hasta en nuestras propias y voluminosas farmacopeas. Abel y Macht han demostrado que la antigua creencia europea en la naturaleza venenosa del sapo y en el poder de su piel seca para curar la hidropesía puede ser explicada por los dos alcaloides, bufagina y epinefrina, que se han aislado del sapo americano Bufo aqua. La bufagina (C18 H24 04) tiene una marcada acción diurética (2). Vemos que los salvajes, en regiones extraordinariamente alejadas unas de otras, llegan fácilmente a conocer los más terribles venenos de las flechas — curare, ouabaína, veratrina, boundou, etc. — , así como también las virtudes de muchas drogas, como el opio, el cáñamo indio, el cáñamo, la coca, la quina, el eucalipto, la zar- zaparrilla, la acacia, el kousso, la copaiba, el guayaco, la jalapa, el podo- filino y la cuasia. W. E. Safford ha demostrado que los diferentes rapés narcóticos usados por los indios de la India Occidental y del Sur de Amé- rica son todos producto de la Piptadenia peregrina (3). No alejándonos de nuestro propio país, encontramos que los indios de la América del Norte conocen que el madroño es «bueno» para el reumatismo; la lobelia, para la tos y los catarros; la infusión de salvia salvaje, las bayas de fresno espinoso, la cinoglosa y la corteza del sauce, para las fiebres; el saúco, la cereza sil- vestre y el zumaco, para los catarros y las anginas; el jengibre silvestre, el
(1) Citado por Baas.
(2) Abel and Macht: J. Pharm. and Exper. Therap., Baltimore, 1911-12; III, páginas 3»9~377-
(3) Safford: Journ. Wash. Acad. Se, 19 16; VI, páginas 547-562.
i6 HISTORIA DE LA MEDICINA
ginsem y la euforbia, para los trastornos digestivos; las inhalaciones de polea, para el dolor de cabeza; el sasafrás y las hojas de violeta, para las heridas y los panadizos; y la raíz de sasafrás y de zarzaparrilla, «como re- frescantes y purificadores de la sangro. En 1 5 35-36 el iroqués, cerca de Quebec, como refiere Jacques Cartier, trataba el escorbuto de sus tropas, con gran éxito, por medio de la infusión de la corteza y de las hojas del abeto del Canadá; y el francés, en Onondaga, en 1657, encontró recomen- dadas las hojas de sasafrás por la misma tribu como «maravillosas» en el tratamiento de toda clase de heridas (i). La Materia Médica America- na (1780), del viejo Anspach-Bayreuth, cirujano Schoepf, quien sorprendió con las tropas de Hessian durante la guerra de la Revolución, demuestra que los colonos anglo-sajones en el Nuevo Mundo habían aprendido ya muchos secretos de la terapéutica de las plantas del hombre rojo, para añadirlos a la muy rica medicina popular que ellos traían, indudablemen- te, de la vieja Inglaterra. La ciencia popular de las plantas de la Inglaterra rural comprende también el conocimiento de las virtudes de las infusio- nes de manzanilla, de salvia y de diente de león, como laxantes; de la me- jorana y de la raíz de prímula, para el dolor de cabeza; del ajenjo, como tónico; de la valeriana, para los «nervios»; de la agrimonia y del perejil, para la ictericia; del cólchico, para la gota; del hinojo, de la eufrasia y de la ruda, para el «mal de ojo»; del helécho macho y de las hojas de melo- cotón, para las lombrices; del tanaceto, como vermífugo y abortivo; del marrubio, del malvavisco o de la énula campana confitada, para la tos y los resfriados; de la dedalera o digital, como «el opio del corazón» y de otras muchas «plantas vulnerarias», como la brionia, agrimonia, oreja de liebre, lunaria, hiedra terrestre y rama dorada. Las poesías inglesas y las leyendas populares están llenas de alusiones al tomillo y a la mejorana, al romero y a la ruda, al muérdago y al fresno, así como también a los ve- nenos, como la cicuta, el acónito, la belladona, «el jugo del tejo» y el bele- ño, que Areteo consideraba como causa de la locura, y al cual se refiere con la misma idea Shakespeare en los siguientes versos:
la insana raíz (el beleño),
Que hace a la razón prisionera.
I-.l Asphodel O marrubio se encuentra frecuentemente mencionado en los poemas homéricos como un bálsamo que calma el dolor de las heridas
1 Medicine in the Forest, Oneonta (New-York), 1910. Yager hace
frecuentes que son las panaceas y cúralo-todo entre 1<>s indios del
Nortí erica. Cada remedio ea administrado por si mismo y en determinadas
Para la teoría y formulae de la medicina de los cherokeos véase
). Ifooney: Bur* Am. Ethnol, Rep.¡ Washington, 1891; VII, páginas 319-369.
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 17
recientemente producidas, y la misma tradición se ha conservado hasta la época moderna en los distritos populares del Lancashire, de Irlanda y de los lagos de Escocia. Kipling ha resumido por completo este asunto en sus encantadores versos:
El esmirnio y la caléndula; La eufrasia, el leño de Florencia y la énula campana; La albahaca, el jaramago, la valeriana y la ruda, (Casi cantando al mismo tiempo que corren); La verbena, el marrubio, el nomeolvides; La prímula, el trébol, el girasol: Todo lo verde que brota de la tierra Eran excelentes hierbas para nuestros viejos padres.
En el empleo de los agentes naturales o físicos contra la enfermedad encontramos que el hombre primitivo, con sus habitaciones bien ventila- das y su vida ruda, al aire libre, se encontraba en una situación más favo- rable que sus hermanos los hombres civilizados actuales, con frecuencia buscando o encontrando sólo una violencia. Los indios (i) conocen, por ejemplo, la importancia de los cuidados de la piel, de mantener libres el intestino y los ríñones, y con este fin, los manantiales, las fuentes terma- les y la sudación eran los sucedáneos naturales de los baños turcos. Los eméticos y los catárticos, seguidos de un baño de vapor y de una sumer- sión en agua fría, y con frecuencia de una dosis de un cocimiento de cor- teza de sauce (salipirina), eran el sistema terapéutico eficaz seguido por los indios de Norte América en ios casos de fiebre intermitente y remiten- te; el baño de vapor y la cimicífuga eran la base principal del tratamiento del reumatismo. Como los antiguos babilonios, tenían sus períodos fijos para las emesis y catártasis rituales (por ejemplo, la fiesta del trigo verde); muchos de nuestros abuelos han seguido el almanaque zodiacal para san- grarse.
El masaje era de largo tiempo conocido y practicado por los in- dios, los japoneses, los malayos y los indios orientales. Según la opinión de Rivers (2), el masaje ha sido importado a la Melanesia por los náu- fragos de la Polinesia, supuesto que en la Polinesia el masaje es, aparen- temente, una verdadera medida terapéutica racional, en tanto que en la Melanesia es más bien algo impuesto por un rito mágico. El hipnotismo ha sido originado entre los indios; la inoculación contra la viruela, entre los indios, los persas y los chinos. Lady Marie Wortley Montagu trajo su idea de la variolización del Este, y ella está todavía empleada entre las
(1) Para el completo conocimiento de la medicina india en la vigésima centu- ria véase A. Hrdlicka: Bur. Am. Etknol. Bull,, num. 34, 1908; páginas 220-253.
(2) W. H. Rivers: El masaje en la Melanesia, tr. XVII. Internal. Congr. I/../., 191 3. Londres, 19 14; sect. XXIII, páginas 39-42.
Historia ük i.a Medicina. — Tomo I
i8 HISTORIA DE LA MEDICINA
tribus y razas del Norte y del Centro de Africa (Arnold Klebs) [i]. Los antiguos japoneses empleaban las moxas, y los chinos, la acupuntura. Los chinos de la dinastía mongólica (1260) [2] aprendieron probablemente el uso de los anteojos de la India, vía Turkestán. Los anteojos para la nieve han sido empleados por las tribus polares.
La Cirugía no ha llegado a ser verdaderamente una ciencia hasta los tiempos relativamente modernos, no tanto por lo que a habilidad indivi- dual o a la especialización de los instrumentos hace referencia, como por la aparición de los nuevos factores: la anestesia y la antisepsia. En la ciru- gía primitiva aparecen ya todos los rudimentos del arte. Los más antiguos instrumentos quirúrgicos han sido, según todas las probabilidades, no las especializadas piedras talladas en forma de hoja, o «celtas», a las que ya nos hemos referido, sino más bien algunos fragmentos excepcionalmente cortantes y afilados en punta, que se producían por accidente al dividir las piedras en láminas (3), como las navajas obsidianas del Perú. Podemos admitir que con estas piedras afiladas o con las espinas de los pescados pudo ser efectuada la sangría, la abertura de los abscesos, la escarificación de los tejidos, la trepanación del cráneo, y, ya en un período más avan- zado, algunas operaciones rituales, como hemos visto que se realizaban con los mismos «celtas» primitivos. La trepanación para la epilepsia y para otras alteraciones cerebrales se remonta hasta los tiempos prehistó- ricos, encontrando, como demostración de ello, el que vemos con frecuen- cia, colocados a modo de amuleto, sobre una misma persona, varios de los trozos de hueso quitados del cráneo. Se dice que la trepanación se practica todavía entre los aymarás de Bolivia y los quichuas del Perú (4), y otra demostración de ello es la curiosa mutilación crucial a lo largo de las suturas coronal y sagital, como una práctica usual entre los habitantes de la isla de la Lealtad, que ha sido conocida gracias a la comunicación del misionero inglés Rev. Samuel Ella, en 1874 (5), y que Manouvrier en- cuentra después en los cráneos femeninos de la época neolítica en el Seine- et-Oise, denominándola la «sincipital T» (1895) [6]. Las heridas del hom-
Klebs: Johns Hopkins Hasp. Bull. y Baltimore, i9i3;XXIV, pág. 70. B I. tuicr: Mitt. z. Gesch, d. Med., Leipzig, 1907; VI, páginas 379-385. Lo escrito acerca de este importante punto se debe a William 11. Holmes. \. Bandelier: Sobré la trepanación en los indios actuales de Bolivia [Internal. r. Americanista 1894). S. I Mozans (Rev. J. A. Zahm)y en su A lo largo de los I \ mazónos > New- York, 191 1; páginas 206 y 207), es de opinión que las ho- jas del Erythro vylon coca, cuando se mas< an, tienen propiedades anestésicas, como 61 puede comprobar personalmente. Así se podría comprender cómo los antiguos peruanos hablan podido efectuar La trepanación con el auxilio de tro/os afilados de piedra u obsidia 1 pecú d< lava volt áni< a
I 1: ¡A-/. /'.' - . I on, has, 1874; I. pág. 50.
L Manouvrier: Rev. mens, de ? Ecole o? \nthrop. de Paris, 1899; VI, pá<¿. 57; XIII, pág ni. Manouvrier opina que la T sincipital puede identificarse ron
IDENTIDAD DE FORMAS DÉ LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 19
bre primitivo se curaban con musgo o con hojas secas, con ceniza o con bálsamos naturales, y cuando estaban emponzoñadas, tratadas por la suc- ción o por la cauterización. Las ventosas puede pensarse que las formasen primitivamente con los cuernos de los animales. Los efectos revulsivos de alguna herida accidental o de alguna hemorragia, o el proceso natural y periódico de la menstruación, sugirieron, indudablemente, las ventajas de la sangría, que ha llegado a convertirse en el áncora de salvación o último recurso terapéutico a través de las edades. Para la operación de las cata- ratas y para abrir un absceso podía bastar con una espina de pescado. Los dayacos de Borneo emplean una raíz aguzada (pinjampo). En una fase más avanzada del desenvolvimiento cultural se afilaban en punta los trozos de madera dura, o se les hacía cortantes, lo mismo que se hacía con las hojas cortantes de piedra. Durante las edades de bronce y de hierro llega a ad- quirirse una gran habilidad en (los trabajos metálicos, y el instrumental quirúrgico va correspondientemente perfeccionándose. En las excavacio- nes de las habitaciones lacustres de Suiza, que han sido descubier- tas en 1853 (i), se han encontrado diferentes objetos, de culturas diferen- tes, en las sucesivas capas del terreno, desde la edad xde piedra hasta las edades de bronce y de hierro, y de ello puede deducirse que el co- mienzo real de la cultura del Norte de Europa se debe asignar a los objetos e instrumentos encontrados en La Téne. La frase «La Téne» simboliza para los antropólogos el punto de mira de los períodos cultu- rales que siguen a las tres edades del hielo, con sus dos períodos inter-glaciales, no en razón de que los objetos descubiertos en las ha- bitaciones lacustres sean necesariamente los objetos de hierro más an- tiguos que se conocen, sino porque son los más característicos y re- presentativos de todos. La Téne está precedida por las edades eolítica, paleolítica, neolítica, del bronce y la primera del hierro (Halstatt). Los hallazgos de La Téne datan, próximamente, de 500 años antes de Cristo, de los tiempos de Roma, enteramente distintos de las culturas egipcia, india y griega, comprendiendo los cuchillos, agujas, broches, espadas y lanzas de hierro, como los brazaletes, collares y pendientes de los etrus- cos o ejemplares de los celtas occidentales, y las urnas funerales conte- niendo restos humanos, demostrando que la cremación era reglamentaria en los habitantes de La Téne. Algún tiempo después, como, por ejemplo, en los hallazgos galo-romanos de Francia, nos encontramos el tránsito a
la cauterización crucial del cráneo, recomendada por Avicena y otros, y no una mutilación ritual. Gron lo considera como una forma de tortura judicial. Sudhoff lo identifica con los procedimientos derivativos empleados por los cirujanos alejan- drinos para las cataratas y mencionados por Celso (VII, cap. XII, sect. XV). (1) Primeramente investigadas por Ferdinand Keller en 1853-54.
¿o HISTORIA DE LA MEDICINA
los instrumentos compuestos y articulados, como tijeras, en los cuales el corte se efectuaba ya por una acción indirecta (i). Con estos instrumentos de metal, más perfeccionados, pudieron ya intentarse las operaciones cos- méticas, como el tatuaje; la abertura de orificios para pendientes en las orejas y en las narices, o la operación de Mica (uretrotomía externa) y hasta las amputaciones y litotomías. Los antiguos indios realizaban ya casi todas las grandes operaciones, excepto la ligadura de las arterias; la ovariotomía se ha hecho por los naturales de la India y de la Australia, y Felkin ha sido testigo de una operación cesárea en Uganda en 1 878. Am- bas operaciones eran llevadas a cabo por los castradores de cerdos alema- nes en la dieciseisava centuria.
El uso de una poción soporífera reemplazando a la anestesia es, igual- mente, de una remota antigüedad, como puede verse simbolizado en el versículo veintiuno del segundo capítulo del Génesis: «Y Dios Nuestro Señor hizo descender un profundo sueño sobre Adán, y él durmió; y El tomó una de sus costillas y cerró luego la herida.» Del calmante nenúfar de los egipcios, que la Odisea dice fué echado por Helena en el vino de Ulises; de la «samme de shinta» del Talmud, del «blang» de las noches árabes, del «jarabe narcótico» del tiempo de Shakespeare, de las virtu- des soporíferas del opio, del cáñamo indio, de la mandragora, del bele- ño, del estramonio, de la belladona, del lactucario, etc., vemos que han sido bien conocidos de los orientales y de los griegos (2), y que en las
1 \ ('ase ML Bnudouin: Arch. prov. de Chzrurg.,Farís, 19 10; XIX, páginas 228-238. I .1 adormidera y el cáñamo indio eran probablemente conocidos de los egipcios y, consiguientemente, de los griegos; la belladona, de los egipcios, de los griegos y de los hebreos. Theofrasto y Dioscórides han sido los primeros que mencionan las propiedades afrodisíacas y narcóticas de la Atropa mandragora. No sabemos bien si la mandragora que pretendió Raquel de Leah (Génesis, XXX, pá- ginas 14-16) era con la primera intención o con la de aliviar los dolores del parto. Dios< órides es el primero que habla del empleo del vino de mandragora para la anestesia quirúrgica, y su receta ha sido empleada con éxito por sir Benjamín Ward Richardson (Hrit. and /-'or. Mcd.-Cliir. Rev., Londres, 1874; Lili). La man- dragora se menciona también por Celso, Plinio, Apuleyo, Pablo de Egina y Avice- na, v las leyendas a propósito de la forma humana de su raíz, de los mitos espan- que lanza al ser arrancada, y la necesidad de emplear para arrancarla un perro, son comunes a los antiguos ingleses v germanos. Drogas como el cáñamo indio o hasliHis tabannuj 1 eran comunes entre los antiguos indios y los más mo-
derní y sir Richard Burton añade: hilas han sido usadas por todo el
ite mu< hos Biglos antes de que el éter y el cloroformo llegasen a ser la moda civilizado Occidente (Arabian Nights, denver edition, vol. IV, nota de la pá- gina 71! lúa, un mé.ii. o chim». se dice que usaba el hashish en < ürugía unos dos- « ienl tntes de Cristo. Según S. J. Mozans I lo largo del Amazonas y de los
\ ork, i«h 1, páginas 206 \ 207 1, los antiguos incas del Perú usaban pro- bablemente en la trepanación la anestesia producida por el principio activo del 1 ! ejemplo moderno de un coquero (el que masca habitual- al que le pasó por encima un carruaje, sin que, aparen- 1 dolor alguno, a pesar de habérsele -< ■■ < ionado un pie en
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 21
centurias trece y catorce se recomendaba una mixtura de algunos de esos ingredientes (oleum de lateribus), que era seriamente recomendada para la anestesia quirúrgica por los maestros medievales Nicolaus Salernita- nus, Copho, Hugo de Lucca y su hijo Theodorico, en forma de una spon- gia somnífera o confectio soporis para inhalación. Además, el uso de aque- llos antisépticos naturales, como la extremada sequedad, el humo (creo- sota), la miel, el nitro y el vino, era desde muy antiguo conocido por los hombres primitivos. En el afán de encontrar un «paraíso artificial» por medio de los narcóticos y de los tóxicos se recurre al alcohol, al opio, al hashish o al mescal, cuya prioridad corresponde positivamente al hom- bre primitivo, al cual somos también deudores de otros refinamientos, como el te, el café, el cacao y el tabaco. Es notable que la Medicina sea deudora de muchos de sus descubrimientos a personas que no eran mé- dicos. Como dice Oliver Wendell Holmes:
Debemos a un fraile el saber cómo se usa el antimonio; a un jesuíta, cómo se curan las intermitentes; a un monje, cómo se operan los cálculos; a un soldado, cómo se cura la gota; a un marinero, cómo se evita el escorbuto; a un administra- dor de Correos, el modo de sondar la trompa de Eustaquio; a una lechera, el modo de evitar la viruela, y a una vieja verdulera, cómo se cogen los ácaros. Hemos to- mado la acupuntura y las moxas de los paganos japoneses, y nos ha sido enseñado el uso de la lobelia por los salvajes americanos (1).
En el campo de la Obstetricia encontramos que la comadrona es una de las más antiguas figuras profesionales. Los cuidadosos estudios de En- gelmann (2) acerca de la posición durante el trabajo del parto demues- tran la tendencia universal de la mujer primitiva y fronteriza a adoptar las posiciones más convenientes para ayudar o acelerar el parto. La silla obstétrica, mencionada primeramente en la Biblia y por los escritores griegos, aparece ya en la más remota antigüedad, y sigue siendo todavía usada por algunas razas del Extremo Oriente.
Llegamos ahora a una fase de la medicina primitiva que se encuentra íntimamente relacionada con un aspecto mucho más reciente del mismo asunto, a saber: los aspectos de las supersticiones terapéuticas y el trata- miento actual de las enfermedades por la influencia del espíritu sobre el cuerpo. Es éste un asunto que no puede ser tomado irrisoriamente, sobre todo desde el punto de vista de los modernos charlatanes y de sus suce- sores. La conclusión, desde el punto de vista del hombre primitivo, más aceptable es la que puede deducirse de nuestro propio modo de pensar.
(1) O. W. Holmes: Medical Essays, Boston, 1883; pág. 289. Para una exposición más extensa de este interesante asunto véase el ensayo de George M. Gould, Me- dical Discoveries by the Nou- Medical, en el Journ. Amer. Med. Assoc, Chicago, 1903; XL, páginas 1. 477-1. 487.
(2) George J. Engelmann: Labor Among Primitive Peoples, St. Louis, J. H, Chambers and C.°, 1882.
HISTORIA DE LA MEDICINA
El salvaje, no educado, como nosotros hemos visto, piensa que el movi- miento, de cualquier género que sea, es el equivalente de la vida. ¿En qué puede él diferenciarse de los fisiólogos ultramecánicos, que vuelven al revés esta ecuación? Sencillamente en esto: en que la inteligencia del salvaje es, como dice Black (i), un espejo que lo refleja todo y que no retiene nada. Tan pronto como un objeto ha pasado de su observación, su imagen desaparece de su visión mental, y cesa de comprender el mo- tivo de su existencia y hasta de razonar a propósito de él. La inteligencia primitiva es, como Rowland desdeñosamente dice, «la mente ordinaria- mente cultivada o mente legal» esencialmente «discontinua». La inteli- gencia científica, por lo menos en su tendencia y en sus métodos, tiene una inevitable inclinación a confundir el post hoc con el propter hoc y a tomar lo accidental por lo esencial. Casi todos los que han vivido en el campo se han familiarizado, por ejemplo, con muchas supersticiones rurales relativas a las verrugas — que matando o cogiendo un sapo pue- den producirse, y que pueden desaparecer o cambiar de sitio si alguno las toca con guijarros o si se dicen algunos encantos sobre ellas — , o jon la noción de que el agua de tronchos de col es buena para las pecas, y que el mal de ojo puede ser remediado con el agua en que el herrero ha sumergido el hierro puesto al rojo. En algunos puntos de Holanda, si un niño llevando nenúfares en la mano se cae, se supone que esto le hace propenso a tener ataques convulsivos. Los lectores de la Evangeli- )ia, de Longfellow, recordarán las palabras referentes al paludismo:
Curado llevando una araña colgada del cuello en una cascara de nuez.
I"ii Norfolk (Inglaterra), esta araña, metida en un trozo de muselina y pinchada encima d : la chimenea, es un remedio para la tos ferina. En Do- negal, un escarabajo en una caja se considera como un remedio para la Última enfermedad; en Suffolk, el meter al niño cabeza abajo en una oque- dad de un prado; en el norte de Lincolshire, ratones fritos; en Yorkshire, caldo de lechuza; en otras partes de Inglaterra, montar al niño en un oso; en Escocia, algo que haya sido sugestionado por un hombre que vaya montado en un caballo pío (2). Compárense estas supersticiones, por ton- tas que parezcan, con las que han ido sucesivamente apareciendo en la historia de la Terapéutica. Una cura de un enfermo sigue, aparentemente, a la administración de uno de esos remedios o drogas citados como no-
: i. Inmediatamente se establece una relación causal, y el descubridor I .1 la publicidad con la feliz noticia. I. as estadísticas comienzan a
i \v. G. Black: Folk-Afedicine, I ondres, 1883 Black: Of. cit., passim,
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 2h
aparecer y llegan a ser muy numerosas, hasta que, más tarde, la curva de correlación percibida llega a presentar un declive tan insignificante, que nada positivo puede afirmarse sobre aquel remedio. Este es rápida- mente enviado al limbo de las cosas olvidadas (i). No ocurre esto con los remedios populares. La superstición llega a ser, como sus derivaciones, algo que se mantiene firme; y esto por una importante razón, a saber: que en muchos casos «la Naturaleza cura la enfermedad, mientras los remedios están divirtiendo al enfermo»; en otros casos, la curación es, muy proba- blemente, producida por la acción del espíritu sobre el cuerpo.
Black, la principal autoridad inglesa en medicina popular, ha hecho una cuidadosa y acabada clasificación de las diferentes supersticiones re- lacionadas con los males que sufre la Humanidad (2). Se incluyen en ella las ideas acerca de la posible transmisión de las enfermedades, simpatía de parentesco, la posibilidad de reproducción o regeneración, la acción de algunos agentes accidentales específicos, como .color, número, influjo so- lar y lunar, escritos mágicos, anillos, piedras preciosas, partes de anima- les inferiores y encantos relacionados con los nombres de los santos, la doctrina de las plantas, el mal de ojo, el nacimiento, la muerte y la sepul- tura. El examinar todo esto es ver claramente que «las maravillas y pro- digios son del alma». Lo mismo que el salvaje ve a Dios en las nubes y le oye en el viento, sus ascendientes han visto la enfermedad, no como una cualidad o condición del enfermo, sino como algo material y positivo que se ha introducido en su cuerpo; un punto de vista sostenido también por Paracelso. De esta idea se deduce la noción de que la enfermedad puede ser transmitida de un cuerpo a otro, como Plinio, en su Historia Natural, pretende que el dolor de vientre puede trasladarse a un perro o a un pato. Tocar las verrugas con guijarros, curar la mordedura de la serpiente apli- cando las entrañas sangrantes de un pájaro abierto en vida (absorción na- tural) y la superstición de los negros de colgar un mechón de pelos del enfermo de un árbol, con el fin de transmitir los escalofríos y la fiebre del enfermo al árbol, o al dueño del árbol, son todas formas bien conocidas de esta curiosa creencia. Sir Kenelm Digby propone el siguiente remedio para la fiebre y las intermitentes: «Cortar las uñas al enfermo, poner los trozos cortados en un saquito y colgar el saquito alrededor del cuello de
(1) J. C. Bateson cita el caso ocurrido con un tapicero turco, que durante el delirio producido por una fiebre tifoidea bebió el líquido de un tarro de coles en vinagre, terminando la enfermedad por curación. Entonces los doctores turcos declararon que este jugo de coles era un específico de esta enfermedad. Los enfer- mos sometidos después a este régimen murieron, y entonces modificaron el dog- ma, diciendo que el jugo de coles es bueno para la fiebre tifoidea con tal de que el enfermo sea tapicero. {Dieiet &> Hyg. Gaz., New-York, 1911; XXVII, pági- nas 297 y 298.)
(2) (9^. ¿-zV., páginas 34-177-
24 HISTORIA DE LA MEDICINA
una anguila viva, que se pondrá en un baño de agua. La anguila enfer- mará, y el enfermo recobrará la salud» (i).
En la mitología médica, la doctrina de la transferencia déla enfermedad deriva de la idea de depuración o purificación (catharsis). El testaferro era comúnmente un dios, o su representante en forma de una persona, de un animal o de un objeto inanimado, sobre el cual los pecados del pueblo podían ser descargados. Entre los aztecas, un ser humano era anualmente sacrificado en lugar deVitzliputzli o de otro dios. En el festival de Xipe, el dios desollado, los mejicanos mataban todos los pri- sioneros hechos en la guerra, y sus pieles se llevaban al altar, consagrándolas a este culto. En las saturnales romanas, Saturno estaba representado personalmente por un hombre que era en seguida muerto. En la Thargelia griega, como hemos visto, había dos testaferros (cpspjjiay.oi) [2]. El sacrificio antiguo era algunas veces honorífico [hostia honoraria): un presente o donativo para el dios; otras veces, ca- tártico o expiatorio [hostia piacular is), para conciliar la cólera de los buenos o ma- los poderes, en cuyo caso solía ser exigido el sacrificio humano; algunas veces, mís- tico o sacramental, en cuyo caso el dios se consideraba dividido y era consumido por sus adoradores (Robertson Smith). En el sacrificio honorífico, el dios y sus adoradores se dividían el sacrificio, como comensales o «tótem-compañeros» del mismo género de tótem, y la víctima era algunas veces un animal representante del tótem hostil; otras, un animal consagrado al dios. En el sacrificio expiatorio, un animal o una planta tótem podía reemplazar a la víctima humana, y en el sacrificio místico, el dios estaba representado por un animal o un vegetal similares, y el par- ticipar de su consumo era entrar en comunión con aquél (3). Con esta obscura cla- se de cultos, muy diferentes según los distintos pueblos, viene a relacionarse la consagración de plantas o de partes de animales consagradas a los sacrificios, como agentes terapéuticos (4). El Katharmata o residuos del sacrificio, comido por los adoradores, era literalmente «hecho sagrado» por el rito. La costumbre de aque- llos tiempos de «comerse el dios» persiste en la creencia de los actuales aldeanos europeos de que las hierbas medicinales son espíritus benévolos materializados. En casi todas las regiones de Europa, las plantas cogidas en la víspera del sols- ticio de verano (San Juan) adquieren transitoriamente virtudes medicinales o má- gicas (5).
Intimamente relacionada con esta idea de la transferencia estaba la an- tigua tradición de la simpatía existente entre partes o cuerpoá separados en el espacio («magia simpática» de Frazer), festivamente referida en la pomada de las armas de sir Kenelm Digby, que se aplicaba al arma en lugar de a la herida y con las mismas palabras:
Extraño hermético polvo, ( Uic [as heridas nueve mil puntos blancos soldarán Por el hábil químico, con gran coste, Extraído «le un poste podrido.
1 Citado por < >. \V. Holmes: Ensayos médicos \ Boston and New- York, 1883;
Frazer: The Scapegoat {Golden Bough% pt. 6.a), Londres, 19 13; páginas 252,
\. \V. Thomas: Bncycl. Britannica (11 ed.), Cambridge, 1911; XXIII, pági-
1 M Hofler: Wald-und Baunkult., Munich, 1892; Die volks medizinische Orga~ 1 108; J anus, Amst., [912; XVII, páginas 3, 76 y iuo. Fraaer: halda 1 ti (Golden Bougn, pt. 7.*), Londres, 1913; ll. pági-
•;-75-
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 25
La idea de la regeneración material es originaria de los indios (arias) y procede de la adoración primitiva al poder generador de la Naturaleza, el culto del lingam y del yoni, cuya forma helenizada se da a conocer de un modo tan sorprendente en el cuarto libro de Lucrecio. Una hendidura o cavidad de una roca o de un árbol era considerada como símbolo del yoni sagrado, y los niños (también los adultos) enfermos de escrófulas, de deformidades de la columna vertebral o de otras enfermedades se supo- nía que quedaban libres de estos trastornos si eran pasados por ellas. Ras- tros de la forma sajona de esta superstición persisten en la «piedra hue- ca», cerca de Lanyon (Cornwall), a través de la cual los niños escrofulosos eran pasados, desnudos, por espacio de tres veces consecutivas: en la «agu- ja del diablo» (i); en el lecho del River Dee (Aberdeenshire), que gozaba de la reputación de hacer fecundas a las mujeres estériles si se metían dentro de él, y en el Crick-Stone (piedra de calambres), en Morva (Corn- wall), que el atravesarla era considerado como un tratamiento para todo lo que fuera análogo a un «calambre en el dorso». Como forma más re- ciente de esta creencia popular en la magia simpática está la costumbre descrita por White de Selborne (2), de pasar a los niños que padecen her- nia a través de una hendidura o grieta de un fresno. En 1804 había uno de estos árboles en la orilla del Shirley Heat, en la carretera de Birming- ham (3). Todavía más recientemente, de 1 895 a 1 896, se describían algu- nos árboles, a los que se recurría con aquellos fines en Suffolk y en Rich- mond Park (4), y también algún'otro análogo en Burlington County (New- Jersey). La costumbre escocesa de pasar los niños atacados de consunción a través de una guirnalda de madreselvas de los bosques; el rasgo inglés de arrastrarse por un zarzal para curar el reumatismo; el «ojo de la aguja del árbol» de la isla de Junisfallen (Killarney), que al ser atravesado asegu- ra larga vida y un feliz alumbramiento a la mujer embarazada, son men- cionados por Black como variedades de esta superstición. Frazer (5) con- sidera todas estas prácticas como fases de la magia simpática, asociada a la idea del «alma externa»; la vida de una persona está unida a la de un árbol o de una planta.
El color es un factor de la mayor importancia en la medicina popular, principalmente el rojo, que los chinos y los neozelandeses consideran como
(1) Véase The Stone in Scottish Folk- Medicine, por el doctor David Rorie, en el Caledonian Medical Journal, Glasgow, 191 1; VIII, páginas 410-475, en el que hay una interesante fotografía de esta «aguja del diablo», s
(2) Gilbert White: Natural History of Selborne, 1789; página 202 (citado por Black).
(3) Gentlemanrí s Mag., Londres, 1804; pág. 909 (citado por Frazer).
(4) Folk-lore, Londres, 1896; VII, pág. 303; 1898, IX, pág. 330 (con fotografías).
(5) Frazer: Haider the Beautiful [Golden Bough, pt. 7.a), Londres, 191 3; II, pa- ginas I59-I95-
26 HISTORIA DE LA MEDICINA
aborrecible para los malos espíritus, y otros pueblos, como productor de calor; cintas rojas, collares de cuentas de coral, perlas rojas y fuegos rojos, lo mismo que los anillos de coral rojo y los cascabeles que se dan a los niños para que los muerdan, son todas asociaciones supersticiosas, y las virtudes de los trapos de franela roja, comúnmente arrollados alrededor del cuello, para combatir el dolor de garganta y la tos ferina, parece que estriban < menos en la franela que en el color rojo» (i). El tratamiento de Finsen por la luz roja para prevenir las marcas de la viruela era ya, como una antigua creencia popular, conocido por los japoneses y empleado su- cesivamente con éxito por Gilbertus Anglicus, Bernard de Gordon y por John de Gaddesden, en el caso del hijo de Eduardo II. En opinión de Valescus de Taranta, el fundamento del tratamiento por la luz roja debe buscarse en la antigua «doctrina de las señales», en virtud de la cual un remedio era aplicado por motivo de alguna supuesta semejanza en forma o color con la enfermedad. Los paños rojos colgando alrededor del en- fermo de viruela se suponía que hacían bajar la temperatura de éste, ex- trayendo su sangre roja.
I. a idea de que ciertos numerales pueden ser sagrados o malignos es de origen accadiano, y está relacionado con las astrologías babilónica y caldea. De los números místicos, generalmente impares, el tres y los múl- tiplos de tres son los más populares para la suerte, buena o mala; el siete, o uno de sus múltiplos, para el poder sobrenatural. Hesíodo (Las obras y los días, 765-828) dice que el primero, el cuarto y el séptimo día del mes son «días sagrados»; el ocho (4 4. 4) y el nueve (3 X 3)> «especial- mente buenos para las obras del hombre»; el doce (3 X 4) es mejor que el once; el quinto, «adverso y terrible», a consecuencia de que un cinco las «erinnyas asistieron al nacimiento de Horcus»; el décimo es favorable para tener un niño; el cuarto, para tener una niña; el nueve del primer mes «es un buen día para engendrar o para dar a luz, tanto un varón como una hembra; nunca es por completo un mal día». No es, en realidad, sin algún motivo el que haya tres parcas, tres furias, nueve musas, doce me-
y doce signos del Zodíaco, siete días en la semana, doce horas en el horario, y así sucesivamente. Tres puñados de tierra son constantemente dejados caer sobre el ataúd en los entierros. Los quirománt icos y los de- cidores de la buenaventura v otros de este género emplean con gran fre- cuencia (como una firma hablada) «nueve por nueve», y los jugadores apuestan generalmente por los números impares. En Escocia y en Portu- gal el séptimo hijo de un séptimo hijo Suele ser mirado eon horror o ve- neración, como poseedor de la doble vista y de otros expuestos atributos.
Medicine, Londres, 1883; pág. m.
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 27
Remedios populares semejantes a los que recetan en la Suiza Occidental para las intermitentes — tomar siete días por la mañana, en ayunas, siete hojas de salvia — son bastante frecuentes. Valescus de Taranta dispuso su vasta terapéutica, Philonium, en siete tomos, como una veneración hacia el número siete. En la medicina china el cinco es un número sagrado. Un aspecto razonable de la doctrina de los números en la literatura médica es la doctrina de Hipócrates de las crisis y de los días críticos (i) [dies nefas- ti], que deriva, probablemente, de las enseñanzas de Pitágoras, quien, a su vez, se la habría asimilado de las tradiciones populares de los caldeos. Aquí la doctrina de los números tiene un germen de verdad científica en el hecho de que existe realmente una cierta periodicidad en algunas de las manifestaciones de las enfermedades. Las curvas de los raptos, asesinatos y, en general, «el curso de las acciones violentas* (incluyendo la guerra), se exageran en las estaciones calurosas. El que algunas enfermedades epi- démicas se recrudezcan en determinados períodos ha dado origen a la doctrina del genius epidemicus o de las constituciones epidémicas. La co- nocida periodicidad de las enfermedades epidémicas de unos a otros años justifica la vieja superstición de los caldeos de los «años malos* (malus annus), que iba en la Edad Media asociada con la aparición de algunas erupciones serpiginosas y vesiculosas del hombre y de los animales (malum malannum) [2]. Otra superstición que procede igualmente de la astrología caldea es la de que los cuerpos celestes tienen alguna influencia sobre las enfermedades. El Sol, la Luna, las estrellas y los planetas eran considerados como seres animados y vivos que ejercían un poderoso in- flujo en la fortuna y la desgracia humanas, y hasta el diecisieteavo siglo la humanidad europea acudía a los horóscopos (\ajudicia astrorum) antes de realizar alguna empresa de momento, y muy especialmente para deter- minar el instante adecuado para la sangría, los vomitivos o los purgan- tes. La luz de la Luna se suponía ser capaz lo mismo de producir la locu- ra (lunáticos) que de conferir belleza o de curar las verrugas o las enfer- medades (3). La salud, la fuerza y el poder sexual se creía que variaban según crecía o menguaba la Luna. La menstruación se relacionaba con el ciclo lunar. La luna llena era un símbolo del libido (White) [4]. Practicar la sangría cuando la Luna y la marea estaban llenas (dies Aígiptiaa) se consideraba como una mala práctica durante la Edad Media. El influjo de la Luna se ve también en la vulgar superstición de que la muerte sobre-
(1) Para el estudio histórico de la doctrina de los días críticos a través de las edades véase Sudhoff: Wien. ?ned. Wochennschrift, 1902; LII, páginas 210, 272, 321 y 371-
(2) Hoefler: Janus, Amst, 1909; XIV, páginas 512-526.
(3) Frazer: Adonis {Goldenn Bough, pt. 4.a), Londres, 1914; II, páginas 140-150.
(4) W. A. White: Psychoanalyt. Rev., New-Yoik, 191 3- 14; I, páginas 241-256.
28 HISTORIA DE LA MEDICINA
viene, como en el Falstaff de Shakespeare o el Barkis del David Copper- field, de Dickens, en el momento de cambiar la marea. Darwin piensa que la periodicidad, en relación con las mareas, de los fenómenos fisiológicos en los vertebrados podía ser explicada por el hecho de que ellos descien- den «de animales con antecesores marítimos» (i). Arrhenius, en sus estu- dios acerca del influjo que ejercen los fenómenos cósmicos en el organis mo, ha comparado las curvas de natividad, mortalidad, menstruación y ataques epilépticos con los períodos de máxima y mínima condición eléc- trica del aire (2). Comparable con la influencia atribuida a las estrellas es la idea, ya mencionada, de que la enfermedad es una pena o castigo im- puestos por los dioses o por los demonios a la vez, y remediable única- mente por la intervención divina o diabólica. Los poderes malévolos, a los que pertenecen, de un modo aparentemente tan incambiable, las ideas de bien y de mal, únicamente pueden volverse propicios o ser conciliados por medio de los sacrificios, que, como Jakob Grim ha expuesto, tienen el doble propósito (como los obsequios hechos a los políticos) de conser- var los poderes en un buen humor, o hacer, cuando sea preciso, que vuel- van a este buen humor. «El retener el poder espiritual o el disponer de él y llevarle de nuestra parte — dice William James — ha sido durante largos espacios de tiempo el único gran objeto de nuestras relaciones con el mundo natural» (3). El mito griego délas flechas y dardos arrojadizos de Apolo; Bhowani, la diosa colérica de los indios; las muchas divinidades médicas de los romanos; la leyenda de los indios y de los samoyedos, de las «balas mágicas» (un motivo en Der Freischütz)\ el pasaje del libro de Job, en el que el patriarca atribuye sus sufrimientos a las flechas del Om- nipotente; la convicción de Martín Lutero de que «la fiebre pestilencial y otras graves enfermedades eran males producidos por nuestras malas obras >; la definición de Cotton Mather, de la enfermedad como un Flagel- lum Dei pro peccatis mundi; la imagen medieval de la muerte como un segador (la «muerte negra» déla canción alemana); la superstición popu- lar de que la erisipela (o «fuego salvaje») era causada por malos duendes: todo demuestra la fuerza de esta creencia, profundamente arraigada, que sobrevive en los múltiples sermones y plegarias pronunciados en tiempos de epidemias y pestilencias, a través de los siglos xvir y xvni, y se ex- tiende hasta nuestros días bajo diversos .ispéelos. Relacionado eon esta teoría de la enfermedad estaba el poder benévolo o malévolo que se con- lía a determinadas personas. Un niño nacido en sábado santo era capaz
1 Darwin: Descent of Man, I ondres, 1871; I, pág. 212, nota.
Vrrhenius: íkandin. Arch. i. I'hxsiol., í eipzig, [898: I. páginas 367 \i6 '■ Lectures, New-York, 1902 (citado poi Osborn),
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 29
de curar las tercianas y las cuartanas. Las personas que habían nacido «con el amnios» se suponían dotadas de la doble vista. El poder curar la escrófula con el contacto real era una parte o consecuencia del poder divino de los reyes. En el oeste de Irlanda, la sangre de los Walshes, Keoghs y Cahilís se considera como un remedio infalible para la erisipela y el dolor de muelas (i). La legenda médica de los hombres santos, de sus días especiales, de las enfermedades de que son patronos, las fuentes milagrosas y otras cosas benditas por ellos son un aspecto especial de este asunto. Se suponía generalmente que los santos tenían el poder lo mismo de causar que de curar enfermedades, algunas de las cuales las vemos aso- ciadas al nombre de varios santos. Así, los nombres de St. Guy, St. Vi- tus y St. With son eponímicos de la corea; St. Avertin, St. John y San Valentin son considerados como patronos de la epilepsia; San Huberto de las Ardennes, el patrón de los cazadores, cura la hidrofobia, al paso que San Antonio, San Benito, San Marcial y Santa Genoveva son patronos del ergotismo. Kerler (2) ha recopilado en un voluminoso tomo la indica- ción de estos santos patronos únicamente de la Medicina. Trozos consa- grados de pastel (Heil-brote), derivados, como demuestra Hofler, de las antiguas tortas del sacrificio, eran dedicados a aquellos santos, y comidos para precaverse de las respectivas enfermedades (3).
Un notable ejemplo de la creencia en la malevolencia de la personali- dad es la superstición del mal de ojo, que es causa de que los orientales lleven una media luna de cuerno sobre la frente, como preservativo, y de que los levantinos crucen sus dedos o introduzcan el pulgar entre los dedos índice y medio {mano fie a) .
Esta creencia, como ha demostrado Seligmann, ha existido desde la más remo- ta antigüedad, y es común a todas las razas humanas. Mencionado en las encanta- ciones asidas y babilónicas, declarado crimen capital en las tablas de los decenvi- ros romanos (450 años antes de J. C), este poder de infligir el mal ha sido atri- buido de modo diferente a razas enteras y sectas religiosas, a los perros, a los lo- bos y a los animales de la raza felina, a los reptiles y a criaturas míticas (como el basilisco), a las estatuas y a los objetos inanimados, a los dioses, a los demonios, a los espíritus y a los seres sobrenaturales. En la -leyenda purana, Siva destruye una ciudad entera con una rápida mirada, como Wotan destruye a Hunding en «las Walkirias». Lord Byron, Napoleón III, la reina Amelia de Portugal, los papas Pío IX y León XIII y el compositor Offenbach, eran todos temerosos de este po- der hipnótico. Según los escritores romanos, los ojos dotados de este poder eran nistágmicos, estrábicos o atacados de otras anomalías o enfermedades. Ovidio (Amores, VIII, páginas 15 y 16) atribuye una doble pupila a la hechicera Dipea:
O culis quo que pup illa duplex Fulminat et geminum lumen in orbe matiet;
(1) Black: Folk-lore, Londres, 1883; pág. 140.
(2) D. H. Kerler: Die Patronate der Heiligen, Ulm, 1905.
(3) M. Hofler: Janus, Amst, 1902; VII, páginas 189, 233 y 301,
30 HISTORIA DE LA MEDICINA
y dice que, mirando con los ojos a los enfermos, se sufre la misma enfermedad: Dum specta?it o culi laesos, laeduntur et ipsi.
Persius (II, pág. 34) atribuye malos poderes a los ojos inflamados o rojos {uren- tes oculi) [1].
Existe un intenso prejuicio humano respecto del aspecto extraño, enérgico o repulsivo de los ojos, como el que depende de alguna verda- dera anomalía; así, por ejemplo, en la fascinatio de los antiguos romanos; en la estrábica regard louche de los escritores franceses; en \dijettatura de los corsos; en el mal-occhio de los italianos; en la mirada turbia de algu- nos gitanos; en «la mirada fija, ambigua» que Arthur Symons atribuye a los orientales; en la mirada fija y dura de los ojos azules de las razas del Norte, a la cual unas líneas de Tennyson atribuye los efectos de la cabeza de la Gorgona. Nos desagrada siempre una mirada fija. La frase Sie fixie- ren mich, mei)i Herrl ha causado muchos duelos en Alemania. Tenemos una natural aversión hacia toda persona que tiene sólo un ojo, a causa de lo que Carlos Dickens ha, tan ingeniosamente, calificado de «prejuicio po- pular en favor de dos». Los ojos parcialmente coloreados, o de diferente color uno de otro, no son nada tranquilizadores. La ceguera parece haber desenvuelto en algún caso tendencias dudosas en el orden sexual o en otro sentido. De hechos de este género puede fácilmente comprenderse cómo la noción del «mal de ojo» ha podido venir o engranarse en las creencias de las razas orientales y levantinas, en los celtas y en los negros del Africa, y, en algunos casos, no completamente sin razón.
Una parte esencial de la doctrina de la influencia divina o personal es Ja creencia en los amuletos y en los talismanes, y, por consiguiente, en los encantos y hechizos correspondientes que les acompañan. Los amule- tos (del árabe hamalet, un colgante) son, generalmente, objetos que se cuelgan o se aplican al cuerpo de los enfermos como una salvaguardia respecto de las enfermedades o de otras desgracias. Entre los amuletos se incluyen muy variados y abigarrados adornos, compuestos de objetos extraños e incongruentes, tales como trozos de huesos del cráneo exau- didos por la trepanación prehistórica, adornos de nefrita, escarabajos egip- cios, los grigris de los salvajes africanos, los fetiches de los de Hayti y Louisiana, dientes de la boca de un muerto, huesos y otros trozos del cuerpo de animales inferiores,
El dedo del niño estrangulado al nacer, Entregado envuelto en un paño castaño,
1 Para on completo \ a< abado estudio de estos asuntos <!<• fascinación véase ■ igmann: Der base fílick, 2 v.. Berlín, [910.
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA V PRIMITIVA 31
de las brujas de Mácbeth; anillos hechos con clavos de ataúd, anillos nup- ciales de viudas, anillos hechos con peniques recogidos pidiendo limosna en el pórtico de una iglesia y cambiados por un trozo de plata después del ofertorio, los «chelines sagrados» recogidos el domingo de Pascua y los iconos y escapularios bendecidos por las dignidades de la Iglesia. Tylor ha podido demostrar que los objetos de bronce de los arneses eran amuletos de los romanos antiguos. En la interesante exposición de la me- dicina popular en el Museo Nacional de Washington (i), un ojo de gamo, una castaña de Indias (¿Esculus flavus)^ una patata irlandesa, una pata de conejo, una correa de cuero usada previamente por un caballo y un trozo de carbón de un arco voltaico son considerados como soberanos amuletos contra el reumatismo; y, como dice el doctor Oliver Wendell Holmes en su irónico lenguaje, la eficacia de estos remedios contra el reúma no está, de ningún modo, reducida sólo a los negros y a los aldea- nos de Europa. Otros amuletos que también figuran en la exposición de Washington son la rótula de un carnero y un anillo hecho de un clavo de un ataúd, sacado del cementerio, contra los accesos convulsivos y la epilepsia, y una peonía roja llevada en el bolsillo, contra la locura, así. co-mo las piedras preciosas y raras, para diversas enfermedades.
Las leyendas populares respecto de las piedras son de la más remota antigüedad, siendo una de las más antiguas la expuesta en el Museo de Historia Natural de Nueva York, descubierta por W. Max Müller en Egipto y relativa a la fumigación con una piedra verde como remedio contra el histerismo. El doctor Robert Fletcher (2) ha demostrado que el «scopelismo», la antigua costumbre de los árabes de apilar piedras en un campo, además de prevenir el cultivo de la amenaza de la muerte del due- ño, debe considerarse en todas partes como un símbolo del odio de Caín hacia Abel, del bandido hacia el trabajador, de la barbarie hacia la civi- lización. Las leyendas relativas a las piedras de locura, piedras de serpien- te, piedras de ojo y piedras de verrugas son extraordinariamente nume- rosas. A los bezoares (enterolitos y otras concreciones del cuerpo de los animales) se les atribuía el poder de prevenir la melancolía y de ser antí- dotos de todo género de venenos, incluso del de la mordedura de las ser- pientes. En Inglaterra y Escocia, las piedras huecas (piedras de molino en- cantadas, piedras de afilar, etc.) y flechas de duendes (puntas de flecha de piedra) se montan algunas veces elegantemente y se llevan como col-
(1) Los visitantes de Washington a quienes interese la medicina popular y el aspecto cultural de la historia de la Medicina deberán visitar esta colección, única en su género, que ha sido reunida por el contraalmirante James M. Flint, cirujano de la Armada de los Estados Unidos (retirado).
(2) American Anthropologist, Washington, 1897; X, páginas 201-213.
32 HISTORIA DE LA MEDICINA
gantes para que sirvan de protección. Los estudios extensos de Hild. burgh (i) sobre los amuletos españoles indican un alto desarrollo del cul. to popular respecto del mal de ojo y de otras malévolas influencias. To- das las campanillas o cascabeles de que van adornados los caballos, mu- los y burros, así como también los juguetes de los niños y los cuernos, clavos y otros objetos, son comúnmente montados en plata y contribuyen al adorno personal de los originales españoles y de los gitanos (2). Las pie- dras preciosas han sido estimadas, indudablemente, y en primer término, no sólo por ser raras y poco frecuentes, sino también por suponérselas dotadas de poder contra la enfermedad. De las piedras incrustadas en el pectoral del gran sacerdote, representando las doce tribus de Israel, a las piedras de nacimiento y piedras de mes de nuestros propios días existe una continuidad de la creencia en el poder de estos preciosos objetos. Mu- chas mujeres temen llevar el ópalo; hay una supuesta fatalidad respecto de las perlas, y el diamante nuevo era antiguamente un «conservador de la paz» y «preventivo de las tempestades» en la casa. M. ]osse, en L' Amo itr Médecin, de Moliere, opina ingeniosamente que nada está tan bien calcu- lado para restaurar la salud a una señora joven que languidece, «como un elegante juego de diamantes, rubíes o esmeraldas».
Los talismanes (del árabe talasim) son amuletos u otros encantos que se guardan cuidadosamente, pero que no es indispensable llevarlos enci- ma. Es sumamente probable que la mágica autoridad concedida a la pro- piedad de estos preciosos objetos les haya otorgado el poder de ser con- siderados como medios de posible compra y venta, y sean, en último tér- mino, el origen (como en el óbolo que se entrega a Caronte), o un símbo- lo de moneda o de riqueza, en el sentido de acopio o de energía poten- cial 13). En los talismanes se encontraban frecuentemente inscritos encan- tos o «caracteres», como los filacterios hebreos o los versículos de la Bi- blia, del Talmud, del Koran o de La [liada. Cuando los indios vieron al explorador Catlin leer el New York Commercial Advertiser creyeron que Be trataba de un papel médico para los ojos enfermos. En la categoría de los encantos hablados debemos incluir todas las plegarias, encantamien- tos, exorcismos y conjuros empleados para combatir la enfermedad, y también las fórmulas mágicas como Abracadabra, Sicycuma, Erra Pater, I i. r. Pax Max y otras análogas (4). De este modo, Catón el Censor, que
1 \V. L. Hildburgh: Folk-lore, Londres, [906; XVII, pág. 454; 1913, XXIV, pá- gina 63 1914, XXV, pig. 206; 19 1 6, XXVI, pág. 404.
1 tben perfectamente nuestros lectores, no es exacto. — Nota del
traja,
'•! M ni - Comp. rend. Tnti '. franc. <f ¿fi/Art^., París, [914; II, páginas 14-20. — A. Reina* W. Ibidem, páginas 24-27. 1 Bla< k: Op. < ■//.. pá^. 4<».
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 33
odiaba la medicina griega, se esforzaba en tratar las dislocaciones repitien- do el siguiente trozo de jerigonza: Huat hanat ista pista sista domiabo dam- naustra et luxato. Los encantamientos del período bizantino imponen una responsabilidad verdaderamente grave sobre diferentes santos.
Al considerar todas estas diferentes supersticiones se advierte una consideración de especial importancia. Es altamente improbable que nin- guno de los mencionados remedios cure actualmente las enfermedades; pero existe, en cambio, una gran evidencia, del género más fidedigno, de que hay personas enfermas que se curan sin el auxilio de ninguna cosa. ¿Cómo se curan? Al no aceptar la existencia de fuerzas sobrenaturales, po- demos únicamente recurrir a las vagas explicaciones «del poder curativo de la Naturaleza», de la tendencia de la Naturaleza de arrojar al exterior la materies morbi o de conducir el estado químico inestable al equilibrio, siendo esta última la explicación más plausible. Pero en muchos casos de naturaleza nerviosa, o en individuos neuróticos, hay la evidencia induda- ble de los efectos del espíritu sobre el cuerpo, y en tales circunstancias es altamente probable que una impresión sensorial pueda ejercer su influ- jo sobre los centros vasomotores o sobre las secreciones internas de las glándulas sin conductos, que producen definitivos cambios químicos en la sangre o en otros tejidos; cambios que pueden constituir en algunos casos «una curación». Nosotros sabemos igualmente que también es posible lo contrario; por ejemplo, en aquellos casos en que han blanqueado los ca- bellos a consecuencia de un intenso pesar o terror, o en aquellos otros en que aparecen convulsiones en un niño de pecho cuya madre ha sido vícti- ma de un acceso de cólera, de un susto o de otra violenta emoción antes de darle de mamar. Como Loeb vigorosamente dice: «Desde que Pawlow y sus discípulos han conseguido producir en el perro la secreción de la saliva por medio de señales acústicas y ópticas no debe ya parecemos extraño considerar lo que los filósofos designan con el nombre de «idea», como un proceso que puede causar cambios químicos en el cuerpo» (i). Billings ha comparado la sensación que se experimenta al colocar la mano sobre un objeto frío en una habitación obscura con la que produce la san- gre que «corre fría» cuando uno piensa que aquel cuerpo es un cadá- ver (2). Los importantes estudios de Crile sobre el shock quirúrgico de- muestran la íntima analogía existente entre los síntomas que se producen en el shock y en el terror intenso y el síndrome de la enfermedad de Gra- ves, especialmente en lo que hace referencia a las secreciones del cuer- po tiroides y a la destrucción de las células de Purkinje del cerebelo.
(1) Loeb: The Mechanistic Conception of Life, Chicago, 191 2; pág. 62.
(2) J. S. Billings: Boston Med. and Surg. Journ., 1888; CXVIII, pág. 59.
Historia db la Medicina. - Tomo I
34 HISTORIA DE LA MEDICINA
\Y. B. Cannon demuestra que en el terror, en la cólera y en la angustia, las emociones que preparan al animal para la lucha o para la huida, las funciones digestivas y sexuales son inmediatamente inhibidas, la secre- ción suprarrenal es rápidamente vertida en la sangre, se moviliza el azú- car del glucógeno hepático hasta el punto de poder producir glucosuria, contrarrestando los efectos de la fatiga muscular y acelerando el tiempo de duración de la coagulación de la sangre; de este modo se proporciona al organismo una admirable capacidad para la ofensiva, para la defensa, para la huida y para la reparación de los tejidos lesionados. Un hombre, en el momento de combatir o de espantarse, es un fenómeno de las glán- dulas de secreción interna. El efecto patológico de la idea sobre el siste- ma autonómico sacro puede verse en los fenómenos de la perversión se- xual (I). La irritación o la depresión mentales exageradas pueden ser cau- sa de dispepsia, de ictericia, de clorosis o de decadencia general; las ma- nifestaciones externas del histerismo son innumerables; y es bien conoci- do lo desfavorable que es para cualquiera el ir a una operación quirúrgica con la idea de que no se va a salir bien de ella. Pueden recordarse nu- merosos casos de personas mentalmente deprimidas, pero no enfermas en ningún otro sentido, que han pronosticado la inminencia de su propia muerte, señalándola con absoluta precisión y certeza. Existe de ello un característico ejemplo en la colección personal del doctor John S. Billings, en sus lecciones del Instituto Lowell sobre historia de la Medicina, en 1887 (2). Un oficial, de una fuerza y una actividad físicas poco comu- nes, en el mejor estado de salud, ha sufrido una ligera herida de las par- tes blandas en la batalla de Gettysburg. En un estado mental muy depri- mido y sobrecogido afirmó que moriría a consecuencia de la herida, y que moriría al cuarto día. La investigación post-mortem ha demostrado que to- dos los órganos estaban sanos y normales, y que la misma herida era tan insignificante, que podía ser considerada como un factor despreciable. El concepto filosófico de Crile de la «anoci-asociación» en Cirugía vuelve so- bre esta* misteriosas influencias mentales, cuyo combate constituye la esencia de la psicoterapia. Personas que se han vuelto dispépticas, bilio- sas o melancólicas por persecuciones o por destrucción de sus esperan- zas; jovetu it as que se han vuelto cloróticas y mujeres que se han hecho histéricas a consecuencia de desengaños amorosos, generalmente se resta- n tan pronto como reciben buenas noticias. Según la hipótesis de Bábinski sobre el histerismo, se identifican sus fenómenos con aquellos
V. B. Cannon: Cambios orgánicos en el dolor, hambre, temor y cólera, New- York, :
Billings: Boston Med. and Surg. Joum., 1888; ('Will, pág. 57.
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 35
que pueden ser producidos en el estado hipnótico. En el tratamiento de las diferentes neurosis, Charcot era guiado, casi por completo, por su má- xima favorita (de Coleridge): «El que sabe mejor inspirar la esperanza, ese es el mejor médico»; aforismo que contiene el germen de la teoría de Freud del psico-análisis — el «auxilio del alma enferma» — , removiendo las espinas de dolor y de tormento del cerebro, de tal modo, que venga a restablecerse el enfermo en un estado alegre de equilibrio mental. Estos procederes han sido utilizados por todos los «médicos naturistas» y cu- randeros con diversos grados de éxito, y éste es el secreto de todos los charlatanes, desde Apolonio de Tyana, Valentina Geatrakes, Cagliostro, «Spot», Ward, juana Stevens, Mesmer, James Graham, John St. John Long y el zuavo Jacobo, hasta los días del dowieísmo y del eddysismo. Es éste también el secreto de la influencia de la religión sobre la Humanidad, y así llegan a ser el pastor y el sacerdote, en el verdadero sentido, un mé- dico del alma. En la medicina práctica el principio ha sido ahora definiti- vamente establecido en forma de psicoterapia. La psicoterapia no puede consolidar un hueso fracturado, ni neutralizar la acción tóxica de los ve- nenos, ni curar una infección específica; pero en muchas dolencias orgáni- cas, especialmente del sistema nervioso, sus aplicaciones son mucho más eficaces y respetables que las de muchas drogas que se anuncian como específicas en un fantástico número de enfermedades.
Al terminar esta lección de la unidad de la medicina primitiva, que es sólo un corolario de la proposición, mucho más general, de la unidad de las leyendas y creencias populares, hay que afirmar que existen ciertas creencias y supersticiones que han quedado incrustadas en la Humanidad a través del tiempo y del espacio, y que sólo podrán ser extirpadas cuan- do el género de ilustración general enseñe a todos que prevenir es mejor que curar. La tendencia de la Humanidad a solicitar la asistencia médica en el momento de enfermedad o de lesión ha sido comparada con el ele- mento emotivo de la religión; ambos están basados en el «instinto, pro- fundamente engañoso, de la naturaleza humana, de que el alivio de los su- frimientos es un fin que puede lograrse» (i). Cómo el elemento sobrena- tural en las invocaciones religiosas de la Humanidad en sus momentos de inferioridad y de debilidad, así en los momentos de sobrecarga abruma- dora y triste hay el retroceso de la Humanidad hacia el pasado; las supers- ticiones médicas son simplemente una fase de lo que llama Stevenson «percepciones ancestrales».
De este modo, la historia de la Medicina es también la historia de las equivocaciones y de los errores de la Humanidad. La historia de los avan-
(1) B. M. Randolph: Washington Med. Ann., 191 2; XI, pág. 152.
36 HISTORIA DE LA MEDIQINA
ees de la ciencia médica es, no obstante, la historia del descubrimiento de un número de principios fundamentalmente importantes, enseñando los nuevos puntos de vista de la enfermedad, la invención de nuevos ins- trumentos, procedimientos y planes, y la promulgación de leyes de higie- ne pública; todo convergiendo al gran ideal de la medicina preventiva y social, y todo ello ha sido realizado por la ardua labor de algunos fervien- tes obreros de la Ciencia. El desarrollo de la Ciencia no ha sido nunca continuo, ni siempre progresivo, sino más bien como la línea tortuosa, ondulante, con que Laurence Sterne trata de representar la carrera de su fantástica narración de Tristram Shandy. Ideas de la mayor importancia científica han sido ahogadas al nacer, o cambiadas de rumbo hacia el ca- llejón sin salida de alguna proposición teológica intercurrente, o privadas de sus consecuencias y resultados, a causa de la humana indiferencia, de la estrechez de la mente o por otras circunstancias accidentales. No hay exageración en decir que la Ciencia está más obligada al brillante indivi- dualismo de unos cuantos espíritus escogidos.
Buckle sostiene que la ignorancia y el escaso desarrollo de la inteli- gencia son las causas del fanatismo y de la superstición, y puesto que esta ecuación es reversible, podemos considerar esta proposición como verdadera si la aplicamos a ciertos fanáticos conductores de la Humani- dad, salvaje o civilizada, que, como «moldeadores de la opinión pública», han sido causantes del retardo del progreso humano. Chamfort dice que ha habido centurias en las que la opinión publica ha sido la más imbécil de todas las opiniones; pero este reproche no puede ser completamente adaptado a todos «los complacientes millones de hombres». La Historia demuestra siempre que la ignorancia y la superstición son los resultados de la opresión de la Humanidad por los superhombres fanáticos. En Me- dicina esto es, algunas veces, una verdad irónica. «No hay nada que los hombres dejen de hacer — dice Holmes — por recobrar la salud y por sal- var su vida.» Ellos se han sometido a ser medio ahogados en el agua y medio asfixiados por los gases, a ser enterrados hasta sus barbas en la tierra, a ser quemados con hierros ardiendo como presidiarios o galeo- ¡ cortados con cuchillos como el bacalao, a tener agujas introdu- tfl dentro de sus carnes, a aplicarse fuegos encendidos a su piel, a tra- todo género de abominaciones, y a pagar por todo esto, como si el listados y escaldados fuese un costoso privilegio, y el produ- cirse ampollas una bendición, y el aplicarse sanguijuelas un placer. ¿Qué pedirse para probar su honradez y su sinceridad? (i) De to- dos modos, en lauto que la falta de ilustración pública en determinados
i O. W. Holmes: Mr, Urdí I: a , Boston, 1683; páginas 378 y 379.
IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 37
períodos ha producido la discontinuidad o el estacionamiento en el avan- ce de la inteligencia, hay señales de que el avance modernamente orga- nizado de las ciencias podrá producir ricos frutos, gracias a la futura co- operación de la masa de la humanidad con la profesión médica. Como los antiguos griegos se elevan sobre la actividad de Empedocles y de Hi- pócrates, la moderna humanidad responde hermosamente a las ideas de Jenner, Pasteur y Lister, y desde hace algún tiempo va presentándose un mayor interés en el adelanto de la Medicina y de la salud pública, como se manifiesta en los periódicos y en las revistas. El despertar de la gente, en lo que respecta al interés por la organización y administración de la higiene pública, es, indudablemente, la esperanza, para un porvenir no remoto, de la medicina preventiva. Pero, incluso en las mejores condicio- nes, es, sin embargo, posible y probable que muchas personas altamente inteligentes y altamente educadas continúen conservando sus caprichos y supersticiones, consultando charlatanes y curanderos, y siendo, por otra parte, responsables de la psicoterapia, del tratamiento abstinente y de la «acción a distancia». «La medicina popular — dice Allbutt — , no debe du- darse, conduce a la paz de la seguridad.»
MEDICINA EGIPCIA
El que la raza humana descienda de diferentes especies o de un solo ascendiente común, «probablemente arboreal en sus costumbres», es asunto que se pierde en un pasado inaccesible y obscuro. Los descubri- mientos de los restos esqueléticos de los fósiles humanos de Neander- thal (1856), Cró-Magnon (1868), Spy (1887), Krapina (1899), Heidel- berg (1907), Le Moustier (1908), La Chapelle-aux-Saints (1908) y el des- cubrimiento reciente de Piltdown (Eoantkropus Dawsoni, 1911) indican que hasta en el período paleolítico o de la piedra tallada existe ya una diversidad considerable en los caracteres craneales del género humano, y que en los tiempos prehistóricos el cerebro humano, desarrollado a ex- pensas de un cuerpo simio, crecía en volumen a la inversa de éste; lo que, a la ligera, podría considerarse como un dato en favor del modo de pen- sar de Virchow y de otros antropólogos alemanes, de que la Humanidad es diversa en su origen. Pero respecto de si el Pithecanthropus encon- trado en el río Trinil, en Java, en 1891, sea simio o humano, o, como pretende su descubridor, Dubois, una mezcla de ambos, todas las eviden- cias craneológicas parecen demostrar que el hombre prehistórico estaba íntimamente emparentado con los más elevados monos (antropoides), los cuales son los más inferiores en estructura; parentesco que ha sido de- fendido también por la prueba médico-legal de la «precipitina» o de parentesco de la sangre. Al mismo tiempo, las diferencias entre el hom- bre paleolítico y el neolítico son mucho mayores que las que existen en- tre los habitantes de la última edad de piedra y las civilizaciones del Egipto o de la Mesopotamia. La prehistoria comienza con el origen de la vida antropoide, en el oligoceno; la transformación del mono-hombre, en el pleioceno; la extinción de los grandes mamíferos y el amanecer de la vieja cultura de la edad de piedra, en el pleistoceno o período glacial (Osborn). No hay absoluta certeza de la existencia del hombre antes del período glacial, y si los instrumentos de piedra han sido realmente talla-
4 I
HISTORIA DE LA MEDICINA
dos en el período eolítico no es todavía conocido de un modo positivo; pero el hecho de que los subsiguientes restos hayan sido encontrados incluidos en capas sucesivas del terreno habla en favor de un gradual e inevitable desarrollo de la cultura.
En el último pleioceno, o primer pleistoceno (primer período interglacial), apa- rece la raza de Trinil ( ' Pitheca?ithropus); en el período pleistoceno medio (o segundo período interglacial), el Homo heidelbergensis; en el último pleistoceno (tercer pe- ríodo interglacial), las razas de Piltdown y la pre-Neandertaloidea, y al final del período glacial, el hombre de Neanderthal. Al desaparecer la raza de Neander- thal aparece la de Cro-Magnon (Homo sapiens), con su gran cerebro anterior y ma- yor inteligencia (i).
En el período mousteriano (2) [la edad del cráneo de Neanderthal] el hombre era, probablemente, más parecido al mono que el salvaje austra- liano; en el período solutreano debía ser análogo al boshimano, y era ya bastante hábil en el tallado de la piedra; en el magdaleniano se parecía a los mongoles y a los esquimales. Los solutreanos y magdalenianos eran ya fuertes, de cerebro grande, guerreros y artistas hábiles, que conocían la doma de los caballos, hacían armas especiales, inventaban los vestidos y ejecutaban las pinturas murales más sorprendentes y más realistas, a la vez que los grabados en piedra, hueso y marfil. El que las civilizaciones egipcia y sumeriana estaban más cerca de estos pueblos de lo que se pen- saba antiguamente parece demostrado por las recientes investigaciones y excavaciones de las cuevas. Uno de los hechos más interesantes de es- tos descubrimientos modernos es el de que la artritis deformante, o gota reumática, un hallazgo patológico muy frecuente en las momias egipcias, es idéntica a la «gota de las cuevas» (Hohlengicht), que Virchow ha en- contrado en los huesos del hombre y de los osos prehistóricos, y que es también muy común en los esqueletos de los habitantes de los bosques de la Germania primitiva. Los instrumentos de piedra tallada, de época indeterminada, que se han encontrado cerca de Fayum y en otros pun- tos sobrepasan a todos los restantes en la delicadeza de la forma y de la talla. El hecho de que el cuchillo de piedra tallada neolítica continúe
II I- Osborn: Men of the Old Stone Age, New-York, 1916. Sir [A. Evans: fork 1916; 11. b. XI [V, páginas 399 y 400.
niños acheuleano, mousteriano, solutreano v magdaleniano han
introducidos por el antropólogo francés Gabriel de Mortillet para indicar los
£rad< a la especializados de los instrumentos <!<• piedra o de otros
amentos <!<• las edades prehistóricas encontrados en St. Acheul, Le Moustier,
Soluto' y La Magdaleine, a los que ha) todavía que añadir el pre-chelleano (Mes-
vin . chelleano (Chelles-sur-Marne), aurignaciano (Aurignac) y aziliano (Mas
< usan actualmente de un modo completamente arbitrario
para indi* tl< . queléticos encontrados en puntos relaciona-
1 1 ta .1 la époi a prehistórica., coa Aquellas localidades.
MEDICINA EGIPCIA 41
usándose en Egipto en el embalsamamiento de los muertos viene a rela- cionar esta civilización, ya tan compleja, con la época prehistórica.
Es posible que muchas fases de la cultura egipcia se hayan extendido al Nuevo Mundo por un proceso mecánico de emigración.
Elliot Smith sostiene que, entre el año 2800 y el 900 antes de J. C, un conjunto, curiosamente característico, de la cultura había sido transpoitado por el comercio y la navegación desde Egipto a todo el litoral del Mediterráneo, y después del año 900 antes de J. C, por los navegantes fenicios, a la India; desde allí, a la Mala- sia, Indonesia y Melanesia, y últimamente alcanzaron las costas de América, expe- rimentando en su camino muchas modificaciones y adiciones en los diferentes pun- tos que iban atravesando. Esto recibe el nombre de cultura heliolítica, incluyendo la religión del Sol y sus símbolos; la construcción de los monumentos megalíticos y la erección de las imágenes gigantescas de piedra; la práctica de la momificación o el embalsamamiento de los muertos, realizada también entre los indios de Norte América (H. C. Yarrow); la práctica del tatuaje (miss Buckland); la de agujerear las orejas (Park Harrison); la del masaje (W. H. R. Rivers); la de la circuncisión, etc.
Esta peculiar cultura; los elementos fantásticos de la misma, que nunca hubie- ran podido nacer espontáneamente en localidades situadas a tanta distancia, han debido influir en la civilización de Minos, en la isla de Creta, después del año 2800 antes de J. C; desde el 900 antes de J. C. los navegantes fenicios han debido ser los intermediarios, en tanto que los barcos gigantes de Malasia y Polinesia venían a poner en relación el continente de Asia con el de América (1).
Nuestras principales fuentes de conocimiento sobre las primitivas fases de la cultura médica de Egipto son los papiros de Londres (Wrezinski), de Westcar (Lesser, Berlín), de Brugsch (el gran papiro de Berlín), el de Ebers (Leipzig) y el de Hearst (Filadelfia); pero todavía en fecha anterior a ellos existen ciertas pinturas grabadas en los pilares de la puerta de una tumba en el cementerio cercano a Memphis y descritas por su descubri- dor, W. Max Müller, como siendo las pinturas más antiguas que se cono- cen representando operaciones quirúrgicas (2500 años antes de J. C.) [2]. Aun cuando nosotros tengamos razones para pensar que los egipcios nunca han llevado la Cirugía hasta el extremo de abrir el cuerpo humano, sin embargo, en esas pinturas existen claras e inconfundibles representacio- nes de la circuncisión, y hasta posiblemente de intervenciones quirúrgicas en las extremidades y en el cuello; las actitudes y las inscripciones jero- glíficas anejas indican que los pacientes estaban soportando grandes dolo- res. Aparte de ésta, no hay ninguna otra demostración de la Cirugía, sal- vo en las tablillas encontradas en los miembros de las momias de todos los períodos. La anatomía y la fisiología de los egipcios ofrecen un carác- ter sumamente rudimentario.
(1) G. Elliot Smith: '¡'he Mirations of Early Culture, Manchester, 191 5. Tam- bién: Bull. John Rylands Library, Manchester, 191 6; III, páginas 48-67, 3 láminas.
(2) Max Müller: Egiptological Rechearches, Washington, Carnegie Institution, año 1906. Véase también I. J. Walsh: Journ. Amer. Med. Assoc, Chicago, 1907; XLIX, páginas 1 593-1895.
42 HISTORIA DE LA MEDICINA
El botiquín de una reina egipcia de la onzava dinastía (2500 años antes de J. C), conteniendo vasos, cucharas, drogas secas y raíces, constituye otro importante hallazgo (i). Existe también una inscripción de una tumba próxima a la pirámide de Sakarah, que demuestra ser el último refugio de un práctico muy distinguido que prestaba sus servicios a la quinta di- nastía de los Faraones, aproximadamente en el año 2700 antes de J. C. «I-em-hetep» («El que viene en paz») era un semidiós médico, el Esculapio de los egipcios (2), de la tercera dinastía (4500 años antes de J. C), que fué en seguida adorado y tuvo un templo erigido en su honor en la isla de Philae. Es el médico más antiguo que se conoce. Un fragmento de pa- piro de la segunda centuria después de J. C, encontrado en las explora- ciones egipcias y recientemente publicado, demuestra que él era adorado hasta en tiempo de Micerino (3). Una estatua del médico Jwte, de la de- cimonona dinastía (1320-1 1 80 años antes de J. C), se encuentra en el Museo Imperial de Leyden (4).
Además de los jeroglíficos, que aparecían generalmente grabados o pintados en piedra, como los escritos pintados de los salvajes americanos y australianos, los egipcios empleaban unos escritos cursivos (escritura hierática y demótica), generalmente inscritos en trozos delgados y cocidos de papiro. Los más antiguos de éstos son los escritos ginecológicos y ve- terinarios de la Colección Petrie de Kahun (decimotercia dinastía). El más importante de los papiros médicos es el que ha sido encontrado por Georg Ebers en Thebas en 1872, que data, aproximadamente, de 155° años antes de J. C. Consta de IIO páginas, de escritura hierática o cur- siva; el texto, en letras negras; las rúbricas, en rojo. El mismo Ebers su- pone que es un trozo del libro sagrado o libro hermético de Thoth (Hermes Trismegistus), el dios luna, que, como Apolo en Grecia, era una especial deidad de la Medicina (5). Esta suposición no ha podido ser com- probada ulteriormente, y el papiro de Ebers, con sus notas marginales y comentarios, se considera hoy como una simple recopilación (6). Comien-
1 I 'ara una representación del mismo véase Journ. Amer. Med, Assoc, 1905; XI. V. pág. 19 \2.
Kurt Sctlic: TmhoUp, el Esculapio de los Egipcios, Leipzig, 1902 (citado por Sadhoff .
I ondres, [915; II, pág. 1204. V Fonahm: Arch. / Gesch. d. Med.y Leipzig, 1908-9; II, páginas 37:5-378, la- rri in. 1
la primera mención del Hermes Trismegistus ha sido señalada por Karl -ai el papiro de la tercera centuria después de J. ( !., dé 1 [ermópolis l .1/7//. a. d.Samml. Erzh. Haincr, iK<)2; V, pág. 133) Citado por Sudhoff.
1 1 < -< ritma hieráth .1 del papiro Ebers ha sido primeramente traducida a
01 un nu'-todo imaginado cu el Congreso de Orientalistas de 1 874, y ■ último, dieron traducidos al alemán por el doctor H. Joachim, de Ber- lín. 1890, y al ingles por Carl H. von Klein. I'no de los primeros en intentar des-
MEDICINAEGIPCIA 43
za con un número de encantamientos contra las enfermedades, y sigue una larga serie de enfermedades en detalle, con unos 700 remedios dife- rentes para las mismas. Las partes más interesantes son extensas seccio- nes consagradas a los ojos y a los oídos, y las descripciones de la enfer- medad A A A, la enfermedad U H A y la Huedu (tumefacción dolorosa) cuyas tres enfermedades han sido, según la opinión de Joachim, identifi- cadas con los diferentes grados de la infección por la filaría (clorosis egip- cia) [I]. El largo número de remedios y prescripciones citado en el papi- ro demuestra la terapéutica tan extraordinariamente especializada ya en la dieciseisava centuria antes de J. C; pero no puede, de ningún modo, sostenerse que los 700 extraños remedios indiquen ningún especial ade- lanto en el arte de curar. Nosotros no encontramos empleadas aquellas drogas selectas, como el opio, el eléboro, el beleño, etc., que más tarde habían de emplear con habilidad y discernimiento los médicos griegos, sino que la terapéutica egipcia tenía que ser necesariamente más limitada, a causa de que los médicos egipcios eran, como más adelante veremos, estrechos especialistas, dedicándose cada uno a una especial enfermedad, o sólo a las enfermedades que afectasen a una parte del cuerpo. Se encon- traban mencionados muchos minerales y algunos simples vegetales; las sa- les de plomo y cobre, la escila, el cólchico, la genciana, el aceite de castor y el opio, y, como en algunas enciclopedias de los siglos xvn y xvm, es- tas substancias entraban en composiciones con otros sucios ingredientes, como la sangre, los excreta, la grasa y las visceras de aves, mamíferos y reptiles. Una favorita pomada de los egipcios para la calvicie estaba com- puesta de partes iguales de grasa de león, de hipopótamo, cocodrilo, ganso, serpiente y de cigüeña. Otra consistía sencillamente en partes igua- les de tinta de escribir y líquido céfalo-raquídeo. Una untura para los ojos se componía de antimonio triturado en grasa de ganso. Además, se em- pleaba para la conjuntivitis una sal de cobre. Una cataplasma para la supu- ración se componía con partes iguales de harina de dátiles y salvado de trigo, bicarbonato sódico y simiente de achicoria.
La parte más interesante del papiro de Ebers es la última sección de
cifrar los jeroglíficos de la piedra de Roseta (1799) ha sido el físico y médico inglés Thomas Joung. La difícil tarea ha sido realizada, por último, por J. F. Champollion (1818-28), y más adelantada por Richard Lepsius (1810-84); Heinrich Brugsch (1827-94), que ha publicado un diccionario demótico-jeroglífico (1867-82); Joseph Chabas (1817-82); Gaston Maspero y otros.
(1) Joachim: Papyros Ebers, Berlín, 1890. Edwin Pfister, por su parte, piensa que la enfermedad a á" a de los papiros de Ebers y Brugsch es una billiarziosis, puesto que su jeroglífico es un pliallus. Véase Sudhoffs Arrh., 19 12-13; VI, pági- nas 12-20. Paul Richter (Ibidem, 1908-9; II, páginas 73-83) piensa que lo que los egipcios designaban como enfermedad uhedu no tiene para los modernos mas que la significación de un síntoma (inflamación).
44 HISTORIA DE LA MEDICINA
todas, que trata de los tumores. Aquí, como en la descripción de la en- fermedad A A A, encontramos algo que se aproxima a las exactas des- cripciones clínicas de Hipócrates, y algunos han llegado a suponer de esta débil semejanza, que el padre de la Medicina era deudor al Egipto de gran parte de sus conocimientos. Algunos preceptos éticos de los anti- guos médicos egipcios son muy análogos al juramento de Hipócrates en sentimiento y expresión, y éste ha sido el único punto en que se ha que- rido apoyar el hecho de que la medicina prehipocrática de Grecia tenía un origen común con la medicina de Egipto. Hay, sin embargo, un mar- cado punto de divergencia, a saber: que la más remota medicina egipcia estaba enteramente en manos de los sarcerdotes, al paso que la medicina griega, incluso en el tiempo de la guerra de Troya, se ve ya libre por completo de la dominación sacerdotal; la Cirugía, en particular, era fre- cuentemente ejercida por los reyes de las guerras de Homero. Nuestras principales autoridades acerca del estado de la medicina egipcia durante la quinta centuria antes de J. C. son Herodoto y Diodoro Siculus. De He- rodoto aprendemos las costumbres higiénicas de los egipcios, los dio- ses de su religión, sus ideas acerca de la Medicina y sus métodos de em- balsamar los muertos. «El arte de la Medicina — dice Herodoto — está di- vidido entre ellos del modo siguiente: cada médico se dedica a una sola enfermedad y nada más. En todas partes hay numerosos médicos; unos son para los ojos; otros, para el oído; otros, para los dientes; otros, para los intestinos, y otros, para otras enfermedades internas» (i). La práctica médica se encontraba rígidamente prescrita en el Libro hermético, de Thoth, y si la muerte de un enfermo resultaba de la desviación del trata- miento establecido en estas líneas, se consideraba como un crimen capi- tal. Aristóteles, escribiendo cien años más tarde, dice, en su Política, que los médicos estaban autorizados a modificar el tratamiento después del cuarto día si el enfermo no había experimentado mejoría (2). Los vestidos sencillos y los baños frecuentes, entre los egipcios, eran apropiados al cli- ma subtropical de su patria y no al de Grecia. «Se purgan — dice Herodo- to— todos los meses durante tres días seguidos; tratan de preservar su sa- lud por medio de eméticos y enemas, porque suponen que todas las en- fermedades a que el hombre está expuesto proceden del alimento que usa. V, verdaderamente, en otros respectos, los egipcios, inmediatamente pues de los habitantes del Líbano, eran el pueblo más higiénico del mundo, y yo creo que depende de las estaciones, porque no estaban ex-
1 tí :i. pág. 84.
Política, III, pág. 15,
MEDICINA EGIPCIA 45
puestos a los cambios» (i). Este modo de pensar del antiguo historiador no concuerda con la gran frecuencia con que apreciamos las artritis reu- matoideas en las momias egipcias, probablemente producidas por la expo- sición a un clima tan húmedo durante las inundaciones del NilojLa expo- sición que hace Herodoto del embalsamamiento egipcio parece ser, a la luz de todas las recientes investigaciones, auténtica y segura (2), y de- muestra que los egipcios conocían ya las virtudes antisépticas de la seque- dad extrema y de algunas substancias químicas, como el nitro y la sal co- mún. El cerebro era primeramente extraído a través de las ventanas de la nariz con un hierro encorvado en forma de gancho, y la cavidad del cráneo se limpiaba de los restos que pudiera contener por medio de lavados con diversas drogas; el abdomen era incindido con un afilado cuchillo de pie- dra, eviscerado, lavado con vino y hierbas aromáticas y lleno de mirra, cassia y especias, y la herida, cosida. El cuerpo era sumergido por espacio de setenta días en cloruro sódico o bicarbonato sódico, y después lavado y envuelto por completo en vendas de hilo untadas en seguida con goma. Después era colocado en un ataúd de madera, modelado con la forma humana, y depositado en la cámara fúnebre con cuatro jarros canópicos conteniendo las visceras. Como en nuestros indios del Norte de América, ^el espíritu partido era provisto de alimentos, bebidas y otros objetos con- venientes, constituyendo todo ello un especial ritual del Libro de la Muer- te, que todo egipcio aprendía de memoria; una especie de Baedeker para el otro mundo. Según Diodoro Siculus, el «paraschistes» que hacía la in- cisión inicial con el cuchillo de piedra era mirado con tal aversión, que era perseguido con maldiciones, apedreado y tratado más duramente aún, si se le cogía. Por otra parte, el «tarichentes» que evisceraba el cuerpo y le preparaba para la tumba era reverenciado como perteneciente a la cla- se sacerdotal. I Pero todo esto no era, probablemente, mas que una parte ligera del ritual. Sudhoff ha publicado recientemente algunos interesantes grabados representando los característicos cuchillos de piedra y los gan- chos de hierro usados en los embalsamamientos egipcios (3), y Comrie, en un interesante número de los Archivos de Sudhoff (4), describe como sien- do probablemente los instrumentos quirúrgicos más antiguamente cono- cidos del Egipto (próximamente 1 500 años antes de J. C.) tres cuchillos de cobre con mango ganchudo o encorvado encontrados en una tumba cerca de Tebas. Son modelos característicos de la edad de bronce. Elliot
(1) Herodoto: II, pág. 77.
(2) Herodoto: II, pág. 86.
(3) Sudhoff: Archiv f. Gesch. der Med., Leipzig, 19 n; V, páginas 61-171, dos láminas.
(4) Archiv /. Gesch. der Med., Leipzig, 1909; III, páginas 269-272, una lámina.
46 HISTORIA DE LA MEDICINA
Smith y Wood Jones han descrito los efectos de las tablillas de fibra de palma empleadas en el tratamiento de las fracturas, dando resultados sor- prendentemente buenos con poco acortamiento (i).
La paleopatología de Egipto ha sido investigada primeramente por Fouquet en 1889. En 1907, el Gobierno egipcio proyectó una inspección arqueológica de la parte de la Nubia, que fué inundada consecutivamente a la erección del dique de Assuam. Las fases antropológica y patológica de la investigación fueron encomen- dadas al profesor G. Elliot Smith, con el auxilio de J. Wood Jones y de otros (2). Los boletines de esta investigación, con delicados atlas conteniendo las placas que cu- bren las momias de todos los períodos, desde el predinástico al bizantino, demues- tran que la sífilis, el cáncer y el raquitismo eran desconocidos; que la artritis reu- matoidea, una afección regional y no racial, era, «por excelencia, la enfermedad de los huesos del antiguo Egipto y de la Nubia»; que los dientes de los habitantes del período predinástico eran uniformemente buenos, como se puede también dedu- cir de los toscos y groseros alimentos encontrados en los intestinos, y de los de- pósitos de tártaro y de las caries, que también la verdadera gota (dando las reac- ciones del ácido úrico) fué siendo mucho más frecuente en el Nuevo Imperio cuando se crearon costumbres más regaladas y lujosas. No había caries en los dientes de la primera dentición de los niños del período predinástico, y cuando en ellos aparece la caries va seguida de la formación de abscesos que sobresalen de los alvéolos, demostrando que los egipcios no poseían los más ligeros rudi- mentos del arte de dentista. Se han encontrado pruebas evidentes de enfermeda- des de la apófisis mastoides, de adherencias del apéndice, de adherencias pleurí- ticas, de fusión del atlas al occipital a consecuencia de espondilitis deformante, de necrosis de los huesos, de necrosis de los huesos del cráneo femenino a con- secuencia de llevar en la cabeza jarros de agua y de heridas mortales del cráneo. De las fracturas, las del cráneo y las del antebrazo (en un sitio uniforme, cerca de la muñeca) eran las más comúnmente observadas, y probablemente causadas al parar el golpe dirigido al cráneo con el Naboot. Las fracturas del fémur eran más frecuentes que en la actualidad; pero, en cambio, no se observaban fracturas de la rótula, y pocas de la porción inferior a la articulación de la rodilla; esta inmunidad resultaba probablemente de la locomoción con los pies desnudos y de la ausencia de pavimentos resbaladizos y de guijarros. De un modo análogo, el escaso número de fracturas de la mano y de la muñeca sugiere la falta de violencia en la ma- quinaria.
Elliot Smith y Ruffer, en una muy interesante monografía, han descrito un ge- nuino caso de mal de Pott en una momia de la vigésimo primera dinastía (unos 1000 años antes de J. C.) [3]. El examen histológico, porMarc Ármand Ruffer, demostró la existencia de una espondilitis deformante; nodulos de Bouchard, bazo febril, cálcu- los biliares, calcificación y ateroma de las arterias en varias momias, y una erup- ción semejante a la viruela en una momia de la vigésima dinastía (1200-1100 años antea de ]. C.) [4]. La parálisis infantil parece representada en una estela de la de- cimoctava dinastía, en el Carlsberg Glypioiek, de Copenhague (5). Muchas esta-
(1) Brit. A fed. Journ., Londres, 1908; I, páginas 732-737.
(2) Egipto. Ministry of Pi nance. Survey Department. The Arc/ueologicat Sur- vey o Boletines números 1-7, Cairo, 1907; pág. 1 i. Informes de 1907-1908; volumen II, de los restos humanos, por G. Elliot Smith y F. Wood Jones (con alias Cairo, k>io.
Elliot Smith y M. A. Ruffer: Pott'sche Krankheit an ciner (tgyptiscken Mu- míe, i riessen, 19 10.
(4) Ruffer: Histological studies on Egyptian Mummies, Cairo, 191 1. También: Journ. Path, and Bact.% Londres, 1910-n; XV, páginas 1 y 453, 4 láminas; 1911-12,
XVI, pág. 439. <> láminas; 191 3- 14, XVIII, pág. 149, 6 láminas.
Hamburger Bull. Sac. franc, dlüstoire de Mcdccine, París, 191 1;
^ina* 407-412.
MEDICINA EGIPCIA 47
tuítas egipcias antiguas en bronce o de barro barnizado representando los dio- ses Bes y Phtah son exactas representaciones de acondroplasia (Charcot) [i].
Elmayor interés de la medicina egipcia estriba en su proximidad y en sus relaciones con la medicina griega. Las referencias de Homero al arte con que los médicos egipcios componían drogas hace pensar en que la palabra «Química» deriva de Chemi (la «tierra negra»), el nombre an- tiguo de Egipto, de donde la ciencia era designada con el nombre de «arte negro». Indudablemente, los antiguos griegos aprendieron mucho, tanto de Medicina como de Química, de aquellos sabios antepasados, a través del mar, de quienes dice Solón que su pueblo era «meramente in- fantil, locuaz y vano, no conociendo nada del pasado»; que era, además, hábil en la metalurgia, en el tinte, en la destilación, en la preparación de los cueros, en hacer el cristal, jabones, aleaciones y amalgamas, y que en los tiempos de Homero conocía probablemente más anatomía y terapéu- tica que los helenos. Sin embargo, mucho antes del período alejandrino la civilización egipcia había quedado ya estacionada en absoluto, y por lo que a la Medicina hace referencia, los egipcios tenían que ir a aprender de los griegos (2). Como los dioses egipcios — el Thoth, con cabeza de perro o de cigüeña (el Hermes egipcio); el Pacht, de cabeza de gato, sus deidades del parto; el Horus, de nariz en pico de ave; el cornudo Chnum; el velado Neith de Sais — permanecen siendo los mismos, al paso que la mitología griega era una continua y constante evolución de divinas figu- ras de belleza permanente y de interés humano, del mismo modo la me- dicina griega estaba destinada a ir más allá que la medicina egipcia y la oriental, como positivamente la poesía, la escultura y la arquitectura grie- gas han sobrepujado los esfuerzos de aquellos pueblos en los mismos artes.
(1) Charcot: Les difformés el les malades dans ¿'art, París, 1889; páginas 12-26. — P. Ballod: Prolegomena zur Geschichte der zwerghaften Goiter in dSgypten. Munich dissertation (Moscú, 19 13).
(2) Véase, por ejemplo, los estudios de Sudhoff sobre los papiros griegos del período alejandrino {Siudien z. Gesch. d. Med. Puschmann-Stiftung, números 5 y 6, Leipzig, 1909).
MEDICINA SüMERIANA Y ORIENTAL
En el Génesis leemos que Nimrod era «un poderoso cazador ante el Señor», y que el «origen de su reino eran Babel y Erech, y Accad y Cal- neh en la tierra de Shinar». La tierra de Shinar (Shumer, o «Sumer») era la parte colocada al sur de Babilonia, comprendiendo la estrecha zona de terreno entre el Eufrates y el Tigris hasta el golfo Pérsico y la porción situada al norte de Babilonia y que lleva el nombre de Accad. Los sobe- ranos de Babilonia y los conquistadores asirios se titulaban constantemen- te «reyes de Sumer y de Accad». Antes de la llegada de los babilonios se supone que existía una raza original, no semítica, o raza sumeriana, próximamente entre los 4000 y 3000 años antes de J. C, y a la que se atribuye la fundación de la civilización moderna, la invención de la escri- tura pictórica y el desarrollo de la Astronomía. Otros suponen que la es- critura cursiva de los sumerianos, que, como la escritura china, va dirigi- da de derecha a izquierda, no era, en resumen, mas que una especie de Código cifrado usado por la dominadora raza semítica. En uno y otro caso, la Mesopotamia ha sido el punto de partida de la civilización orien- tal, de la que son indudablemente los babilónicos los principales funda- dores. Eran instruidos en las ciencias matemáticas y en la Astronomía; crearon el sistema decimal de numeración, de pesos y medidas; hicieron las divisiones del tiempo, del año en doce meses, de la semana en siete días, de sesenta minutos y segundos en la hora y en el minuto, respecti- vamente, y dividieron el círculo en 360 grados. Inventaron las inscripcio- nes cuneiformes, escribían de izquierda a derecha, poseían grandes cono- cimientos en ciencias militares, en táctica y en el arte de la guerra, y eran hábiles artistas en música, arquitectura, cerámica, fabricación del vidrio, tejidos, alfombras, etc. Layard ha encontrado lentes plano-convexas en sus exploraciones de Nínive.
Es sabido que la Astronomía es la más antigua de las ciencias, y en
Historia de la Medicina. — Tomo I 4
50
HISTORIA DE LA MEDICINA
todas las viejas civilizaciones la encontramos aplicada como astrología a los asuntos prácticos de la vida. Este es un carácter esencial de la medi- cina de ios sumerianos o accadianos. Guerras, epidemias, hambres, suce- siones de monarcas y otros asuntos de las vidas pública y privada eran estudiados en íntima relación con la precesión de los equinoccios, los eclipses, cometas, fases de la Luna y estrellas, y otros acontecimientos meteorológicos y astronómicos, y de estas coincidencias fatalistas se dedu- cía que algunos números eran fastos o nefastos. De este modo, la astrolo- gía y la interpretación de los augurios coincidían en el pronóstico, y, como en todas las antiguas civilizaciones, el primer médico de Babilonia era un sacerdote, o el primer sacerdote, un médico. La inspección de las visce- ras, una parte esencial de los augurios, condujo a la inspección de las orinas, y entre los caldeos, esta inspección agorera era concentrada espe- cialmente en el hígado, del cual se han encontrado modelos en terra-cotta de tres mil años de antigüedad, divididos en casillas y adornados con ins- cripciones proféticas. En Ezequiel (XXI, 2l) leemos: «Cuando el rey de Babilonia llegó a la división del camino, para elegir cuál de los dos debía seguir, recurrió a la adivinación: hizo llevar sus flechas, consultó con imá- genes, miró en el hígado. Neuburger hace notar cómo el interés sacerdo- tal en los presagios ha conducido a la colección y colocación de observa- ciones clínicas, como las relativas a la expresión facial, a los aspectos de la orina y de la saliva, a la salida de la sangre en la sangría y a otros sig- nos que eran usados como indicios o síntomas de recobrarse la salud o de muerte; y continúa diciendo que el paso inmediato en la dirección del adelanto científico consistirá en la eliminación de lo sobrenatural de la materia (i). Este paso, desgraciadamente, es y ha sido el más difícil de dar en el razonamiento médico. Así, nosotros vemos que los médicos de Babilonia consideraban la enfermedad como la obra de los demonios, que abundaban en la tierra, en el aire y en el agua, y contra los cuales se reci- taban largas letanías y frases mágicas.
En 1841, sii- Henry I.avard, durante sus excavaciones del baluarte de Kouyun- jik, enfrente de Mosul, en la situación de Nínive, descubrió la gran biblioteca, de unos 30.000 ladrillos de art illa, reunidos por el rey Assurbanipal de Asiria
iños antes de J. C); biblioteca que se encuentra ahora en eJ Museo Británi- co. De unos 800 ladrillos médicos de esta colección-archivo, que probablemente cons- tarfa de 100.000, es de donde so deriva principalmente todo lo que sabemos acerca do la medicina asirio-babilónica. En la Lectura de Morris Jastrbw (jz) de aquéllos se «•«ha la culpa de todo a los demonios (nuestros gérmenes morbosos), siendo éste el 1 on. epto etiológico de los asirios; el diagnóstico se fundaba probablemente én la simple inspección d<- los enfermos, auxiliada con el recuerdo asociativo y con la
1 Neuburger Geschichtt der Meditin, Stuttgart, mon, [, pág; .u.
fastrow: P ¡A,/., Sect. Hist hfed,, Londres, 1914; VII, pági-
• >-,- 1 76.
MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 5i
terminología; el pronóstico (iatromancia) era la adivinación o agorerío por la ins- pección del hígado (hepatoscopia), presagios de nacimiento, presagios de enferme- dad, signos astrológicos y portentos; la terapéutica consistía en exorcismos con un rito especial, del que formaban parte la exhibición de remedios vegetales; el arte mágico formaba parte de la profilaxis. Por la hepatoscopia los caldeos aprendieron la estructura del hígado, y las reproducciones de éste en barro constituían mejo- res muestras de ilustraciones anatómicas que las representaciones medievales del hígado lobulado. Modelos análogos del hígado han sido encontrados en la anti- gua Hittite, situada en el Asia Menor, e hígados etruscos en bronce, datando del siglo ni antes de Cristo, han sido encontrados cerca de Piacenza. El hígado, como origen de la sangre, era considerado el punto de residencia del alma, y como quie- ra que el Dios mismo se identificaba con el animal sacrificado, mirar el hígado de éste era tanto como mirar dentro del alma del animal y de la inteligencia del Dios. Los presagios del nacimiento, que han sido especialmente estudiados por Dennefeld (i) y Jastrow, han enseñado la pseudociencia de la fisiognomía y quiro- mancia y han estimulado al estudio y conocimiento de las deformidades y anoma- lías del feto y del adulto. Todas las posibles fases del parto y las anomalías del feto (Afonslra) eran consideradas como signos y presagios de la suerte futura de la per- sona, siendo los fenómenos que se esperan de la nueva vida como nacidos de la otra. Un órgano anormalmente grande (monstrum per excessum) o una anomalía en el lado derecho eran considerados como un presagio de poder y de éxito en lo futuro. Un órgano anormalmente pequeño (most rum per defectum) o un defecto en el lado izquierdo señalaban debilidad, enfermedad y ruina. Los presagios del naci- miento indicaban tanto lo individual como lo sobrehumano y lo inferior. Los ritos de exorcismo y las letanías para echar fuera las enfermedades influyeron en la me- dicina de los egipcios, de los indios y de los chinos, y esta influencia fué llevada hasta la medicina de Siria,, y, a través de ella, al Islam y al Cristianismo medieval. Eran conocidas más de cien drogas, cuyas dos grandes divisiones, s/iammu y abjtu, representaban, respectivamente, según el modo de pensar de Jastrow, las substan- cias orgánicas e inorgánicas. Los remedios sucios, impuros (Dreckapotheke), estaban probablemente destinados a producir disgusto en los demonios existentes dentro del cuerpo. La rumiación, el ácido del estómago, el reumatismo, las neuralgias y las afecciones cardíacas se encontraban descritas en los ladrillos arcillosos. Las en- fermedades del hígado y las afecciones de los ojos constituían la nota característica de la patología caldea, lo mismo que de la arábiga. Sudhoff (2) interpreta los con- ceptos bcnnu y sibtu como epilepsia y contagio (ataque por los demonios), y en la Edad Media el ataque epiléptico era considerado como un contagio.
Los comienzos de la práctica médica entre los habitantes de Babilonia se describen por Herodoto del modo siguiente: «Ellos sacan sus enfermos a la plaza del mercado cuando no tienen médico; entonces, todo el que pasa cerca de la persona enferma habla con ella a propósito de su enfer- medad; así se averigua quiénes han sido afligidos con la misma dolencia o han visto otras personas padeciendo lo mismo'; de este modo, los que pasan conferencian con aquél y le advierten si han recurrido al mismo tra- tamiento que él y han curado de la misma enfermedad, o si han visto cu- rar a otros. Y no era permitido pasar en silencio junto a la persona en- ferma sin averiguar lo relativo a la naturaleza de su padecimiento > (3).
\
(1) L. Dennefeld: Babvlonisch-assyrisckc Geburts-Omma, Leipzig, 19 14.— Jas- trow: Babylonian- Assyrian Birth-Omens, Giessen, 1913. También: Aspects of Belief and Practice in Babylonia and Assyria, New- York, 1911; ch. III.
(2) Sudhoff: Arch, f Gesch. der Med., Leipzig, 1910-1 1, IV, pág. 353'. '9'2-i3, VI, página 454-
(3; Herodotus: I, pág. 80.
52 HISTORTA DE LA MEDICINA
Con los de Babilonia, como hace notar finamente Montaigne, «todo el pue- blo era el médico >. Ellos llegarán eventualmente a aquel grado en que, como en el Egipto, se tiene un médico especial para cada diferente enfer- medad.
Si ellos han llegado más allá de aquel grado es cosa que no pode- mos afirmar; pero sí hemos aprendido en el código Hammurabi (2250 años antes de J. C.) que la profesión médica había adelantado extraordi- nariamente en la estimación pública en Babilonia, siendo pagada con re- compensas apropiadas, cuidadosamente prescrita y regulada por las leyes. Así, diez siclos de plata eran los honorarios establecidos para el tratamien- to de una herida o para la abertura de un absceso de los ojos con una lanceta de bronce, si el enfermo era un «caballero»; si se trataba de un hombre pobre o de un criado, los honorarios eran de cinco y de dos si- clos, respectivamente. Si el doctor causaba al enfermo la pérdida de la vida o de la vista se le cortaban las manos, si se trataba de un noble, o tenía que devolver los honorarios, si era un esclavo. Se deduce de todo esto que los médicos de Babilonia poseían esclavos, y algunas veces, operadores para las cataratas. Aquí, como siempre, ha sido la Cirugía la que ha dado el primer paso en la verdadera dirección. La medicina interna, tanto entre los persas como entre los babilonios, se ocupaba prin- cipalmente en tratar de lanzar fuera los demonios causantes de la enfer- medad. Un objeto votivo encontrado en Susa (Persia) tiene un conjuro contra los mosquitos. Un sello cilindrico, de la colección de Pierpont Mor- gan, tiene el «símbolo mosca» emblemático de Nergal, el dios de la Me- sopotamia, de la enfermedad y de la muerte (i). Algunos adelantos en la higiene pública se habían realizado, como los fosos del inmenso desagüe de Babilonia, cuyos modelos, exhibidos en la Exposición de Dresde, de- muestran que ellos conocían la disposición más apropiada para el desagüe.
Intimamente relacionada con la medicina sumeriana, por lo que al tiem- po lia<<> referencia, está la medicina del pueblo judío, por la relación esta- blecida por la cautividad asiría (año 722 antes de J. C.) y la cautividad de Babilonia (604 años antes de J.C.). Las principales fuentes de conocimiento de la Medicina son la Biblia y el Talmud. La primera nos da únicamente alguna luz respecto de los asuntos que esperamos encontrar, en los deta- lles de una legendaria historia narrativa. En el Antiguo Testamento la en- fermedad ea una expresión de la cólera de I )ios, que se puede combatir úni- « amenté por medio de la reforma moral, de las oraciones y de los sacri- ficaos; y es I >¡08 el que 1 1 infiere ambas, la salud y la enfermedad. «Yo no
1 1 Offord:*! r, Londres, 19 16; X, pág. 572.
MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 53
te infligiré ninguna de aquellas enfermedades que yo he llevado sobre los egipcios, porque yo soy el Señor que te cura a ti» (Éxodo, XV, 26). Los sacerdotes actuaban como policía higiénica en relación con las enferme- dades contagiosas; pero no hay en la Biblia ninguna referencia espe- cial de que los sacerdotes actuasen como médicos. Estos constituían una clase especial, de la que leemos, por ejemplo, quejóse «mandó a sus ser- vidores, los médicos, que embalsamasen a su padre» (Génesis, L, 2); que el rey Asa consultó a los médicos por el Señor y «durmió con su padre» por sus dolores (II Crónicas, XVI, 12 y 13), o que si dos hombres pelean y uno de ellos es herido o lesionado hasta el punto de guardar cama, el otro «deberá pagar por la pérdida de su tiempo y trabajará por él hasta su completa curación» (Éxodo, XXI, 19). Los profetas, por otra parte, rea- lizaban frecuentes milagros, como los de Elias y Elíseo, despertando de la muerte a los niños. La curación de los padres de Jordán por Elíseo (II Re- yes, II, 22) es un buen ejemplo del concepto antiguo, primitivo del «hacer medicina», como lo son también las referencias al uso del hisopo como un agente de Catarsis, de purificación o de lustración (Salmo LI, 7; Éxo- do, XI, 22; Levítico, XIV, 4-7, 49 y 52) y el ritual de trasladarla lepra a un pájaro (Levítico, XIV, 1-8). Un notable ejemplo de la relación existente entre la cólera divina y la eficacia de la oración se encuentra en el caso de Ezequías, que «enfermó hasta morir» y pidió al Señor que pusiese su casa en orden, y volvió su cara hacia la pared; sus plegarias fueron aten- didas por el profeta Isaías, que, por mandato divino, ordenó que una masa de higos se aplicase a la parte enferma, con lo cual resultó que Eze- quías recobró la salud (II Reyes, XX, 1-8). Aparte de los médicos y de los altos sacerdotes, que actuaban como oficiales de sanidad pública, exis- tían comadronas profesionales, que se encuentran mencionadas en los ca- sos de Raquel, de Tamar, y especialmente en la interesante referencia al uso en el antiguo Oriente de la silla obstétrica: en el primer capítulo del segundo libro del Éxodo, donde Faraón manda a las comadronas que ma- ten todos los niños judíos del sexo masculino, «cuando vosotras vayáis a ejercer el oficio de comadronas con las mujeres hebreas y las veáis a ellas
sobre las sillas». Impresiones maternales constituyen el asunto de la se- gunda mitad del trigésimo capítulo del Génesis, en el cual Jacob refiere a Labán acerca del engaño que el último le ha hecho con motivo de Lía y Raquel, engañándole en un método de producción de crías manchadas y tiznadas, hábilmente explicable por la ley de Mendel. Los sueños eran realmente considerados como «visiones de la cabeza», como emanaciones del cerebro (Daniel, IV, 5-13; VII, i). El uso del primitivo cuchillo de pie- dra en la circuncisión ritual es referido en el segundo libro del Éxodo
(IV, 25), en el cual Zipporah, la viuda de Moisés, «coge una piedra afi-
54 HISTORIA DE LA MEDJCINA
lada y corta el prepucio de su hijo». En Josué (V, 2), Dios manda a Jo- sué, el sucesor de Moisés, que haga cuchillos afilados y efectúe la circun- cisión de los niños de Israel nacidos después del éxodo de Egipto. Este es el único procedimiento quirúrgico mencionado en la Biblia; pero el uso del vendaje arrollado en las fracturas se encuentra referido en Ezeqidel (XXX, 22) del modo siguiente: «Hijo del hombre, Yo he roto el brazo de Faraón, rey de Egipto; y he aquí que no será contenido hasta que esté curado; ponedle una venda, vendadlo, hacedle fuerte para tener la espada.» Las heridas eran curadas, como en todos los pueblos antiguos, con aceite, vino y bálsamos. La acromegalia, con dedos supernumerarios, se encuen- tra descrita en el caso del hijo de Goliath, de Gath (II Samuel, XXI, 20; I Crónicas, XX, 6); la epilepsia es mencionada (Números, XXIV, 4), y los efectos de la embriaguez, descritos (Proverbios, XXIII, 20-35). De las diferentes enfermedades referidas en la Biblia, las más importantes son la lepra, la «llaga permanente crónica* y las graves plagas que atacaron a Israel, especialmente la peste de Baal, en la que perecieron 24. 000 (Nú- meros, XXV, 9). Sin embargo, estas enfermedades se encuentran tan vagamente aludidas, que es imposible identificarlas con algunas de las equivalentes de nuestros días. Los modernos dermatólogos discuten, por ejemplo, si la lepra bíblica (zaraath) [i], de la queNaaman se curó sumer- giéndose él mismo «siete veces en el Jordán», y que fué transformada (en el sentido popular) en Gehazi, de tal modo, que «él salió de su presencia un leproso tan blanco como la nieve>, era en realidad psoriasis. Por otra parte, Ivan Bloch y otros sostien-en que las plagas venéreas mencionadas en la Biblia (Baal-peor y las otras) no son iguales a las actuales lúes y go- norrea (2). Una plaga después de comer codornices es mencionada en el libro de los Números (XI, 31-33). Altamente significativo es el episodio de Ahaxiah (II Reyes, I, 2), el que, cuando enfermó, envió a Ekron a ver a Belzebub para saber si podría restablecerse, a causa de que, conforme a la opinión dejosephus, aquel diosera, análogamente al griego Zeus Apo- minos, el -apartador de las moscas». Las serpientes de fuego, menciona- das en el libro de los Números (XXI, 7), pueden haber sido los dracuncu- ///*, y Castellani sostiene que la enfermedad con «hemorroides» a que se
i Descrita en el Levitico, XIII, 1-46.
Lo eruditos médicos que discuten a propósito <l<- estos inciertos deta- lles <!<• un modo t.m dogmático omiten el considerar el punto, que conocen mate- máti deque la probabilidad inherente a un hecho tiende a terminar
medidí que nos .dejamos de él, y que los electos de mi acontecimiento
tienden ;i «terminar asintomáticamente en un plazo indefinido <> infinito. Escula- pio estaba mucho más fuera déla realidad que Homero, Hipócrates y Celso. Para
él es completamente un mito. Bloch olvida que la oposición lógica del
IrtUS, teoría de la sílilis, que él adelanta con un celo algo fanático,
. erdad como la misma teoí ía.
MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 55
alude en el libro de Samuel ' (V ', 6; VI, 4 y 5) era la peste bubónica, a causa de que «las ratas morían y corrompían la tierra» (i).
El interés principal de estas enfermedades bíblicas estriba en los no- tables esfuerzos que se realizaban para prevenirlas. Los antiguos hebreos han sido, en realidad, los fundadores de la profilaxia, y los grandes sacer- dotes eran verdaderamente policías médicos. El libro de los Levíticos con- tiene severas órdenes respecto de los objetos impuros o contaminados, de las substancias convenientes para la alimentación, de la purificación de la mujer después del parto, de la higiene de la misma durante el período menstrual, de la condenación de las perversiones sexuales y de la preven- ción de las enfermedades contagiosas. En los notables capítulos del dia^ gnóstico y profilaxis de la lepra, de la gorronea y de la leucorrea (Levztico, XIII-XV), se dan las prescripciones más eficaces y de sentido común para la separación de los enfermos, la desinfección (hasta el punto de raspar las paredes de las casas o de destruirlas por completo) y el viejo rito mo- saico de quemar los vestidos de los enfermos y otras medidas análogas. En la Edad Media todavía permanecían en vigor estos preceptos del Le- vítico, por lo que a los leprosos hacía referencia. ¿Quién dejará de admi- rarse al ver la severa disciplina hebrea en lo tocante a la higiene sexual, que, siempre rigurosa, insiste en la exogamia, pone un dique a las per- versiones y rodea la figura de la mujer buena y virtuosa con una peculiar aureola de respeto, que se ha conservado en todas las naciones civilizadas hasta la época moderna? (2). La institución del descanso semanal en el sá- bado ha dado a la Humanidad, cansada del trabajo, una especie de aside- ro permanente para poder persistir en su obra. En resumen: la principal gloria de la medicina bíblica estriba, como ha hecho notar Neuburger, en la institución de la higiene social como ciencia. Hasta qué punto eran es- timados los médicos entre los antiguos hebreos, se ve resumido en el ex- presivo lenguaje de Jesús, hijo de Sirach (180 años antes de J. C):
1. Honor al médico según tú necesites de él, con los honores debidos a él:
Porque verdaderamente el Señor le ha creado a él.
2. Desde lo más alto viene la salud:
Y desde el Rey, él puede recibir un veneno.
3. El arte del médico mira con confianza sobre su cabeza:
Y en el suspiro de los grandes hombres él será admirado.
(1) Los roedores aparecen en el cuadro de Poussin «La peste de los filisteos» (Janus, Amst., 1898; III, pág. 138). Es digno de mención el hecho de que la eviden- cia de la asociación entre las ratas y la peste sea más pronunciada en la versión de los Setenta queen la Vulgata (véase Aschoff, Amst., 1900; V, páginas 61 1-(> 1 . a en la versión revisada, el nati sunt muris aparece suprimido; pero el versículo 8 del primer libro de Samuel, V, sugiere la idea de la peste bubónica.
(2) Es digno denotarse que las prescripciones de Moisés contraía bestiali- dad, la inversión sexual, etc., en el Éxodo (XXI-XXII) y en el LevUico (XVI II), re- presentan los comienzos de la jurisprudencia médica.
56 HISTORIA DE LA MEDICINA
El Talmud es esencialmente un libro legal que data de la segunda cen- turia después de J. C, y la información a propósito de la medicina judía contenida en él es, en resumen, de un carácter más detallado y definitivo que el que nosotros esperaríamos encontrar en las narraciones medio le- gendarias de la Biblia. Su rasgo más interesante es la luz que proporciona acerca de la anatomía y cirugía de los últimos judíos y sobre el conoci- miento de los signos de la post-mortem, que los hebreos adquirieron por la inspección de los animales destinados a la alimentación. La anatomía de todo género, antes de los tiempos de Vesalio, no era mas que un teji- do de fragmentos y de trozos aislados, y la anatomía judía no constituye ninguna excepción de la regla general. Sólo se menciona en la Biblia algo referente a las partes del cuerpo, y estas referencias son, en general, tan vagas y poco precisas como las de La Ilíada. En el Talmud, el número de huesos del esqueleto se calcula, de un modo variable, entre 248 y 252, y de ellos, uno, el hueso luz, que se suponía estar situado de alguna ma- nera entre la base del cráneo y el coxis, era considerado como el núcleo indestructible por el cual el cuerpo sería levantado de entre los muertos el día de la resurrección. Este mito, que las modernas autoridades rabíni- cas suponen haber sido originado del antiguo rito egipcio del «entierro de la columna vertebral de Osiris», ha sido censurado por Vesalio en un no- table capítulo de su Fábrica (i). En el 7 almud se exponen importantes conocimientos del esófago, laringe, tráquea, las membranas del cerebro y los órganos de la generación. El páncreas recibe el nombre de «dedo del hígado», y su estructura, como la del bazo, ríñones y medula espinal, es frecuentemente mencionada, pero no descrita. Se piensa que la sangre es el principio vital, idéntica al alma, y que el corazón es esencial para la vida. La respiración es comparable a la combustión. Se señalan los efectos de la saliva sobre los alimentos y los movimientos agitadores del estóma- go, y el hígado es considerado como elaborador de la sangre. Entre los hebreos, la carne de los animales enfermos o lesionados era considerada siempre como impropia para la alimentación; y las autopsias hechas en
mímales degollados en las carnicerías para determinar si eran kosher
y trrpJid, dieron una luz acerca de las apariencias patológicas, que nunca
llegaron a tener los griegos. Se apreciaron la hiperemia, la degeneración
v los tumores pulmonares, así como también la atrofia y los abs-
>s de los ríñones, y la cirrosis, y la necrosis del hígado. La cirugía del Talmud comprende la usual cirugía de las heridas», con su tratamiento
medio de las suturas y vendajes, aplicaciones de vino y aceite, y la
1 Véase F. H Garrison: The Bone called ■ Luí >, New-York Med. Journ^igii) XCII 1 1 49- 1 5 1 .
MEDICINA SUMERTANA Y ORIENTAL 57
idea del refrescamiento de los bordes de las viejas heridas para asegurar una más perfecta unión de las mismas. La sección de las venas, la sangría y las ventosas eran conocidas, y antes de proceder a la mayor parte de las operaciones se administraba una droga hipnótica (samme de shinta). La operación cesárea, la excisión del bazo, las amputaciones, la trepanación y la operación del ano imperforado en el recién nacido, eran conocidas, así como también el uso de la sonda y del espéculo uterinos. Las disloca- ciones y fracturas eran reducidas y sostenidas; se empleaban miembros artificiales y dientes postizos (i). No está demostrada la existencia de una educación médica especializada entre los hebreos antes del período ale- jandrino, y los médicos hebreos aislados no han llegado a adquirir una particular prominencia hasta la Edad Media, y más especialmente aún hasta el período moderno.
Del mismo modo que los hebreos han alcanzado la más alta elevación entre los pueblos orientales, en lo que hace referencia a higiene, los anti- guos indios han sobrepasado a todas las naciones de su tiempo en cirugía operatoria. En el más antiguo documento sánscrito, el Rig Veda (1500 años antes de J. C), y en el Atharzva Veda, la Medicina es completamente teúrgica, y el tratamiento consiste en los usuales hechizos y encantamien- tos contra los demonios de la enfermedad humana, o contra sus agentes, las brujas y los hechiceros. En el período brahmínico (800 años antes de J. C, IOOO después dej. C), la Medicina estaba por completo en ma- nos de los sacerdotes brahmanes y de sus discípulos, y el centro de la educación médica se encontraba en Benares. En una inscripción en una roca de la India, el rey Asoka (unos 226 años antes de J. C.) recuer- da la erección del hospital en aquel punto, y los registros cingaleses indi- can la existencia de hospitales en Ceylán en los años 437 y 1 37 antes dej. C. Los hospitales indios y ceylaneses existían igualmente hasta 368 años después dej. C. Los tres textos para aprender la medicina brah- mínica son: el Ckaraka Samhita; un compendio hecho por Charaka (en la segunda centuria después de J. C.) de una obra más antigua de Agnivera, basada en las lecturas de su maestro Atreya (sexta centuria antes dej. C.) [2]; el Susruta (quinta centuria después de J. C), y el Vagbhata (séptima centuria después de J. C). De ellos, el más notable es el Susruta, cuya obra, llevando el mismo nombre, es el gran almacén de la cirugía aria. La medicina india era particularmente débil en su anatomía, que
(1) Para más informaciones a propósito de la medicina de la Biblia y del 1 al- mud, véase J. Preuss: Biblisch-Talmudische Medizin, Berlín, 191 1, y el artículo de Ch. D. Spirat en la Jeivish h'ncyclopcdia, New-York, 1904; VIII, páginas 409-414-
(2) El texto de Charaka ha sido completado por Dridhabala. Véase A. F. R. Hcernle: Archiv f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1907-8; I, páginas 29-40.
58 HISTORIA DE LA ME DJ CIÑA
consistía en una enumeración puramente fantástica de partes inimagina- bles del cuerpo, como 360 huesos, 800 ligamentos, 5o0 músculos, 300 venas, y así sucesivamente. La fisiología india suponía que el proceso vital estaba actuando por el aire (por debajo del ombligo), por la bilis (en- tre el ombligo y el corazón) y por la flema (por encima del corazón), de las que se derivan los siete principios próximos: quilo, sangre, carne, gra- sa, huesos, tuétano y semen. La salud consiste en una relación cuantitati- va normal entre estos elementos próximos o constituyentes primitivos; la enfermedad, en el desconcierto entre sus proporciones apropiadas. Las enfermedades estaban, a su vez, minuciosamente subdivididas; el Susruta enumera más de 1. 1 20, que- son clasificadas en dos grandes divisiones: de enfermedades naturales y supernaturales. El diagnóstico era cuidadosa- mente hecho, incluyendo la inspección, palpación, auscultación y el uso de los sentidos especiales. La semiología y el pronóstico combinan la ob- servación aguda con las vulgares observaciones populares. Como ejemplo puede citarse la descripción, muy clara, del Susruta, de la fiebre palúdica, que es atribuida a los mosquitos, o el pasaje del Bhágavata Purana, que aconseja a los habitantes abandonar sus casas «cuando las ratas caen des- de los tejados, se mueven continuamente y mueren», por ser presumible una peste. La diabetes millitus esencial era reconocible como Madhumeha u «orina de miel» (Jolly), y sus síntomas, sed, aliento fétido y languidez, eran anotados (W. Ebstein). En terapéutica, una dieta y un régimen apro- piados eran cuidadosamente detallados, y se empleaban los baños, los enemas, los eméticos, las inhalaciones, los gargarismos, la sangría y las inyecciones vaginales y uretrales. La materia médica de la India era par- ticularmente rica. Susruta menciona "60 plantas medicinales, de las cua- les eran nativas el nardo, la canela, la pimienta, el cardamomo y el azúcar. Se prestaba una atención especial a los afrodisíacos y a los venenos, y particularmente a los antídotos de la mordedura de las serpientes vene- nosas y de otros animales. Jolly menciona unas 1 3 bebidas alcohólicas. Los efectos soporíferos del beleño y del cáñamo indio eran conocidos, y su empleo en cirugía parece ser, de acuerdo con Burton, de una gran an- tigüedad. El Bower M. V., un valioso documento sánscrito en corteza de abedul (quinta centuria antes de J. C.) encontrado en las ruinas de Min- gai (Turkestan), comprado por el lugarteniente Bower en 1890 (editado por rloernle), corresponde en muchos puntos con las drogas populares d<-l Susruta y del Ckaraka. Contiene un notable ditirambo en alaban/a del ajo (Allium sativum) [i]. La parte quirúrgica del tratamiento en la In- dia al< an./.i « omo hemOS dicho, el punto más elevado que ha podido lo-
\ 1 I • •• ,,•//,,, AmM.. 1900; V'. páginas 493-501.
MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 59
grar en la antigüedad. El Susruta describe próximamente 121 instrumen- tos quirúrgicos diferentes, incluso escalpelos, lancetas, sierras, tijeras, agu- jas, ganchos, sondas, catéteres, mandriles, forceps, trocares, jeringas, bu- jías y un espéculo rectal (i). Estaban hábilmente provistos de mango y de articulaciones; los instrumentos quirúrgicos estaban lo bastante afila- dos para cortar ün cabello, y cuidadosamente preservados del polvo por la envoltura de franela y la caja. Los indios parecen conocer las operacio- nes más importantes, excepto el empleo de las ligaduras. Ellos amputaban los miembros, y contenían las hemorragias por la cauterización, el aceite hirviendo o la compresión. Trataban las fracturas y las luxaciones por me- dio de un vendaje especial hecho con mimbres de bambú, que ha sido subsiguientemente adoptado por el ejército inglés como «patentadas ta- blillas de caña de las Indias». Los indios efectuaban la litotomía (sin sonda acanalada), la operación cesárea, la excisión de tumores, y reducían la hernia del omento a través del escroto. Su modo de extraer las cataratas ha sobrevivido hasta los días presentes, y eran especialmente hábiles en Ja práctica de ¡os injertos de la piel y en otras fases de la cirugía plástica. Su método de rinoplastia ha debido ser, probablemente, aprendido de los cirujanos árabes viajeros, y así transmitido por las familias privadas, como los Norsini, de generación en generación hasta el tiempo de Tagliacozzi. Los indios eran especialmente hábiles en su método de enseñar la cirugía. Consideraban la importancia de una incisión rápida y bien hecha en las operaciones sin anestesia, y hacían que el estudiante lo practicase prime- ro en las plantas. Los tallos huecos del lirio acuático o las venas de las anchas hojas eran punteadas y seccionadas, así como también los vasos sanguíneos de los animales muertos. Calabazas, pepinos y otros frutos blandos, o sacos de cuero llenos de agua, eran abiertos o incindidos en lugar del hidrocele y de otras enfermedades de cavidades huecas. Se usa- ban modelos flexibles para ios vendajes, y las amputaciones y otras ope- raciones plásticas eran practicadas en animales muertos. Aprendiendo así, el estudiante adquiría facilidad y seguridad en el operar, en el «paso por medio de los movimientos»; los indios eran maestros de muy recientes secretos en el aspecto didáctico de la cirugía experimental (2).
(1) Véase A. Short: History of Aryan Medical Science, en Sir Bhagvat Sink Jcc, Londres, 1896; páginas 176-186, con grabados délos instrumentos quirúrgicos y de otros aparatos en láminas 1-10.
(2) Los lectores de las novelas del capitán Marriat recordarán cómo el botica- rio Mr. Cophagus enseña la venasección al huérfano Japhet, faciéndole realizar, en primer término, punciones muy científicamente en las largas venas de una hoja cíe berza, hasta que, satisfecho con la delicadeza y la precisión de un marco, llevó adelante sus instrucciones hasta el punto de permitirme abrir una vena en su pro- pio brazo. (Marryat: Japhet. en busca de un padre).
6o HISTORIA DE LA MEDICINA
Aun no está perfectamente dilucidado si los indios influyeron en la medicina de los griegos antes del tiempo de Alejandro el Magno, o si ellos mismos fueron influidos por éstos; pero lo cierto es que en el tiempo de la expedición de Alejandro a la India (327 años antes de J. C), sus médicos y cirujanos gozaban una bien merecida reputación por su supe- rior conocimiento y habilidad. Algunos escritores han defendido que Aristóteles, que vivió hacia esta época, había tomado muchas de sus ideas del Oriente.
Con la conquista por los mahometanos, la medicina india pasó bajo el influjo de la dominación arábiga, y virtualmente cesó de existir. Su única supervivencia en nuestros días consiste, aparentemente, en las prácticas vedánticas en los diferentes swamis y mahatmas, que ocasionalmente vi- sitan estos países, y cuyo extraño culto ha hecho perder el juicio a mu- chos de sus perturbados discípulos de América. Es muy interesante ha- cer notar cómo los tres ingleses que más han procurado colocar el hipno- tismo sobre la base de una terapéutica práctica — Braid, Esdaile y Elliot- son — , indudablemente han traído sus ideas y algunos de sus experimen- tos de su contacto con la India.
La medicina china es, como lo hubiera sido nuestra propia medicina si hubiera seguido hasta nuestros tiempos guiada por las ideas medieva- les, absolutamente estacionada. Su literatura consiste en un gran número de obras, ninguna de las cuales tiene la más ligera importancia científica. Sus características son: la reverencia a las autoridades, el formalismo pe- trificado y un pedantesco exceso de detalles. La anatomía china admite 365 huesos en el cuerpo humano, de los que el cráneo posee, según al- gunos sistemas, uno solo, y según otros, ocho en el sexo masculino y seis en el femenino. La laringe venía a abrirse en el corazón; la médula es- pinal, en los testículos; el pulmón tenía ocho lóbulos; el hígado, siete. El bazo y <-l corazón son los órganos de la razón. Cada órgano está rela- cionado con un color, sabor, estación y momento del día; tiene un padre, y amigos y enemigos. El corazón es el hijo del hígado; el hijo del cora- / "i es el estómago; su amigo, el bazo; su enemigo, el riñon; el rojo es su color; el verano, su estación; recibe al mediodía (Welch). Con un conoci- miento tan imperfecto de la estructura y de la función del cuerpo humano, no podía existir una verdadera cirugía, especialmente tratándose de un pueblo cuyas convicciones religiosas eran contrarias al derramamiento de !<• ya la mutilación del cuerpo. La castración era, en realidad, la ó nica opera» íón que llevaban a cabo, y al paso que ellos usaban las ven- cí masaje, no empleaban, en cambio, la sangría, que reem- plazaban por las moxa8 y la acupuntura. Las moxas, introducidas en la tica europea en el BÍglo xvii, consisten en pequeños conos combusti-
MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 61
bles que se aplican sobre la piel y se encienden. La acupuntura consiste er la introducción en la piel tensa de finas agujas de oro o plata, que se introducen haciéndolas descubrir movimientos giratorios. Ambos proce- dimientos han sido empleados con el propósito de contener la irritación en la gota y en los padecimientos reumáticos. Los chinos eran maravillo- samente hábiles en el masaje, y han sido los primeros en emplear los ciegos como masajistas. Han sido los que más antiguamente han conocido la iden- tificación por medio de las impresiones digitales (dactiloscopia). La patolo- gía china se caracteriza por un excesivo cúmulo de detalles; por ejemplo: diez mil variedades de fiebre o catorce géneros de disentería. En el diag- nóstico concedían una gran importancia al pulso, cuyas variedades son mi- nuciosamente subdivididas e investigadas por el tacto en diferentes puntos de la arteria radial de cada mano, con los dedos colocados como cuando van a tocarse las teclas del piano. De este modo, seis series de datos pul- sátiles eran obtenidas, que venían a ser relacionados con los diferentes ór- ganos y sus enfermedades. Michael Boyrn, un misionero jesuíta en China, que ha sido el primero en escribir una doctrina china del pulso (l66ó), ha dado láminas del modo peculiar de tomar el pulso los chinos. Su obra ha sido resucitada y publicada por el médico-botánico Andreas Cleyer (1686). En su propia compilación (1682), Cleyer da grabados en madera ilustrando la doctrina china del pulso y la semiología de la lengua, y además 30 lámi- nas de la anatomía china y de otras fases de la sinología médica. La ma- teria médica china es de una desusada extensión, y comprende algunas drogas bien conocidas, como el jengibre, el ruibarbo, la raíz del granado, el opio, el acónito, el arsénico, el azufre y el mercurio, (para unciones y fumigaciones en la sífilis), y algunos remedios repugnantes, como partes de las excreciones de los animales. El Hsi Yuan Lu, el libro oficial de texto en China, desde hace centenares de años, para la medicina foren- se, contiene algunas observaciones empíricas de venenos (Wu Lien-Teh). El antiguo conocimiento que poseían los chinos de la inoculación contra la viruela, lo han aprendido, probablemente, de la India. Resúmenes anua- les estadísticos de las enfermedades se encuentran ya establecidos en el Chon Li (1105 años antes de J. C); buenos preceptos higiénicos son ex- puestos en otros libros de 700 años antes de J. C. Él I Chin Ching es un manual bien conocido de cultura física, con láminas. El plan de co- mer sólo alimentos cocinados, los trajes prudentes de algodón y seda, la característica adaptación de su arquitectura al clima; todo ello de- muestra el buen sentido común de los chinos en todas estas materias. Pero las enfermedades infecciosas no son todavía notificadas, de tal modo, que la escarlatina y la viruela hacen millares de víctimas. Durante la epi- demia de peste de la Manchuria (1910-1911), se establecieron centros es-
62 HISTORIA DE LA MEDICINA
tratégicos a lo largo de la principal línea férrea en el Norte de China, y han servido para suprimir la enfermedad en estos últimos cinco años. Ello ha sido también debido al combate sistemático de las ratas caseras en Shanghai (i),
El fundador de las misiones médicas en China ha sido el doctor Peter Parker (1804-1888), un graduado de Yale, qui ha fundado el Hospital Oftálmico de Cantón (1835) y ha formado la única colección de grabados de cirugía china existente hoy en Yale (2). El presidente Charles • W. Filiot, en un viaje a China, ha podido comprobar que la necesidad más urgente de aquellos millones de habitantes es la educación médica. A él se ha de- bido principalmente la fundación de la Harvard Medical School, de China. China tiene ahora una Escuela Médica Militar en Tientsin; el Colegio Mé- dico de Peiyang, establecido en Li Hung Chang; una Escuela de Medicina en Pekín; varias escuelas relacionadas con los establecimientos de los mi- sioneros, y otros mayores adelantos pueden esperarse de la Fundación Rockefeller, que ha enviado ya dos Comisiones en 1914-15.
La primera piedra de la Escuela Médica de Yale, en Chuangsha, ha sido puesta en 19 16. La Asociación Médica Nacional de China ha celebra- do su primera reunión en Shanghai, en febrero 7- 1 2, de 1916.
Los japoneses se han hecho notar por su admirable poder de asimila- ción de la cultura de otras naciones, y antes de que hubiesen llegado a ponerse en contacto con la civilización europea, su medicina era sencilla- mente una extensión de la medicina china. Hasta el año 96 antes de J.C., el arte médico en el Japón se encontraba atravesando las formas míticas (de mitos) comunes a todas las formas de la medicina primitiva (3). Se suponía que las enfermedades estaban producidas por influencias divinas 1 Kamino-no-ke), por demonios y espíritus malignos o por los espíritus de los muertos. Dos deidades, con nombres particularmente largos, presiden la salud, que se ayuda más con la práctica de plegarias y de hechicerías, y en los últimos períodos, con los remedios internos, la sangría y los ba- ños minerales. El período del año 96 antes de J. C. al 709 después de J. C. señala el predominio de la medicina china, que ha llegado por el Camino de Corea. Los médicos prácticos v los profesores eran sacerdotes. discípulos eran enviados a China a expensas del Gobierno, y ya en el
702 después dej. C. existen escuelas médicas nacionales, con cursos de siete años de medicina interna y períodos más cortos para las otras
1 Wu Lien Mr Wat. \íed. journ., China, Shanghai, 19 16; ti, páginas 32-36. ' |. Baríletti fourri. Amen ñíed. Assoc;, Chicago, 1916: LXYII, pági-
; i 1.
La mayor parte de estos detalles están tomados de I. Fujikawa: Geschithti der Medizin in Japan, Tokio, 191 1.
MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 63
ramas de la Medicina. Los estudiantes adquirían el título de ishi o docto- res, después de sufrir el examen final en presencia del ministro, y las mu-' jeres eran algunas veces instruidas para comadronas. Durante los períodos siguientes (710-1333), designados con los nombres de «Nara», «Heian», y así sucesivamente, según los nombres de las diferentes capitales del Japón, continuaba siendo predominante la influencia de los sacerdotes- médicos chinos, con algunos adelantos en el arte quirúrgico, tales como la sutura de las heridas intestinales con fibras de moral o la depresión de la catarata con agujas. En 758, un hospital para los indígenas ha sido creado por la Empresa Komyo. El más antiguo libro médico del Japón, el Jshinho, escrito por Jasuhori Tambu en 982, que describe aquellas no- vedades quirúrgicas, recuerda también la existencia de Hospitales y de casas de insolación para los enfermos de viruela. Durante el período me- dieval, se citan observaciones personales de casos clínicos. Las moxas, la acupuntura y muchos remedios herbáceos o minerales de china, se en- contraban en boga, y el masaje era delegado a Jos ciegos, como una ocu- pación apropiada. Como contribución más brillante de los antiguos japo- neses a la terapéutica debe mencionarse el uso de colgaduras rojas para el tratamiento de la viruela, el remedio empleado después por John of Gaddesden y Finsen. El primer barco portugués tocó en el Japón en 1542, y con la llegada de San Francisco Javier, en I549> comienza la acción de la influencia europea. Los médicos que llegaron con él y con los misione- ros posteriores — existía una iglesia católica en Kyoto en 1568 — trataban los enfermos gratuitamente, hicieron obras quirúrgicas, fundaron hospi- tales y plantaron jardines botánicos. Después de la expulsión de los mi- sioneros, dos o tres discípulos japoneses se establecieron en Sakai y funda- ron una escuela. Los comerciantes holandeses llegaron en 1 597» y sus ci- rujanos navales ejercieron también alguna influencia. Una traducción de las obras de Ambrosio Paré fué hecha en el siglo xvn; pero la importación de obras europeas estuvo prohibida hasta el año 1700, después de cuya época comenzaron a aparecer traducciones de Boerhaave, Van Swieten, Heister y otros escritores. La vacuna ha sido introducida por Mohnike en 1848. La escuela médica fundada por los médicos holandeses en Jeddo, en 1857, pasó a manos del Gobierno en i860, y llegó a ser, en la época moderna, Universidad de Tokio. El período .moderno, o Meiji, de la me- dicina japonesa comienza con el año de la revolución, 1 868, y su rasgo más característico es el gran aumento de la influencia germánica. Las Uni- versidades y las Academias médicas, los exámenes del Estado, las Socie- dades científicas y los periódicos médicos; todo estaba copiado de los mo- delos alemanes; y los notables médicos japoneses de nuestros días — Shiga, Kitasato, Noguchi, Hata — han sido educados y enseñados en Alemania.
64 HISTORIA DE LA MEDICINA
Esta influencia ha continuado hasta la explosión de la guerra pan-europea. Hasta alemán es el lenguaje de la ciencia en el Japón, y han sido también celebradas ceremonias religiosas en el pequeño shinto shrine, dedicado a la memoria de Koch.
Como resumen de toda la medicina oriental, podemos decir que Babi- lonia se ha especializado en el asunto de los honorarios y recompensas médicas; los judíos han sido los fundadores de la jurisprudencia médica primitiva y de la higiene pública, y han establecido el descanso de un día a la semana, y los indios han demostrado que la habilidad en la cirugía operatoria ha sido una posesión permanente, en todos los tiempos, de la raza aria.
MEDICINA GRIEGA
I. — ANTES DE HIPOCRATES
Los griegos eran un Sammelvolk, un compuesto de pueblos, y sus di- versos elementos — jónicos, tesalianos, arcadianos, acayanos, eolianos, dó- ricos, etc. — le dieron la obstinada independencia, la individualidad eterna de una raza montañesa y marítima; rasgos todos que han sido a la vez el secreto de su grandeza y de su decadencia. La geografía física de Grecia peninsular e insular, con las profundas bahías de su costa, y sus valles, de escarpadas montañas, aislando toda la comarca, y sus estados diversos, de tal modo, que daba lugar, de un lado, a un intenso patriotismo local, y proporcionaba, de otro, todas las ventajas de un abundante intercambio marítimo con otras naciones, dando por resultado que semejante grande- za en la naturaleza externa era la más a propósito para inspirar la sublime libertad de la inteligencia y del espíritu. Además, esta amplia libertad del pensamiento impidió, en ultimo término, a Grecia llegar a ser una nación; sus habitantes eran demasiado diferentes desde el punto de vista del ca- rácter racial, produciendo modos demasiado diferentes para que pudieran llegar a una unidad permanente. La historia de Grecia es la historia de di- ferentes estados y de sus ciudades-estados, «que eran demasiado obstina- dos para combinarse» (i).
En el tiempo de Grote, la historia de Grecia comenzaba con la primer olimpíada (776 años antes de J. C.). En la actualidad, los orígenes de la ci- vilización griega retroceden, por lo menos, hasta 34OO años antes de J. C.,y han sido hallados fuera de la Grecia peninsular. Schliemann ha descubier- to la situación de Troya en 1870-73, y ha puesto de manifiesto la civiliza- ción egea de Micenas yTirinto (l6oo-I200 años antes deJ.C.)en 1876-84. La civilización de Minos, en la isla de Creta, que retrocede hasta la época del
(1) Sir T. Clifford Allbutt: Science and Mediaeval Though/, Londres, 1901, pá- gina 21 .
Historia de la Medicina. — Tomo i 5
66 HISTORIA DE LA MEDICINA
hombre neolítico, ha sido revelada por las excavaciones de sir ArthurEvans en 1894- 1908. Sus investigaciones (i) condujeron a la demostración de que Creta, «una especie de estación colocada en medio del camino entre los dos continentes», independientemente de las culturas del Asia primi- tiva (Eurasia) y del Africa primitiva (Euráfrica), ha sido un punto de par- tida de la civilización europea.
La primitiva cultura de Minos (3400-2000 años antes de J. C), contemporánea de las más antiguas dinastías del Egipto, cuyas excavaciones se implantan en es- tratos de la época neolítica, que retroceden hasta 900 años antes de J. C, se carac- teriza por las hachas de piedra pulimentada, cerámica finamente bruñida, figuras femeninas de arcilla con el torso muy exagerado, como el del hombre aurignacia- no, con probables muestras de la religión de la Magna Mater o Gran Madre, o Ma- triarcado, con el marido niño. En el período medio de Minos (2000-1850 años an- tes de J. C), que corresponde a la dozava dinastía egipcia, decoraciones polícro- mas, cerámica fina y vasos muy pintados, algunas muestras de lo cual se han en- contrado por Flinders Petrie, entre los restos de la dozava dinastía, en Kahun, en el Fayum. El último período de Minos (1850-1400 años antes de J. C), correspon- diendo al período de los hykoos y al Nuevo Imperio del Egipto, está, sobre todo, representado por los palacios descubiertos en Knossos y Hagia Triada. El palacio de Knossos (el I aberinto de Creta) es magnífico, de una estruct ra muy compleja y variada, con corredores sinuosos y pasadizos subterráneos, primorosos departa- mentos domésticos con grandes adelantos higiénicos, incluyendo ingeniosos meca- nismos para la ventilación, cañerías para la salida de las aguas, modelados en tu- bería de barro cocido en forma de cañón, y letrinas, que son, por lo que a la cons- trucción hace referencia, superiores a lo que se ha hecho antes del siglo xix (2). Las galerías, los descansos de la escalera y los pórticos aparecen decorados con altos relieves en gesso-duro y animadas pinturas murales representando grupos de señoras en traje de corte, con notables chaquetas, trajes elegantes, con flecos y faldas llegando hasta el suelo. Las naturalistas estatuas en cerámica de la Diosa Madre y de sus femeninas devotas representan su aspecto más antiguo (( hthónico), con serpientes, una estatua de ceñida cintura, con el neolítico traje de falda en for- ma de campana y el cuelio modernamente ratificado.
Gigantescas y adornadas ánforas para el aceite; pinturas al fresco de corridas de toros, con toreros masculinos y femeninos (de donde la leyenda ateniense del minotauro); una mesa de juego de marfil chapado en oro; un relicario con objetos de culto y vasos para el ofertorio; un trono de yeso, de aspecto gótico; demostran- do todo «lio el alto grado que había alcanzado la cultura en Knossos.
En la cu tura eg«;a o miceniana, revelada por Schliemann, hay la misma habili- dad en la cerámica y en la escultura, en la pintura al fresco y en la ornamentación, y la misma maciza arquitectura que en la puerta de los leones de Micenas. Al ani- • ónii o grado de la religión de las columnas y los árboles ha sucedido el culto de la ( irán Madre, con sih serpientes chthónicas o sus palomas uránicas. Las sepulturas ( n hue< o- excavados en las rocas han sido sustituidas por las tumbas en forma de Colmena. La cultura miceniana es probablemente sincrónica con la pelásgica, y la post-miceniana del período homérico demuestra ya la influencia de Minos. En lu- gar del escudo redondo y de la armadura de Los griegos di' Homero, los hombres de Minos y di- Micenas usaban escudos (pie resguardaban todo el cuerpo, y SUS Bdomns eran los de la edad de bronce. Los gríegOS de Homero usaban armas de
huiro y quemaban sus muertos. Los dioses de las olimpíadas n<> se encuentran en
[OS período-, de Minos y Mieenas.
Véase sir A. Evans: Reports of Excavations, 1 900-1908, en Ann, Brit. School,
I 'ioS, passim 1 ambién su Prehistoric I ombs of K/wssos (1906) y ¿cun- ee, New-Yo \i iv. páginas .*<><> v 448.
I II M Clarke: Prehistoric Sanitation in Creta, Brit, Med. Jour., I.on-
I
CQ
< o D u) r- i t> • ■
^ s „ = te1" - - «°
«■iS.8.-
Pa ~ 8* «
ra «? re c
h£_ tí <* O « 5 T«
5 "O M
•^ r» * re *c
¿'A*0 C5
3 S -2 -o «.
•r x> re «J
c " c •- <u >--• o , c c ^ .
C ,£ •- -c O T3 ~ >; _, W ■ .P. « * O _ S
;£*£ ^-2 IS
6
is r-
03 *re O.
o o
" O *" "r- "~ C □
•5 js -c f <* „ .y
' cO-b P e rt o
« -
« £ °
si*-8 ;•■«■"*-
re £ L <u o n > '
"3 r ü *s «
o i>
«2 I
v w p. u «r
~ C re — w ._ q <i, o ^ ,£' ™ u o ,
£ e-S.2"«8£ ¡m* 2 -!2ft32 ^í-i-r
4> O re - fe u. «TT3 "g
«Sicosis
8¿Sfr&sJ*¿g
tsw-fi-gg-Sisl
í^re^__reo^g^rt — re J: X —
^"g« o a^ü-2 § , "5, 5 a- c
OOut;3.-.rt
-T3 K W. 4,
"£ p.,
-Sw2
V > C ?* C = m .0 3
2'2«°3¡s >^S
hog,«'o¿.ol.2's
rJ c « ™ ° whH
•* « .£ - "C c j¿ -c g
a o .i ^5 s* .ü
^U
MEDICINA GRIEGA 69
De los más antiguos actores de la historia de Grecia, los helenos, dice el mismo Tucídides, en el comienzo de su historia, «que ellos no eran grandes seres». Puntualiza que la antigua Hellas no era una población fija, sedentaria, sino que, por el contrario, las guerras y las parcialidades, habían mantenido a sus pueblos en un estado de emigración constante de tal modo, «que los más ricos terrenos eran siempre los más expues- tos al cambio de dueño». En condiciones como éstas se había desarrollado un pueblo inquieto, atlético, belicoso, cuyo principal interés era la vida activa y la influencia ejercida en sus asuntos por los dioses de su religión.
Como Walter Pater ha expuesto, tan agradablemente, en sus estudios acerca de Dionysios y del «Plipólito velado», es un error muy común él de suponer que los antiguos griegos han adorado siempre el mismo pan- teón de dioses. En realidad, en este asunto eran un pueblo dividido los helenos de las montañas, los de las costas, los de los valles, los labrado- res y los costeros, y cada uno había creado una religión especial de su propiedad, cuyo conjunto venía a formar, en realidad, un politeísmo esen- cial, en el que cada pequeña tribu o comunidad popular adoraba su dios especial, y tributaba al propio tiempo una vaga adoración general a los dioses mayores. De este modo, Demeter era la divinidad especial de aquellos que vivían de la agricultura y entre los campos de trigo; Dio- nysios, de los que cultivaban los viñedos; Poseidón, de los que habitaban sobre el mar; Pallas Atenea, de los atenienses; al paso que los dioses me- nores tenían cada uno una particular localidad, en la que su religión era un culto. «Como una red de malla sobre la tierra de la gracios? tradición poética — dice Pater — , las religiones locales no han sido nunca suplantadas completamente por la religión de los grandes templos nacionales» (i). Así, encontramos, en un comienzo, que existían entre los griegos mu- chas divinidades titulares de la Medicina, con funciones envolventes o in- tercambiables en diferentes puntos. Los griegos, como Pater dice, no te- nían religión, sino religiones; «una teología sin autoridad central, no esla- bonada en el tiempo, y expuesta por aquel motivo a una transformación inobservable». Así, Artemisa (Diana), Demeter (Ceres), Hermes (Mercu- rio), Hera (Juno), Poisedón (Neptuno), Dionysios (Baco), eran, todos, a la vez, dioses patronos y diosas del arte médico, y eran capaces, en caso necesario, de producir ellos mismos las enfermedades. En el tratado de Hipócrates, De la enfermedad sagrada, leemos de los epilépticos que:
«Si ellos imitan a una cabra, o rechinan los dientes, o si su lado derecho es convulsionado, esto quiere decir que la madre de los dioses (Cibeles) es la causa. Si su lenguaje tiene un tono más agudo, más penetrante, ellos se parecen en su
(1) Pater: Ilippolytus Veiled, op. cit., pág. 162.
7o HISTORIA DE LA MEDICINA
estado a un caballo, y se dice que Poseidón es su causa... Pero si la espuma es lan- zada de su boca y da golpes con sus pies, Ares (Marte) es el responsable. Pero los terrores que sobrevienen durante la noche, y la fiebre, y el delirio, y los saltos en la cama, v apariciones horrorosas, y el huir de ellas, todo esto se cree sea la obra de Hécate y las invasiones de los héroes, y se usan purificaciones y encantamien- tos, y como me parece a mí, hace la divinidad ser más malvado y más impío.»
Así, como aparece de la alusión suplicante de Hipócrates a Hécate, existía, aparte del culto de los dioses olímpicos, un culto tenebroso, oscuro; a saber: el de la magia médica asociada al ritual propiciatorio de las denominadas deidades chthonianas o infernales de la tierra y del mundo inferior. Esto no era aún creencia general, sino que permanecía confinada en las diferentes localidades, incluyendo vagamente el culto de los dioses celestiales en su antiguo asnecto chthónico o in- fernal, lo-; dioses subterráneos, los héroes deificados, los médicos hechos héroes (Heroi Iatroi) y los perturbados espíritus de los muertos. Los sacrificios rituales son realizados en las horas mágicas antes de amanecer, y las deidades invocadas no eran nunca señaladas directamente por su nombre, sino plejio titulo, con adulado- ras apelaciones. Las referencias a las chtónicas deidades en los autores griegos son, por esta razón, oscuras. En el panteón griego, el gran 76'<vrot se identificaba con los Espíritus del tri?o v del salvaje, de Erazer. Hades (Aidoneus, Plutón\ también deno- minado «Zeus Katachthonius», Demeter chthonia (grano madre) v Persephone (Kore), diosa de la muerte v de la «adormidera del sueño». Hermes Psichopompos, de la vara mágica v las sandalias de oro, el conductor de las almas a Hades (Plutón) [Odisea. XXIV, i]; Cerbero. Hécate, las Erinnyas y todos los otros espíritus ma- lévolos eran asociados con su cu'to, y coodinado con él, el ritual de aplacar o de invocar los errantes espíritus de la muerte (i). Aparte del ritual, puramente reli- gioso, del 70ov:o! v del culto de la muerte, existía una terapéutica ritual esotérica, derivada de la circunstancia de que este poder oscuro puede producir no sólo la prosperidad de la tierra y del hombre, sino infligir o separar la enfermedad, la locura o la muerte. Así, Platón (Phaedrus, 244) habla de enfermedades epidémicas como debidas a la «cólera antigua», oue Rohde interpreta como la furia de las al- mas de los muertos. Los animaos chthónicos, consagrados a estas divinidades y empleados en lugar de los sacrificios humanos para aplacarlas, llegaron a tener, per asociación, una función curativa, ya sea para la purificación de los estigmas de asesinato v de crimen ''catharsis), o en relación con el rito de la comunión, o «comerse el dios», en la forma de partes del animal (2), de bollos para el sacrifi- cio, o de plantas quemadas consagradas a su religión. Las cenizas o los restos del sacrificio fkatharmata^ llegaron a constituir una especie de farmacopea sagrada, algunas veces distribuidos entre los fieles y comidos por ellos, como ocurría entre los ascleoíades. De entre las innumerables medicinas simóles, y entre los reme- dios animales recomendados por Galeno, Dioscórides v Plinio, es indudable que son muv pocos los que tienen algo de farmacología racional en el sentido del la- boratorio. Todo remed'O chthónico se convertía, a causa de sus asociaciones mi- neas, en remedo secreto. Algunos medicamentos simóles han s¡do descritos por Dioscórides v Plinio como «sangre» de diferentes dioses v animales chthonia- nos. Pero, del mismo mo4o qne 'a dro^a /V-p-;.-/-/ «^ estaba consagrada, en un sen- t'do bueno o malo, nor Sil relación con la idea chthomana de expiación o de ca- tharsis, oor medio de un sacrificado testaferro (vQ'ivkos), la terapéutica emoínca llegó a deprenderse d ■• la terapéutica sacerdotal de los temp'os, y sus prácticas - tas fueron consideradas c»mo mágicas. El interesante estudio de Max H">fler demuestra que 'a moderna teoría de los remedios animales no ha comenzado con los griegos, sino q-ie debe su origen en la doctrina de las semejanzas (rtmilia si"i- libtis). De un anát's's y clasificación (]■• 1.2Í4 prescrinciones organoteránicas antl- demuestrá H'ifler que excento en los eas<>s del hígado, riel bazo v del córa- melas las restante^ partes todas indignase del cuerpo del annual no s-* em- pleaban de un modo exclusivo para cu-a'- las bolencias de las partes semejantes del Cuerpo humano, sino del modo más variado y caprichoso, dependiente de los
R<>hd< : Psvrhe, \ \ufl . Tübinga v Leipzig, mor. I. páginas 204-278, passim. ■>v: I In- Homeopathic 1 jksh <//'<•/., Spirits of ///<• < ■>/-// and the
Will, 1912; n p.; - 168.
MEDICINA GRIEGA
7i
dogmas del culto chthoniano (1). La organoterapia griega era, por consiguiente, «magia homeopática» en el sentido popular; pero no significa isoterapia en el sen- tido de «lo semejante cura lo semejante».»
El principal dios de la Medicina en el panteón griego era Apolo, co- múnmente llamado Alexikakos (el que aleja las enfermedades), cuyas fle- chas, lanzadas a lo lejos, llevaban las pestes y las epidemias a la Humani- dad, y que las hacía desaparecer cuando lo juzgaba necesario. Era, por consiguiente, el dios de la pureza y del bienestar en la juventud, y, como refiere Homero, el médico de todos los dio- ses del Oümpo, cuyas enfermedades y heri- das curaba por medio de la raíz de Peonía. De aquí su nombre de «Paean» y el epíteto de «hijos de Paean» aplicado a los médicos. La leyenda refiere que el conocimiento de la Medicina había sido referido por Apolo y su hermana Artemisa al centauro Chirón, el hijo de Saturno. Como muy hábil en música y en cirugía, y especialmente versado en las le- yendas antiguas, Chirón fué encargado de la instrucción y educación de ¡os héroes Jasón, Hércules, Aquiles, y muy especialmente de Esculapio, el hijo de Apolo y de la ninfa Co- ronis. Como canta Píndaro en su cuarta oda isthmiana, Esculapio llegó a ser tan hábil en el arte de curar, que, acusado por Plutón de disminuir considerablemente el número de almas que bajaban a los infiernos, fué muerto por los rayos de Zeus. Desde el momento de su muerte fué objeto de la adoración, y los
templos de su cuito eran los famosos ascíepieia, de los que los más renom- brados fueron los de Cos, Epidauro, Cnido y Pérgamo. Estos templos, de ordinario situados en colinas con bosques, o en la falda de una montaña, cerca de fuentes minerales, llegaron a ser sanatorios populares, dirigidos por expertos sacerdotes, y, en realidad, no muy diferentes de los recur- sos terapéuticos de los tiempos modernos. Los enfermos eran recibidos por el sacerdote-médico, quien excitaba la imaginación de aquéllos con el relato de los hechos de Esculapio, el éxito de la terapéutica apropiada y los remedios empleados. Después de apropiadas plegarias y sacrificios, el
Busto colosal de Esculapio en el Museo Británico.
(1) M. Hüfler: Die volksmedizinische Organotherapie und thr Verkditniss mm
Kultopfer, Stuttgart, 1908.
:: HISTORIA DE LA MEDICINA
enfermo era además purificado con un baño de la fuente mineral, con masa- jes, unturas y otros métodos, y después de ofrecer un gallo o carnero ante la imagen del dios, era llevado al rito especial de la «incubación» o del sueño en el templo. Esto consistía en quedarse a dormir en el santuario, y du- rante la noche, el sacerdote, con el aspecto del dios, se presentaba ante el enfermo para darle los consejos médicos cuando se despertaba. Si seguía durmiendo, como solía ocurrir, las advertencias aparecían en forma de sueño, que era interpretado después por el sacerdote, quien prescribía catárticos, eméticos, sangrías y otros análogos remedios apropiados. Si el tratamiento era coronado por el éxito y él enfermo curaba, éste hacía una oferta al dios, consistente, por lo general, en una reproducción de la parte enferma en cera, plata u oro, a la vez que una tabla votiva, exponiendo la historia del caso y el tratamiento empleado, era colgada en el templo. El rito completo de la incubación ha sido chistosamente referido en el Plutus, de Aristófanes, y en un estilo más elevado y más digno en el tercer capí- tulo de la novela de la antigüedad romana de Walter Pater, Mario el epi- cúreo. Las tablas votivas de los asclepeias de Cos y de Cnido se convir- tieron en las historias clínicas permanentes de las escuelas médicas de Cos y de Cnido, de la primera de las cuales fué discípulo el mismo Hipó- crates. El viajero griego Pausanias ha dado noticias de seis de estas tablas votivas, que él había visto en el templo de Epidauro, próximamente en el año 150 después de J. C, y dos de ellas han sido descubiertas en los tiem- pos modernos en Cawadias. Grabados en estas últimas hay unos treinta casos clínicos, dando los nombres de los enfermos, exponiendo su dolen- cia corporal y diciendo qué se les había dado para combatirla. Son muy escasos los detalles de los síntomas y del tratamiento. En muchos casos bastaba con que el dios diese una untura al enfermo durante su sueño, o con que algunos de los perros o serpientes sagradas le hubieran lamido la parte enferma. Un enfermo llegó con cuatro dedos de su mano paraliza-
Otro era tuerto, otro había tenido una punta de lanza en su mandíbu- la por espacio de seis años, otro tenía una úlcera del estómago, otro un empiema, otro estaba infestado de gusanos. Todos se refieren como cura-
1 Estas fragmentarias historias clínicas, ninguna de las cuales con- tiene una información médica de positivo valor, han sido supuestas por algunos como siendo el punto de partida de las descripciones que ha dado II- le las enfermedades.
ten muchas piezas, en mármol o en barro cocido, representando diferentes partes del cuerpo. Estos objetos son ex votos destinados a ser
1 Para más detalles véase: E I Withington: Medical Historyj Londres, [.894; I 1, página
MEDICINA GRIEGA
73
colgados en los templos, o también simples figuras plásticas de anatomía normal. Las que representan asas intestinales (en la colección de Schlie- mann, de Atenas, o del Museo dei Termi, en Roma), el tórax con costillas (Vaticano), o el situs viscerum (Vaticano) son suficientemente exactas para poder constituir ejemplos de ilustraciones anatómicas, con o sin in- tención didáctica (i).
Entre los hijos legendarios de Esculapio y de su viuda Epione figuran sus hijas Hygieia y Panacea, que asistían a los ritos del templo y alimen- taban a las serpientes sagradas. Entre los antiguos griegos, como entre los egipcios, los cretenses y los indios, la serpiente era venerada como compañera de muchos dioses, o como la forma favorita que aquéllos so- lían adoptar, como en los casos de la diosa serpiente de Minos [Magna mater) y Zeus Meilichios. En su uránico aspecto, Esculapio es, común- mente, representado como una figura hermosa, parecida a la de Jove, cons- tantemente acompañada de la serpiente sagrada arrollada alrededor de una vara, una miniatura de Omphalos, como la del templo de Apolo en Delphos — una expresión plástica de su iatromántico veneno — , y una figu- ra grotesca infantil (como un fraile pequeño encapuchado, o Münchener Kindl), llamado Telesphorus, el dios de la convalecencia (2). De los hijos de Esculapio, dos, Machaón y Podaliro, son mencionados por Homero en el catálogo de los capitanes de barco, comandando treinta navios y «bue- nos médicos ambos». La Ilíada hace también referencia al propio Escu- lapio, como un jefe real de Tesalia, que aprendió la medicina del centau- ro Chirón, enseñándola después él a su vez. Aquiles era capaz de comu- nicar sus conocimientos del arte de curar a su amigo Patroclo. Machaón y Podaliro son frecuentemente mencionados en las narraciones de Home- ro como hombres hábiles en la extracción de las armas, vendar las heri- das y aplicar medicinas calmantes. En la cuarta ilíada, Machaón es llama- do para quitar una flecha que había herido a Menelao, rey de Esparta, a través del cinturón. El llega y encuentra un círculo, de guerreros, congre- gados alrededor del héroe, e «instantáneamente extrae la flecha a, través del bien ajustado cinturón. Pero en tanto que iba siendo extraída, se rom- pen las agudas puntas de la flecha. Entonces él desata el pintarrajeado cinturón, y el ceñidor de debajo y el plateado cinturón con trabajos de latón han sido separados. Pero cuando él percibe la herida donde el cruel
(1) Véase E. Hollander: Plastik und Medizin, Stuttgart, 1912.
(2) Telesphorus aparece en las estatuas de Esculapio de la villa Borghese y del palacio Massimo (Roma), en la placa de marfil del Museo de Liverpool y en las monedas de Apamea y de Nicaea. En algunas monedas de Oriente se ha trans- formado en una ventosa de forma de seta. Véase L. Schenk: De Telesphoro dea (Got- tingen dissertation, 1883) y E. Hollander: Plastik und Medizin, Stuttgart, [912; pá- ginas 125-140.
74 HISTORIA DE LA MEDICINA
hierro de la flecha ha caído, habiendo sorbido la sangre, derramó hábil- mente remedios calmantes, que el benévolo Chirón le había anteriormente recomendado para su padre». En la onzava ilíada, Idomeneo se refiere a Machaón del modo siguiente: «¡Oh neleiano Néstor, gloria de los griegos, ven, sube a tu carro, y que Machaón suba contigo, y dirige los caballos de sólidos cascos con toda rapidez hacia los barcos, porque un hombre médico es equivalente a muchos hombres más, porque él te quita las fle- chas y te aplica los remedios calmantes!» Al fin del mismo libro, Eurypy- lus, herido de una flecha en el muslo, llama a Patroclo para que se la quite. Llega a la tienda, y allí Patroclo le echa a lo largo, extrae con un cuchillo fuera del muslo la amarga y afilada punta de flecha y limpia la sangre negra de la herida con agua caliente. Después aplica una amarga raíz, calmante del dolor; le amasa entre las dos manos, con lo que hace desaparecer todos los dolores; la herida quedó verdaderamente enjugada, y la hemorragia cesó. En la treceava ilíada, Helenus, hijo de Príamo, es herido en la mano por la lanza de bronce de Menelao, y nosotros tene- mos una breve noticia del alma grande de Agenor «extrayendo la lanza y vendando la mano herida, a modo de una onda de bien arrollado vellón de cordero, que le había sido llevado por su servidor, el pastor del pue- blo». Escenas homéricas de este género son pintadas con frecuencia en vasos antiguos (Daremberg), particularmente en la «copa de Sosias» (500 años antes de J. C), un modelo de la cerámica griega que se encuen- tra en el Antiquarium del Museo de Berlín y «¡ue tiene la representación de Aquilea vendando el brazo herido de Patroclo. En la octava ilíada (lí- neas 81-86) hay una exacta descripción del movimiento rotatorio efectuado por un caballo cuando ha sido herido en el cerebro por una flecha. En la décima ilíada (líneas 25-31) se contiene, en opinión de Cardamaüs, una re- ferencia de la fiebre palúdica otoñal (la epiala deTeognis), que atribuye a los estancados pantanos y a la destrucción de los bosques en la edad de bronce (l). El que las mujeres prestaban algunas veces auxilios médicos, lo vmos citado tanto en L 1 Ilíaia com > en Li Odisea; así, por ejemplo, en aquélla: «Agamedes, la del cabello amarillento, que entendía bien de muchas drogas que la inmensa tierra produce», o en ésta, a propósito del narcótico que II ¡lena vierte en el vino, una droga «que a Polydammn, la viuda de Thor, le había proporcionado una mujer del Egipto». En La 0 iiseay uno que cura enferme ludes se dice que es tan bien recibido en Una fi :8ta como un profeta, como un constructor de hircos y hasta como
un divino trovador. De estos ejemplos de cirugía militar de La Ilíada po-
I P ( !ardaraatis: Arch. /. Schiffs-und Tropen-Hig.¡ Leipzig, 1915; XIX, pági-
MEDICINA GRIEGA 75
demos deducir que el arte quirúrgico era tenido en la más alta estimación por los antiguos griegos, hasta el punto de que los jefes de la mayor ca- tegoría no tenían a menos el ejercerlo. Se dice que más de 40 heridas di- ferentes han sido descritas por Homero (250 casos en conjunto); pero no se dan detalles respecto de los síntomas febriles o de otro género. Se tra- taba de heridas de lanza o de flecha, propias del hombre primitivo, o de fracturas de los miembros, y también de heridas por aplastamiento; la mortalidad era de 75 por 100 (i). Los términos anatómicos están, según Malgaigne y Daremberg, más o menos conformes con los empleados por Hipócrates. La disposición científica de la cremación de los cadáveres era una práctica usual y corriente en la Grecia de Homero (2).
No hay mención de los asclepieia en los poemas homéricos, cuya an- tigüedad es, por lo menos, de IOOO años antes dej. C; pero nosotros de- bemos suponer que, aun entonces, los médicos y cirujanos laicos consti- tuían una clase diferente de los sacerdotes, aunque tal vez asociados con estos últimos en época de paz. Además de estos «sacerdotes» y de los médicos, propiamente dichos, el arte médico era estudiado por los filóso- fos y practicado con algunos detalles por los «gimnastas», que daban ba- ños, fricciones y curaban las heridas y los traumatismos, y hasta algunas enfermedades internas. La medicina griega, como ha dicho Osler, «tiene una triple relación con la ciencia, con la gimnasia y con la teología», y hasta los tiempos de Hipócrates era considerada simplemente como una rama de la filosofía.
La filosofía griega, antes del tiempo de Pericles, era de origen jónico, y procedía del Egipto y del Oriente. Huxley consideraba el progreso de la filosofía jónica en los siglos octavo y sexto antes de J. C. como «una de las varias indicaciones esporádicas de algún poderoso fermento mental sobre toda el área comprendida entre el Egeo y el Norte del Indostán». Este fermento, según la opinión de Zelia Nuttal y de Elliot Smith (3), era Ja extensión de la cultura eurasiática y eurafricana por medio de los nave- gantes fenicios. El fundador de la escuela jónica fué Thales de Mile- to (639-544 años antes dej. C), que había estudiado con los sacerdotes egigcios y que sostenía que el agua era el elemento primitivo, del cual se derivaban todos los restantes. Era compañero de Anaximandro de Mileto (6 1 1), quien fué el primero en trazar el mapa del cielo, y que efectuó con éxito la predicción de un eclipse; de Anaximenes de Mileto (57°-5°° años
(1) Hollander: B^rl. klin. Wochenschrift, 1916; Lili. pág. 355.
(2) H. Frühlich: Janus, Amst. 1897-98: II, páginas 248-251.
(3) Nuttal!: Archaeol. and Ethnol. Papers, I eabody Mus. Harvard Cniv., Cam- bridge. 1901; II, pág. 526.— Elliot Smith: Bull. John Rylands Library, Manches- ter, 1 9 1 6; III, pág. 61.
76 HISTORIA DE LA MEDICINA
antes de J. C.j y de Heráclito de Efeso (hacia 556-460 años antes de J. C), que sostuvieron sucesivamente que la materia indivisible (¿tierra?), aire o fuego, respectivamente, eran los elementos primordiales. Estos cuatro ele- mentos, tierra, aire, fuego y agua, eran supuestos por Anaxágoras de Cla- zomena (500-428 años antes de J. C.) como estando compuestos de mu- chas partes o « granos >, que eran variedades de la materia sensible o per- ceptible. Estos órdenes de ideas están puestos con notable relieve en la doctrina de Empedocles de Agrigento, en Sicilia (504-443), el héroe pin- toresco deL poema de Matthew Arnold, que era filósofo, médico, poeta, viajero por las ciudades de Grecia, envuelto en un traje de púrpura con cinturón de oro, coronado de laurel, con el pelo largo, de severo aspecto, lo que, unido a su habilidad en el arte médico, hacía que fuese considera- do por las gentes como dotado de un poder sobrenatural. Uno de sus poéticos fragmentos demuestra la reverencia no común en que era tenido el médico griego por sus contemporáneos:
Vosotros, amigos, que en la poderosa ciudad habitáis, A lo largo del amarillo Acragas endurece, La acrópolis; vosotros, administradores délas buenas obras, El refugio venerable y amable del extranjero, Saludo a todos, oh amigos míos. Pero entre vosotros yo paso Como un dios inmortal ahora, no ya como un hombre, En todo sitio conveniente y perfectamente honrado, Coronado tanto con cintas como con ramos floridos, Cuando yo llego, acompañado de un gentío de hombres y mujeres, A la floreciente ciudad, yo soy buscado con súplicas, Y miles de acompañantes me interrogan
Sobre el camino del bienestar y del provecho, solicitando algunos Para oráculos, detenido por otros que desean oir
La merced de una frase de curación para muchas malas enfermedades, Que demasiado tiempo les viene aguijoneando con crueles dolores (1).
Empedocles ha introducido en la filosofía la doctrina de los elemen- tas, tierra, aire, fuego, agua, como «las cuatro imbricadas raíces de todas las cosas . Se supone que el cuerpo humano está compuesto de estas cua- tro substancias, resultando la salud de su equilibrio, y la enfermedad, dé BU desequilibrio. El sostiene que nada puede ser creado ni destruido, y que hay sólo transformación; lo que equivale a la moderna teoría de la transformación de la energía. Todo os producido por la atracción de los cuatro elementos y destruido por su repulsión, y <:l aplica la misma idea, bajo la forma de amor y de odio, al mundo moral. El desarrollo os debido a la unión de los elementos disimilares; la decadencia, a la vuelta de lo se- mejante con lo semejante, el aire con d aire, el fuego con el fuego, la tie-
éase la interesante traducción de les poéticos fragmentos de Empedo- i 1 Leoi .ml in the Mottist, ( hi< ago, 1907; XVII, pág. 468.
MEDICINA GRIEGA 77
rra con la tierra. Se dice que Empedocles había despertado a Panteia de una catalepsia, que ha combatido una epidemia de fiebre palúdica por el drenaje de unos terrenos pantanosos, y de haber mejorado las condicio- nes climatológicas de su ciudad nativa bloqueando una hendedura de la falda de una montaña. La leyenda dice que puso fin a su vida echándose en el cráter del monte Etna. De su discípulo Pausanias dice Plutarco que había usado el fuego para combatir una epidemia.
La escuela italiana de filosofía ha sido fundada por Pitágoras de Sa- inos (580-489 años antes de J. C.) en Crotona. Pitágoras era un buen geó- metra y el descubridor del pons asinorum (Euclides, I, 47). Había estu- diado en Egipto, donde es probable que adquiriera su doctrina del mís- tico poder de los números. Sostiene que la unidad es la perfección y re- presenta a Dios; el número doce representa toda la materia universal, cu- yos factores, el tres y el cuatro, representan los mundos, las esferas y los elementos primordiales. Como la monada (i) denota el principio activo o vital en la Naturaleza, del mismo modo la diada (2) representa el prin- cipio pasivo de la materia; la triada (3), el mundo, formado por la unión de los dos anteriores, y la tetrada (4), la perfección de la Naturaleza eter- namente floreciente. El cielo está hecho de las diez esferas celestiales (nueve de las cuales son visibles), las estrellas fijas, los siete planetas y la Tierra. Las distancias de las esferas celestiales a la Tierra corresponden a la proporción de los sonidos en la escala musical. Pitágoras ha sido el primero que ha investigado la física matemática del sonido, y esto del modo siguiente: Pasando un día por delante de la tienda de un herrero notó que, cuando el martillo de aquél golpeaba en rápida sucesión sobre el yunque, los sonidos acordes (la octava, la tercia y la quinta) eran todos armoniosos; la cuarta no lo era. Entrando en la tienda, notó que esto era debido no a la forma de los martillos ni de la fuerza con que fueran gol- peados, sino a las diferencias en el peso de cada uno. Impresionado por esta idea, volvió a su casa y extendió cuatro cuerdas de la misma mate- ria, longitud y grosor; suspendió pesos en el extremo inferior de cada una, e igualó a éstos el peso de cada respectivo martillo. Después de ex- tender estas cuerdas, dio los sonidos que había oído en la herrería, y, subdividiendo las cuerdas con otros pesos, llegó a poder construir la es- cala musical. Es éste el experimento de física más antiguo que se conoce, y la escala fué, después de la muerte de Pitágoras, grabada en bronce y depositada en el templo de Juno, en Samos. Pitágoras pensaba que las esferas celestiales podían producir sonidos al golpear sobre el éter cir- cundante; y estos sonidos serían diferentes, según la velocidad de los contactos y la distancia relativa. Las distancias de las esferas a la tierra corresponden, como hemos visto, con la proporción de los sonidos en la
78 HISTORIAD E LA MEDICINA
escala; y como quiera que los cuerpos celestes se mueven conforme a le- yes fijas, los sonidos producidos en aquéllos deben ser armónicos. Esta es la doctrina de la «armonía de las esferas». Se piensa que la «doctrina de los números», de Pitágoras, ha ejercido una profunda influencia sobre la doctrina hipocrática de las crisis y de los días críticos, que asignaba períodos fijos para la resolución de las diferentes enfermedades. Más que a nada de esto, los físicos griegos aspiraban al poder científico de la pre- dicción. En patología, la significación plástica del número cuatro estaba combinada, según la doctrina de Platón y de Aristóteles, con la doctrina de los cuatro elementos, del modo siguiente: Correspondiendo con los elementos de tierra, aire, fuego y agua, estaban las cualidades de seco, frío, caliente y húmedo, con arreglo al esquema siguiente:
Caliente -+- seco = fuego. Frío -f seco = tierra.
Caliente 4- húmedo = aire. Frío -j- húmedo = agua.
Invirtiendo esta ecuación (los cuatro elementos, fuego, aire, tierra y agua, que corresponden a nuestro hidrógeno, oxígeno, carbono y nitró- geno) [i], puede ser resuelta en sus componentes cualitativos. Mucho tiempo antes de Aristóteles, probablemente también antes de Hipócrates, se sostenía que, correspondiendo a estos cuatro elementos, fuego, aire, agua y tierra, y a las cuatro calidades de caliente, frío, húmedo y seco, había cuatro humores en el cuerpo, a saber: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Estas tres clases de elementos, cualidades y humores pue- den llegar, por permutación y combinación, a un sistema complejo de colocación, basado en el esquema siguiente:
Calor -}- húmedo = sangre. Frío -f- húmedo = flema.
Caliente + seco =. bilis amarilla. Frío -f- seco = bilis negra.
Las diferentes combinaciones daba lugar a los aspectos cualitativos de la enfermedad, y, del mismo modo, a la acción fisiológica de las drogas. Indo este conjunto originó la «patología humoral», que considera la sa- lud y la enfermedad como el equilibrio apropiado o el desequilibrio, res- pectivamente, de los diferentes componentes mencionados, y el esquema fué posteriormente modificado por Galeno y por los médicos árabes, de tal modo, que los remedios y sus componentes se clasificaban en escalas numéricas, de acuerdo con los «grados» o proporciones relativas de sus diferentes cualidades. Así, la farmacopea arábiga sostiene que el azúcar es fría en el primer grado, caliente en el segundo grado, seca en el se- gundo grado y húmeda en el primer grado: el cardamono era caliente en
1 Pagel-Sudkoff, pág. 64.
MEDICINA GRIEGA 79
el primer grado, frío en una mitad de grado, seco en el primer grado, y así sucesivamente. En el sistema de Galeno la doctrina pitagórica de los números era aplicada a todos los aspectos de la Medicina. Existían, por ejemplo, tres facultades: natural, espiritual y animal. Había tres espíri- tus: el natural, producido en el hígado; el vital, del corazón, y el animal, del cerebro; los tres eran distribuidos y difundidos por todo el cuerpo por las venas, las arterias y los nervios. Hay cuatro edades del hombre: adolescencia (caliente y húmedo), madurez (caliente y seco), edad avan- zada (frío y seco) y vejez (frío y húmedo). Los ojos tienen siete cubiertas y tres humores. Hay tres clases de bebidas: puras, como el agua; conte- niendo alimento, como el vino, y mixturas de ambas, como los jarabes y las drogas medicinales. Hay tres clases de fiebres: la efímera, en el espí- ritu; la ética (¿héctica?), en los sólidos, y la pútrida, en los humores; y, a su vez, la pútrida tenía cuatro variedades: la continua (sinocal), en la san- gre; la cotidiana, en la flema; la terciana, en la bilis amarilla, y la cuarta- na, en la bilis negra (i). En resumen: todo, en la medicina de Galeno y en la de los árabes, estaba matemáticamente subdividido, y, de ordinario, según los números sagrados de Pitágoras.
En Egipto, Pitágoras había aprendido la doctrina de la transmi- gración de las almas, o metempsicosis, y él está reputado como el pri- mero que ha establecido el hecho de ser el cerebro el órgano central de las más elevadas actividades; una proposición que ha sido, mucho tiempo después, demostrada de un modo experimental por Flourens y Goltz.
Después de Pitágoras, el más importante de los filósofos griegos, ex- ceptuando a Platón y Aristóteles, ha sido Demócrito de Abdera (460-360 años antes de J. C), que ha sido el que primeramente ha defendido la doctrina de que todo en la Naturaleza, incluso el cuerpo y el alma, está constituido por átomos de diferentes formas y proporciones, y que los movimientos de estos átomos son la causa de la vida y de la actividad mental.
Durante la edad heroica, y en el tiempo de la guerra troyana, el pue- blo dominante en el Peloponeso eran los atléticos aqueos, de inclinacio- nes y gustos sencillos, cuya gran consideración y respeto hacia la cirugía y los cirujanos forma un notable contraste con la actitud de los antiguos romanos. En tiempos posteriores, la civilización griega ha sido realizada por dos importantes elementos: los jónicos, o áticos, y los dóricos, o es-
(1) Para más detalles, véase el muy acabado estudio del sistema de Galeno en Johannitius, en el Medical History, de E. T. Winthington, Londres, 1894; pági- nas 386-396.
8o HISTORIA DE LA MEDICINA
pártanos. El pueblo compositor, imaginativo y artístico de Jonia y de las islas estaba interesado en todo, y unas veces bravo y guerrero, agudo y penetrante en los negocios, serio y de pensamientos elevados, y otras vo- luble e irónico. Como nosotros vemos en las comedias de Aristófanes, en los diálogos de Luciano y en los idilios de Teócrito, los nacidos en las ciudades griegas eran alegres, de inteligencia viva y notablemente locua- ces, adorando la inteligencia por sí misma, fundadores de la especulación desde los hechos materiales, penetrantes y atractivos en alto grado y ale- gremente complacientes con la moral de sus vecinos. Además, eran los mismos que escuchaban con atención reverente las tragedias de Esquilo y Sófocles. Contrastaban intensamente con ellos los dorios, o espartanos, que eran esencialmente robustos, guerreros no imaginativos, severos en su moral, y, como los griegos de Homero y los antiguos romanos, más cultivadores de la tierra que de la inteligencia, considerando la agricultura como una parte esencial de su plan de gobierno militar. Bajo las rígidas leyes de Licurgo, la procreación eugénica era forzosamente comprobada. Los niños inválidos o deformes eran abandonados o tirados al Eurotas. Como todos los otros pueblos militares, los espartanos eran estrechamen- te envidiosos, desconfiados, despreciativos de la grandeza o prosperidad de las otras naciones. Unos y otros, los jónicos y los dóricos, eran extraor- dinariamente deseosos de conocer el porvenir, y, como todos los pueblos de las civilizaciones primitivas, concedían una extraordinaria importancia a los oráculos, presagios y augurios, de tal modo, que el arte de pronos- ticar constituye el principal rasgo característico de la medicina griega antes de Hipócrates. Entre los espartanos, los cirujanos disfrutaban de la misma alta consideración que entre los héroes homéricos, y Licurgo los clasificaba entre los oficiales no combatientes. Entre los áticos, o griegos jónicos, la profesión médica, al irnos aproximando al siglo de Pericles, ha llegado a ser altamente especializada. En primer término encontramos los prácticos generales, que en los últimos períodos reciben los honorarios estipulados por sus servicios, en lugar de los usuales dones a los templos en señal de gracias; después, los médicos de ciudad o de distrito o públi- llegan a percibir un salario anual que, con el tiempo, llega a ser bas- tante elevado: en el caso de Democedes de Atenas (unos 525 años antes
de }. (' 1, unos 2.000 dólares. Su existencia después del tiempo de Ho-
ni'i'o es mencionada por Herodoto y Diodoro, y eran bien conocidos Atenas desde la edad de Pericles hasta la primera centuria después «I»- J. ( '., como se demuestra en las obras de Aristófanes y en muchas ins- Crip< iones griegas. Después de este tiempo eran conocidos como otpXtaTpoi. I ><• la institución griega del médico público los romanos derivaron su ar- <líi<itct\ d<- donde el alemán //./. En Tesalia, la tierra de los caballos, ha-
MEDICINA GRIEGA Si
bía un veterinario público (i). Había también cirujanos militares y nava- les, tanto entre los atenienses como entre los espartanos. Xenofonte re- cuerda que había ocho cirujanos militares en la expedición de los diez mil, al fin de la quinta centuria, y menciona la ceguera por la nieve, y la gangrena por el frío. Había, además, comadronas, litotomizadores profe- sionales, drogueros y veterinarios, y, por último, una clase especial, los rhizotomi, o los que escogían raíces, que, viajando por los campos y los bosques, iban recogiendo diversos ejemplares vegetales. La oficina del médico se designaba con el nombre de Iatreion, y esta palabra se aplica- ba indiferentemente al dispensario, a la sala de consulta y al teatro ope- ratorio. En las grandes ciudades había Iatreia públicos, sostenidos por un mpuesto especial.
La instrucción médica no estaba organizada; era, efectivamente, priva- da, y se recibía de algún médico célebre o de los adheridos a alguna escue- la. Al terminar su curso, el graduado hacía sencillamente el juramento de los médicos, del grupo médico particular o de la secta a que pertenecía.
La anatomía humana que los médicos y cirujanos griegos enseñaban era idéntica con el conocimiento que los escultores tenían de esta mate- ria, y que los últimos adquirían por estar familiarizados constantemente con el cuerpo desnudo en acción; otros, durante los concursos atléticos celebrados en elPíndaro o en la palestra. «Había — diceWaldstein — millares de jóvenes desnudos, no sólo combatientes, saltadores y corredores, sino también esforzándose en la práctica sistemática de remediar todo defecto o anomalía en cualquiera de los miembros u órganos, de tal modo, que el artista, día por día, estudiaba la anatomía de la forma humana sin necesi- dad de entrar en la sala de disección» (2). Como dice Pater, «la edad de los atletas premiados » ha sido también la gran edad de la escultura grie- ga, y el característico poder de la inteligencia griega no tiene ninguna de- mostración más hermosa y más noble que las obras maestras de los gran- des artistas de este período. En relación con la notable capacidad que po- seían para la observación, hace notar Waldstein «que el músculo pectí- neo, escondido por la base del triángulo de Scarpa, pero poderosamente desarrollado en la musculatura de los atletas griegos, aparece en algunas de las estatuas de éstos, a pesar de que ha escapado a la atención de los modernos artistas anatómicos» (3).
(1) R. Pohl: De Graecorum mediéis publicis, Janus. Amst, 1905; X, pági- nas 491-494.
(2) Véase Charles Waldstein: The Argive Heraeum, Boston, 1902; pági- nas 400-401.
(3) Waldstein: Op. cit, 186; páginas XXX y XXXIV.— También: Editorial del Jour. Amer. Med. Assoc, Chicago, 15 julio 191 1; pág. 222.
Historia di la Medicina. - Tomo I 6
82 HISTORIA DE LA MEDICINA
Respecto de la educación y de la higiene personal, los griegos defen- dían el ideal de un desarrollo armónico de todas las facultades individua- les, que ha sido abandonado o desechado durante la Edad Media, pero que, en cambio, ha ido siendo cada vez más aceptado en estos últimos tiempos. Con esta educación, no debe extrañarnos que los helenos de la quima centuria hayan alcanzado un grado de civilización y una suprema- cía en filosofía, poesía lírica y dramática, escultura y arquitectura que no ha podido ser igualado por ninguno de los pueblos que han aparecido después de ellos. Y este período de supremacía es asimismo la edad de Hipócrates.
II.— EL PERÍODO CLÁSICO (460-146 años antes de J. C.)
La medicina europea comienza verdaderamente en la edad de Pericles, y sus adelantos científicos vienen a concentrarse en la figura de Hipócra- tes (460-370 años antes de J. C), que supo dar a la medicina griega su espíritu científico y su ético ideal. Contemporáneo de Sófocles y Eurípi- des, de Aristófanes y Píndaro, de Sócrates y Platón, de Herodoto y de Tucídides, de Fidias y Polignoto, ha vivido en el momento en que la de- mocracia ateniense había alcanzado el más alto grado de su desenvolvi- miento. Nunca, ni antes ni después, han aparecido tantos hombres de ge- nio en un espacio tan limitado ni en un tiempo tan breve. Hipócrates ha- bía nacido, según Sorano, en la isla de Cos. de una familia de Asclepía- des, y durante la octava olimpíada. Recibió su primera instrucción médi- ca de su padre; estudió en Atenas, y alcanzó una vasta experiencia viajan- do y practicando a través de las ciudades de Tracia, Tesalia y Macedonia. La fecha de su muerte nos es desconocida; su edad oscila, según los auto- res, entre los ochenta y cinco y los ciento nueve años. El mérito de Hipó- crates es triple: ha emancipado la Medicina de la Teurgia y de la Filoso- fía; ha cristalizado los conocimientos dispersos de las escuelas de Cos y de ("nido en una ciencia sistematizada, y ha dado a los médicos la inspiración moral más elevada que pudieran tener (i).
Los hechos que en lo futuro puedan deducirse del profundo estudio de la medicina cuneiforme y de los papiros médicos, no podrán de ningún modo disminuir en nada el mérito de los grandes adelantos que él ha he- cho experimentar a la ciencia sintética. Antes de la edad de Pericles, el mé ¡ 1 era mis que un asociado del sacerdote, en tiempo de
1 P fuidem ex omnibus memoria dignust ab studio sapientiae disciplinam
is: Ue re midicax proemio.)
MEDICINA GRIEGA 83
paz, y un cirujano, en tiempo de guerra. Como la inteligencia de los grie- gos era esencialmente plástica, así en anatomía su conocimiento era prin- cipalmente el conocimiento del escultor de las partes visibles y palpables, y por la misma razón su conocimiento clínico de las enfermedades inter- nas quedaba confinado a los signos externos. Así como
Los dioses griegos son, como los griegos, de ojos penetrantes, fríos y hermosos,
los médicos antiguos helénicos permanecieron siendo esencialmente ciru- janos, en tanto que los clínicos, en sus actitudes respecto de sus enfer-
Hipócrat-^s (460-370 años antes de J. C.)- (Mármol griego en el Museo Biitánico.)
mos, consideraban sólo las indicaciones superficiales. En la fría y seca enumeración de síntomas, de las tablas y sentencias de Cos y de Cnido, lo mismo que en los papiros del Egipto, podría haberse encontrado cien- cia si los médicos de aquel tiempo hubieran sabido cómo se agrupaban y coordinaban los síntomas, y, por consiguiente, cómo se interpretaban. Todo esto cambió con el advenimiento de Hipócrates. Este, que era un completo hombre genial, fué capaz de hacer la medicina interna, sin otros instrumentos de precisión que su superior inteligencia propia y sus agu-
84 HISTORIA DE LA MEDICINA
dos y penetrantes sentidos; y, con las naturales reservas, puede afirmarse que sus mejores descripciones de las enfermedades siguen siendo, en nues- tros días, un modelo en su género. Para él, la Medicina debe de depen- der del arte de la inspección clínica y de la observación, y él es, por en- cima de todo, el ejemplo de que la crítica inflexible, la bien equilibrada actitud de la mente, siempre en acecho de las causas de error, es la ver- dadera esencia del espíritu científico. Como Allbutt ha puntualizado (i), Hipócrates enseñó a los médicos de Cos que, en relación con una enfer- medad interna, como el empiema o la fiebre palúdica, la base de. todo co- nocimiento real reside en la aplicación del método inductivo, que, «mo- liendo o frotando», mejor que la simple enumeración alazar de los sínto- mas, consiste en pasar repetidas veces sobre los mismos, hasta que co- mience a deducirse de ellos, en su valor real, la descripción clínica. Así, en lugar de atribuir las enfermedades a los dioses o a otras fantásticas ima- ginaciones, como sus predecesores, Hipócrates fundó virtualmente el mé- todo clínico, que más tarde había de ser empleado con especial habilidad por Sydenham, Heberden, Laénnec, Bright y Addison, los clínicos de Du- blin, y los quincuagésimos Frerichs, Duchenne de Boulogne y Char- cot. Huchard dice que la resurrección del método hipocrático en el si- glo xvn, y su vindicación triunfante en el concertado movimiento científi- co del siglo xíx, constituyen la historia completa de la medicina interna. El núcleo de la doctrina hipocrática, la patología humoral, que, como he- mos visto, atribuye toda enfermedad a los desórdenes de los fluidos del cuerpo; en su forma original ha sido, desde hace mucho tiempo, desecha- da; pero vemos, no obstante, continuas resurrecciones de la misma en las modernas teorías del sero-diagnóstico y de la seroterapia. Es el método de Hipócrates, el empleo de la inteligencia y de los sentidos como instru- mentos de diagnóstico, juntamente con su transparente honradez y su ele- vada concepción de la dignidad en el ejercicio de la Medicina, su gran seriedad y su profundo respeto hacia los enfermos, lo que ha hecho que de un modo unánime se considere al «Padre de la Medicina» como el más grande de todos los médicos.
Claudio Bernard ha dicho que la observación es una ciencia pasiva y la experimentación una ciencia activa. Hipócrates no podía estar familia- rizado con el experimento; pero, en cambio, no hay ningún médico que
i podido Bacar más provecho que el que él ha obtenido de la expe- riencia. Aunque As< lepíades haya llamado a su método de observación «una meditación Bobre la muerte», la obra de Hipócrates debe ser juzgada
(i) Sir T. C. Allbutt: The Historical Relations of Medicine and Surgery, Lori- páginas '
MEDICINA GRIEGA 85
por sus resultados. El ha descrito las fiebres «biliosa, malárica y hemo- globinúrica» de Tesalia y de Tracia, tan bien como los modernos escrito- res griegos Cardamatis, Kanellés y otros que las han encontrado todavía en nuestros tiempos, y, además, se ha hecho notar frecuentemente que sus pinturas clínicas de la tisis, de la septicemia puerperal, de la epilepsia, de las parotiditis epidémicas, de las variedades cotidiana, terciana y cuar- tana de la fiebre remitente, y de algunas otras enfermedades, podrían, con muy pocos cambios y adiciones, colocarse en un libro de texto moderno. Según Paul Richter, Hipócrates ha descrito el ántrax como ^u? ayptov (iguis agrestis) [i], el «fuego pérsico» de Avicenas, que Galeno ha inter- pretado erróneamente como erisipela (2). De los 42 casos clínicos de Hi- pócrates— casi los únicos relatos de este género en un espacio de mil se- tecientos años — 35 son referidos con característica sinceridad como fata- les, y, al contrario de Galeno, el autor no ha dicho nunca nada acerca de su hábil diagnóstico, de sus notables curas o de los disparates cometidos por parte de sus colegas. «Parece — dice Billings — haber escrito princi- palmente con el propósito de enseñar lo que él mismo sabía, y este pro- pósito— raro entre todos los escritores — lo es especialmente entre los es- critores de Medicina (3).» A causa de Hipócrates, esto constituye la glo- ria principal de la medicina griega: el haber sido la primera en proclamar que el estudio de primera mano de la Naturaleza, con una intención deci- didamente honrada, formando el motor poderoso de la ciencia moderna. Después del período hipocrático, la práctica de presentar casos historia- dos con el único fin de enseñar puede decirse que ha muerto; los casos de Galeno han sido escritos sólo con la intención de ponderar excesivamente su propia reputación, y no hay en ellos nada que podamos considerar va- lioso hasta las autopsias de Benivieni y Vesalio.
Las obras atribuidas a Hipócrates constituyen un canon, un cuerpo doctrinal escrito, que de ordinario se divide en cuatro grupos: las obras genuinas, las falsas, las escritas por sus predecesores y aquellas otras que han sido escritas por sus contemporáneos y sus sucesores (4). Las obras propias, escritas en griego jónico, comprenden, por lo menos, las siguien- tes: Aquellas admirables notas clínicas, los Aforismos (Libros I-ÍII), los tratados del pronóstico, de las enfermedades epidémicas (Libros I y III), de la Dieta en las enfermedades agudas, de las heridas de la cabeza, de las dislocaciones, fracturas y úlceras, y el famoso De aires, aguas y lugares,
(1) hpidem, VII, 20.
(2) Richter: Arch.f. Gesch. der Mediz., Leipzig, 1912-13; VI, páginas 281-297.
(3) Hillings: I Hs lory of Surgery, New-York, 1895; pág. 24.
(4) Para el esquema cronológico de los escritos de Hipócrates (Pettersen-^itré), véase Landsberg: Janus, Gotha, 1853; II, páginas 107-1 10.
86 HISTORIA DE LA MEDICINA
que es, seguramente, el primer libro que se ha escrito de geografía mé- dica, de Climatología y de Antropología, si exceptuamos las narraciones contemporáneas de Herodoto, con las que aparece frecuentemente Hipó- crates notablemente conforme. El «opxo<;», o juramento de los médicos, el más antiguo y más impresionante documento de la ética profesional, no suele ser considerado como una genuina obra de Hipócrates, sino que se opina que sea un antiguo juramento del templo de los Asclepíades. Sin embargo, como quiera que el juramento y la ley están muy acordes con todo lo que nosotros conocemos del espíritu ético del gran maestro de Cos, de ordinario se les suele incluir en el canon hipocrático. Para un lec- tor moderno, lo mejor de los Aforismos, que parecen las notas taquigráfi- cas de una penetrante inteligencia a la cabecera de los enfermos, es el in- tento de establecer una verdadera relación entre lo particular, lo acciden- tal y lo esencial. Al paso que muchos de estos aforismos van directamente a su objeto, otros son fuertemente sugestivos, y del género de una inade- cuada información, probablemente tomada de las sentencias de Cos y de Cnido. Los Pronósticos, el acabado y perfeccionado resumen de las Pre- nociones de Cos y de los Pr or r héticos de sus predecesores demuestran que la dignidad del médico griego estaba basada en su habilidad para prede- cir los acontecimientos clínicos, más que en su poder para contrarrestar- los. Para ello, concluye Hipócrates instituyendo, por primera vez, un exa- men cuidadoso, sistemático y completo de las condiciones del enfermo, incluyendo el aspecto de la cara, el pulso, la temperatura, la respiración, los excreta, los esputos, los dolores localizados y los movimientos del cuerpo. Hasta hace notar el síntoma fatal de desplumar los cobertores de la cama en los casos de fiebre. Él ha inventado las doctrinas médicas de los cuatro humores (patología humoral), de la cocción de los alimentos en el estómago, de la curación por primera intención y de la división de las enfermedades en agudas y crónicas, en endémicas y epidémicas. El libro de las enfermedades epidémicas contiene las notables historias de casos y las famosas pinturas clínicas a que hemos hecho referencia. No son los últimos de ellos la famosa «facies hipocrática», el admirable bosquejo, en cuatro rasgos, de los signos de próxima disolución (i), algunos de cuyos caracteres han sido expuestos por Shakespeare en la muerte de Falstaff. Aunque en los escritos quirúrquicos de 1 lipócrates hay mucho erróneo, incompleto, o que no está acorde con la práctica moderna, hay que reco- nocer que esto es lo único de valor que existe sobre la materia antes de la época de Celso. Los tratados de las fracturas, dislocaciones y heridas pue- den íderados como obras modernas, en el mismo sentido en que
(i) párrafo 2.*
MEDICINA GRIEGA 87
Matthew Arnold considera a Tucídides como un moderno escritor, demos- trando la admirable capacidad de la inteligencia griega para separar lo esencial de lo accidental, «la tendencia a observar los hechos con un es- píritu crítico, a indagar las leyes de los mismos, a no errar entre ellos al azar, a juzgar por la ley de la razón, no por el impulso del prejuicio o el capricho» ([). Algunos de los más grandes maestros de la Medicina, Malgaigne, Littré, Petrequin, Allbutt, etc., han sostenido que los libros de las fracturas, dislocaciones y heridas, dadas las naturales limitaciones en que han tenido que ser escritos, son equivalentes a muchas obras simila- res de época mucho más reciente. En las dislocaciones del hombro (2), Hi- pócrates dice que son «raramente hacia adentro o hacia afuera; pero fre- cuente y principalmente hacia abajo», y sus métodos de reducción son prácticamente los de los tiempos modernos. Es especialmente interesante en lo que hace referencia a las dislocaciones congénitas y a la reducción y vendaje de las fracturas. Ha sido el primero en exponer que la gibosidad de la columna vertebral (enfermedad de Pott) coincide frecuentemente con el tubérculo de los pulmones, y que era familiar, como el pie zambo. En el tratado de las dislocaciones (párrafo 47) describe el tratamiento de Calot para las deformidades de la columna vertebral: el enderezamiento for- zado. Estaba impuesto en las fracturas de la clavícula y en las dislocacio- nes de su extremidad acromial, y sabía cómo se trataban unas y otras. En el tratamiento de las heridas sabía que no se las debe lavar nunca, a no ser con agua limpia o con vino; que la sequedad era lo más próximo a la salud; la humedad, a la enfermedad, y las ventajas asépticas de la extre- ma sequedad eran ya utilizadas evitando los apositos grasos, y esforzán- dose en llevar los bordes refrescados délas heridas a una unión cerrada; y conociendo, por último, el uso de los astringentes (3). Hipócrates reco- noce que «el reposo y la inmovilización son de capital importancia», y que el estarse quieto es un aposito mejor que el vendaje. El ha descrito los síntomas de la supuración, diciendo que en tales casos deben aplicarse^ sobre todo, medicamentos secantes; pero «no sobre la herida, sino alrede- dor de la misma». Si se usaba el agua para irrigación debería ser pura o hasta hervida, y estar bien limpias las manos y las uñas del operador. Hi- pócrates nos ha dado la primera descripción de la curación por primera y por segunda intención. En su descripción de la sala de operaciones se ex-
(1) Matthew Arnold: Essays in Criticism (tres series), Boston, 1910, página 48.
(2) I dislocaciones^ párrafo 41. — Aforismos^ VI, página 46.
(3) Al paso que el tratamiento seco de las heridas era, indudablemente, asép- tico, como hoy podríamos decir, Sudhoff nos pone en guardia contra la tendencia errónea de Anagnostakis y otros, de considerar el tratamiento de las herida? de Hipócrates como antiséptico, en el moderno sentido de Ja palabra.
88 HISTORIA DE LA MEDICINA
tiende a propósito de la buena iluminación, de la postura del enfermo y de la necesidad de ayudantes hábiles. El se refiere a la trepanación y a la paracentesis; pero, en apariencia, no conoce nada de la amputación. En sus instrucciones acerca de la trepanación para las heridas de la cabeza hace notar que una herida de la región temporal izquierda puede produ- cir convulsiones del lado derecho del cuerpo, y viceversa. El aforismo de Hipócrates de que las enfermedades no curables por el hierro son cura- bles por el fuego, que ha sido causa de que no acabe la chapucería y las malas prácticas quirúrgicas hasta después de la época de Ambrosio Paré, es realmente prehipocrático, estando ya mencionado en el Agamenón de Es- quilo. Ha sido encontrado por Baas en la India antigua. En el diagnóstico clínico, Hipócrates es el primero que hace notar «el sonido de sucusión» obtenido por sacudimiento de los enfermos, en posición rígida, y aplican- do la oreja al tórax. Littré comenta también un «sonido de ebullición» y un sonido como el que produce el cuero nuevo. La respiración de Cheyne- Stokes («como la de una persona que se recoge en sí misma») ha sido ci- tada en el caso de Philiscus» (i).
En la terapéutica, Hipócrates prefiere el ayudar sencillamente a la na- turaleza, y aunque él conoce el uso de muchas drogas, su plan de trata- miento está usualmente reducido a sencillos recursos, como el aire puro, el régimen apropiado, los purgantes, las tisanas de agua de cebada, vino, masaje e hidroterapia. En la medicina griega, el eléboro negro (Hellebo- rus niger) era 1ü purga universal, y el eléboro blanco (Helíebonis album), el emético universal.
En e! estilo literario, Hipócrates es, como los mejores escritores griegos ¡de la época clásica, claro, preciso y sencillo. La Ley, el Juramento y el urso De la enfermedad sagrada son los trozos de lenguaje más eleva- dos '!•• la medicina griega, y, sean o no debidos a Hipócrates, vienen a re- ntar la esencia de su doctrina. Detrás de los fenómenos sensibles de la Naturaleza, él sospecha la existencia de algún tremendo poder (enor- qu • pone en marcha las cosas. El argumento de la Enfermedad sa- ta, <|ii" trata del supuesto origen divino de la epilepsia, es el másele-
- intento de libertad del pensamiento de los siglos, v tiene el mérito de !).il>"! ido para siempre la disparatada idea de ser las enferme-
■ humanas causadas por los dioses o por los demonios.
I. is retratos conocidos de I [ipócrates le representan como un hombre
hermoso, de barba y de venerable aspecto. No se trata, de ningún modo, de t representa* iones falsificadas», sino sólo de representaciones tradicio-
i ftnj rmedade* epidémicas^ t<>m<> [, secc, ;, párrafo 13, caso !, (citado por Finia)
MEDICINA GRIEGA 89
nales. En las Nubes, de Aristófanes, hay una referencia satírica a los mé- dicos como personas perezosas, fatuas, de pelo largo, con sortijas y uñas cuidadosamente pulidas; lo que se ha supuesto, incidentalmente, una alu- sión al padre de la Medicina. Es sumamente probable que los médicos del período de Pericles llevasen las barbas y el pelo largos, para asemejarse todo lo posible a las figuras de Júpiter y de Esculapio, y no estarían, por otra parte, libres de la autosuficiencia que caracterizaba a los griegos de este período. Nosotros deducimos de todo esto que los supuestos retratos de Hipócrates son solamente variantes del busto de Esculapio, interpreta- do en mármol por Praxiteles (Museo Británico), o como se ve en las esta- tuítas del relicario de Epidauro o en las monedas griegas de Cos, Pérga- mo y Epidauro, que le representan en el trono.
Las ediciones más importantes de las obras de Hipócrates son las si- guientes:
1. El folio latino de la Opera Omnia, traducido y editado por Fabius Calvus, el amigo y patrón de Rafael, y publicado en Roma bajo los auspicios del papa Cle- mente VII, en 1525. Ha sido la primera edición completa que se ha publicado de las obras de Hipócrates.
2. El folio editio princeps del texto griego, publicado en el año siguiente, de 1526, por Aldus en Venecia.
3. La Opera 0?miia, de Basilea, editada por Janus Cornarius e impresa por Froben (1538), y altamente apreciada por lo que respecta a su exactitud textual y crítica.
4. El texto griego y la traducción latina de Hieronymus Mercuriales, impreso en la Casa de Giunta, de Venecia, en 1538.
5. La edición de Francfort de 1595, conteniendo la valiosa traducción y co- mentarios de Anutius Foesius, el más ilustrado, laborioso y capaz de los comenta- dores de Hipócrates antes de Littré.
6. La magnífica edición, en diez volúmenes, del mismo Littré (París, 183 1-1861), conteniendo el texto griego, la traducción francesa (todos los textos conocidos han sido cuidadosamente cotejados con notas críticas), una introducción biográfica y una introducción especial para cada tratado especial. Ha sido la obra de una épo- ca, y es uno de los triunfos de la erudición moderna.
Él primer texto griego de los Aforismos ha sido editado por Francois Rabelais y publicado en Lyon en 1532. Los textos paralelos griego y latino de J. A. van den Linden (Leyden, 1665) y de C. G. Kühn (3 v., Leipzig, 1825-1827) son tenidos en alta estimación. De las traducciones inglesas, la más valiosa es la del erudito escocés Francis Adams (Londres, 1849), que está limitada a las obras genuinas de Hipócra- tes. Además de éstas, la más manuable para el uso práctico es la CEuvrcs clwisies, de Charles Daremberg (París, 1834); una traducción excelente alemana es la de R. Fuchs (3 v., Munich, 1895- 1908). L°s escritos quirúrgicos han sido editados con espléndidos comentarios por J. E. Petrequin (2 v., París. 1877-1878). Por loque hace referencia a la relación de Hipócrates con la medicina moderna, es altamente recomendada por Sudhoff, para los principiantes, la antología bilingual deTheodor Beck (Hippocrates Erkenntnisse, Jena, 1907).
Llipócrates resume por completo el espíritu de toda una época, y des- pués de su tiempo hay una gran laguna de continuidad en la medicina griega. En las sucesivas centurias el espíritu receptivo y la amplia inteli- gencia de sus maestros vienen a quedar sumergidos en el fomalismo dura-
90 HISTORIA DE LA MEDICINA
mente encajado de los dogmáticos como Praxágoras (i), que cuidan más de la rígida doctrina que de la investigación. Los dogmáticos dividían la ciencia médica en cinco ramas: fisiología, etiología (patología), higiene, semiología y terapéutica. De ellas, los últimos empíricos conservaban sólo las ramas prácticas de la semiología y la terapéutica, con sus divisiones de dietética, farmacología, cirugía y, algunos, higiene.
El más grande nombre científico después de Hipócrates es el del «maestro de lo que conocemos», el asclepíade Aristóteles (384-322 años antes de J. C), de Estagira, que dio a la Medicina los fundamentos de la zoología, anatomía comparada y embriología, y el empleo de la lógica for- mal como un instrumento de precisión. Aristóteles era un discípulo de Platón, cuyo Timaeus expone algunas ideas muy fantásticas sobre la ense- ñanza médica del siglo; pero supera a su maestro, en extensión por lo menos, describiendo unas 500 especies de animales (algunas de ellas fan- tásticas) y estudiando su estructura corpórea. La más importante de sus obras es su Historia animalium, y los tratados de la generación y del mo- vimiento.
Él ha designado la aorta y consignado un cierto número de hechos en embrio- logía, tales como el pnnctum snliens, los movimientos del corazón fetal y la posibi- lidad de la superfetación. Ha enunciado la doctrina de la supremacía del corazón, como asiento del alma y como fuente del calor innato, diferente del fuego elemen- tal, y que es el que produce la vida. Ha defendido que la vida puede originarse de un modo espontáneo de la espuma (pneuma, protoplasma), como Afrodita ha naci- do de la espuma del mar (Curtis). En la generación espontánea opina que el alma deriva del aire, y la fuerza germinativa, del Sol. En la generación sexual el semen es el vehículo del alma y del calor vital; pero «la causa del hombre es su padre el Sol y sus movimientos». Ha sido el primero que ha empleado la palabra «antropó- logo», pero <n el sentido de una persona vana, importante para sí, como opuesta lógicamente a la de «hombre de elevada mente», de su Etica. Sus «entelequias», que él lia considerado como intermediarias, entre el alma y el cuerpo, hnn sido re- vividas, como un sustituto del «principio vital», por el morfólogo Driesch.
Aristóteles ha dejarlo su biblioteca y su jardín botánico a su amigo y discípulo Theofrasto de Efeso (370-286 años antes de J. C)., que era tam- bién médico y que ha recibido el nombre de «protobotánico», a causa de que ha hecho en el reino vegetal lo que previamente había hecho Hipó- crates por la cirugía y la clínica médicas; realmente, ha reunido en un tra- tado BÍStemático las plantas dispersas de los cazadores y rhizotomistas. El libro de Theofrasto De historia plantar um contiene la descripción de unas 500 plantas diferentes, y constituye un buen ejemplo de la capacidad de
El tratado llamado mot tíyvti< en el corpus hippocrdticum ha sido traducido
por Gomperz con el título de «Die Apologie der Heilkunst» (Leipz'g, 1910), siendo
l or aquel autor a un sofista del s i j^ 1 o v, probablemente de la escuela de
MEDICINA GRIEGA 91
la inteligencia griega para seleccionar lo que es importante y rechazar lo superfluo. Como dice Greene (i), divide, en primer término, las plantas en floridas y sin flores; las plantas con semillas, en angiospermas y gim- nospermas, describiendo sus órganos externos en serie, desde la raíz hasta el fruto. Antes que Goethe y que Linneo ha reconocido que las flores son «una metamorfosis de las hojas de las ramas». Ha diferenciado las raíces aéreas de los zarcillos y ha considerado los frutos como «toda forma y fase de envoltura y de inclusión de las semillas.» Ha comprendido cómo estaba formado el ciclo anual del tronco y de las ramas de los árboles, y «sin haber visto una célula vegetal, ha distinguido ya claramente los teji- dos parenquimatosos y prosenquimatosos». Las ediciones más importan- tes de Theofrasto son las dos de Aldines de 1497 (griego) y 1 504 (latín) y el texto griego y latín de Stapel de 1644.
Menón, otro discípulo de Aristóteles, ha sido autor de la más antigua contribución a la historia de la Medicina (Jatrika) después de Hipócrates, una obra que había sido mencionada por Galeno y descubierta en 1895 en el papiro de Londres, editado por Diels (anónimo londinense).
Con la fundación de Alejandría (331 años antes de J. C), la ciencia y la cultura griegas quedaron firmemente implantadas en la antigua civiliza- ción del Egipto. Alejandría, con su gran universidad y su biblioteca, con tan grandes hombres como Ptolomeo y Euclides, Hero y Strato, llegó a ser el medio de preservar los textos griegos y de extender las doctrinas griegas hacia el Oriente.
La colonización de la medicina griega en Egipto condujo al brillante desenvolvimiento de la Anatomía y de la Cirugía; pero nuestro conocimien- to propio de los grandes anatómicos' alejandrinos Herópilo y Erasistra- to, los fundadores de la disección, no está basado en el examen textual de las obras de los mismos, sino en fragmentos reunidos por la erudición de Marx y de Hieronymus. Los dos, Herófilo y Erasistrato, hicieron im- portantes investigaciones en el sistema nervioso, descubriendo las relacio- nes existentes entre los nervios y el cerebro y la médula espinal, y distin^ guiendo los nervios sensitivos de los motores, con los cuales se habían confundido los tendones. Ambos se han distinguido por algunas, aunque vagas, referencias a los vasos linfáticos. Herófilo, en particular, ha descri- to la prensa de Herófilo y el cuarto ventrículo del cerebro, incluso el ca- lamus scriptorius. Fia descrito también el hueso hioides, el duodeno, la próstata, y, en el ojo, la retina, el humor vitreo y el cuerpo ciliar. Erasis- trato, por su parte, ha descrito la tráquea, las aurículas y las cuerdas ten-
(1) E. L. Greene: Landmarks of Botanical History, Washington, Smithsonian Inst., 1909; páginas 52-142.
92 HISTORIA DE LA MEDICINA
dinosas del corazón; pero sostenía que el corazón no contenía sangre. Él ha imaginado el primero el papel calorímetro de la respiración, para cuyo estudio ha cogido pájaros, pesándolos después de alimentarlos, y pesando asimismo sus excreta (i).
Una considerable luz sobre la cultura médica helénica injertada en el Egipto en el período alejandrino — dietética, materia médica, patología, crianza, baños públi- cos, la superviviente «etiqueta» de la circuncisión y del embalsamamiento, los tem- plos de Serapis y de Isis (Serapiéia, Isieia, correspondiendo a los Asclepiéia de los griegos — se da en la espléndida monografía de Karl Sudhoff Aerztlichés aus grie- chischen Papyrus- Urkunden. Baustein zu einer medizinisch.enKulturgeschichted.es He- llenismus, en Studien z. Gesch. d. Med. (Puschmanns btiftung.), números 5 y 6, Leip- zig, 1909.
En la tercera centuria antes de J. C. la medicina alejandrina había pe- netrado en la Mesopotamia, y en su camino, la Siria había adquirido lo principal de la doctrina hipocrática vía Egipto, aunque conservando mu- chos de los rasgos astrológicos de la medicina asirio-babilónica. Su siste- ma dualista ha sido estudiado por los médicos de Siria por espacio de mil años. Un texto sirio muy interesante, porque pone en evidencia esta tran- sición, ha sido publicado por Wallis Budje (2). Siria ha llegado a ser el pri- mer escalón, la primera estación entre la medicina oriental, la grecoale- jandrina y la medieval. En la Edad Media se solían hacer las traduccio- nes de los textos griegos de un modo invertido: primero, al sirio; luego, al árabe o al hebreo, y después, al latín.
Las tendencias de la escuela de los empíricos, que brotaron de la es- cuela de Alejandría en la segunda centuria antes de Cristo, culminaron en un estado actual de farmacología experimental y toxicología en las manos de los médicos y de gobernantes aficionados y precavidos, como Mitrída- tes, rey del Ponto, que llegaron a alcanzar gran reputación en el arte de dar y hacer venenos. Se dice que se había inmunizado él mismo contra el envenenamiento por medio de la sangre de patos alimentados con subs- tancias tóxicas, y que aspiraba a la obtención de un antídoto universal (a lexi fármaco). listos «mitridatos» y «triacas», como se llamaron, atrajeron los talentos de los farmacólogos del comienzo de la diez y ocho centuria, queriendo considerar a aquél (Mitrídates) como el iniciador de la idea de las drogas polivalentes y de los sucios. Los dos restos principales de su d(x trina empírica de los venenos son el tratado de las ponzoñas animales de Vpolodoro de Alejandría y los dos poemas hexámetros de Nikander venenos animales (Theríaca) y de los antídotos para los ve-
1 Diels: Anonymi Londinensis, páginas 33-43. (Citado por W. A. Heidel: Har- ' Stud. ( lass. Philol., 191 1, XXII, pág. [38.
\natomia o the Honk of Medicines \ ed. E. A. Wallis Budge, \2 v.,
113.
MEDICINA GRIEGA
93
nenos (Alexipharmaca), que se conservan en las dos ediciones de Aldine, de 1499 y 1523, y en la versificación francesa de aquellos poemas por Jac- ques Grevin (Plantin, imprent. Antwerp., I 568).
III. —EL PERÍODO GRECO-ROMANO (146 años antes de J. C. y 476 años después de J. C.)
En la historia antigua de Roma, los pueblos primitivos, ignorantes u débilmente autónomos, eran dominados y supeditados por los guerreros del Norte, <la avara Umbría» y la «.sombría puritana Sabina». A esta mez- cla de razas va a sumarse todavía otro elemento, los etruscos, «con sus carnosos cuerpos, sus ojos de almendra, sus narices gordas y sus esplén- didos gustos»; una raza oriental cuyas ceremonias y adivinaciones «pue- den haber sido testimoniadas por el mismo Abraham en sus registros en el Hebrón». «El vasto, obscuro y profundo fundamento de la medicina romana — dice Allbutt (i) — , para nosotros el abono del cual se ha de cul- tivar la medicina romana, consiste en la raza original, obscura, pequeña, reducida a la servidumbre formal o virtual, pero siempre animada y acti- va, y de una ascendiente e irresistible aristocracia, principalmente de los invasores del Norte, pero compenetrada con otra raza gobernante, de cos- tumbres orientales». La mitad Sur de Italia y la isla de Silicia no habían sido conquistadas por los invasores del Norte, y permanecieron siendo «la Magna Grecia desde la sexta centuria antes de J. C. hasta la décima des- pués de J. C, y de esta Magna Grecia viene una de las corrientes de influ- jo cultural, que aparece en forma de Escuela de Salerno».
Después de la destrucción de Corinto (l4Óaños antes de J. C), pue- de decirse que la medicina griega ha emigrado hacia Roma. Antes de la invasión griega, los romanos, como ha dicho Plinio el Viejo, <han avan- zado, por espacio de seiscientos años, sin doctores», confiando principal- mente en las hierbas medicinales y en los medios simples domésticos, en los ritos supersticiosos y en las prácticas religiosas. Para los romanos del imperio, el griego de cualquier descripción era el Graeculus esuriens, de Juvenal. El orgulloso ciudadano romano, que tenía un dios familiar casi para cada enfermedad o función fisiológica conocida por él (2), una medi- cina herbórea doméstica de su propiedad (3), una mirada desdeñosa para
(1) SirT. C. Allbutt: Brit. Med. Journ., Londres, 1909; II, pág. 451.
(2) Estos dioses romanos eran adorados con nombres fantásticos, pero apro- piados, como Febris, Scabies, Angeronia, Fluonia, Uterina, Cloacina, Mephites, Dea Salus y otros análogos.
(3) El remedio casero favorito de Catón el Viejo eran las coles.
94 HISTORIA DE LA MEDICINA
el médico griego viajero, despreciándole como a un mercenario que acep- taba una compensación por sus servicios, y desconfiando de él, por otra parte, como un posible envenenador o asesino (Plinio, XXIX, 7), Archa- gathus, que llegó a Roma en el año 535 de la ciudad (220 años antes de J. C), el primer médico griego que practicó en aquella capital, llegó a ser conocido con el nombre de «Carnifex», por su crueldad como cirujano (Plviio, XXIX, 6). Pueden recordarse además las intrigas de los médicos Vettius Va lens y Eudemus con Mesalina y Livia, damas regias ambas; la no existencia de leyes que castigasen los abusos, los envenenamientos y las manipulaciones fraudulentas que se les ordenaban (a los médicos asa- lariados), y el extraordinario número de serpientes guardadas en las habi- taciones privadas, a consecuencia del culto de Esculapio (l),todo ello hacía poco respetable la Medicina a los ojos de los austeros romanos, que no eran aficionados a la introducción de las ideas extranjeras. (Plinio, XXIX, 5-8, 22). Además de los escritos de un litterateur privado, como Celso, la principal contribución de Roma a la Medicina han sido las espléndidas construcciones sanitarias del arquitecto Vitrubio. Así como Cos y Alejan- dría han sido los puntos de arranque de la medicina griega, el primero y el último, del mismo modo los médicos más eminentes de Roma venían del Asia Menor, de las escuelas de Pérgamo, Efeso, Tralles y Mileto (Well- mann). La medicina griega se había, finalmente, establecido sobre la respe- table base de la personalidad, habilidad y tacto de Asclepíades, de Bithy- na (124 años antes de J. C), que permanece distanciado de los dogmáticos y de los empíricos y cuyos fragmentos aparecen en el texto griego de Gumpert (Weimar, 1 794). Asclepíades era formalmente opuesto a la idea hipocrática de que las condiciones morbosas fueran debidas a los distur- bios de los humores del cuerpo (humorismo), y atribuye, por el contrario, la enfermedad al estado de contracción o de relajación de las partes sóli- das (solidismo). Esta es la teoría denominada del strictum et laxum, que s<- deriva de la teoría atómica de Demócrito y que ha vuelto a revivir en distintas épocas bajo los diferentes aspectos de la teoría brunoniana de los estados esténicos y asténicos, de la idea de Fiedrich Hoffmann de las con- diciones tónicas y atónicas, de la teoría de Broussais de la irritación como 1 de enfermedad, de la doctrina de Rasori del estímulo y contraestí- mulo. Como una lógica consecuencia de su antagonismo con Hipócrates, lepíadea ha fundamentado su método terapéutico en la eficiencia de la Interferes ia sistemática que se opone al poder curativo de la Naturaleza;
En el aflo de J. C. el culto de Esculapio bahía sido introducido
en Roma en forma <1<- una enorme serpiente representando <-l dios en su aspecto chthoniano, Véase Ovidio: Metamorphoses, B. XV, páginas 626-744.)
MEDICINA GRIEGA 95
pero en la práctica era un verdadero asclepíade, sabiamente impuesto en el régimen de Cos, del aire puro, la luz, el régimen apropiado, la hidrote- rapia, el masaje, los enemas, las aplicaciones externas y la sobriedad en los medicamentos internos. Ha sido el primero en hacer mención de la traqueotomía. Su influencia favorable fué la propia de una personalidad superior, pero murió con él. Sus discípulos y partidarios, Themison y y otros, exageraron sus doctrinas hasta llegar al «metodismo» (i), al paso que los continuadores de los filósofos estoicos se esforzaban en encontrar un sistema médico basado en la acción física y en ei estado del aire vital, o pneuma, que entraba en los pulmones para refrescar el calor vital engen- drado por el corazón y que es llevado a éste, al paso que la sangre deri- va del hígado. El renacimiento helénico en Roma se caracterizaba, por consiguiente, por los tres modos de considerar la enfermedad como un trastorno de los líquidos, sólidos o gases que componen el cuerpo: humo- rismo, solidismo y pneumatismo. Entre los defensores de estos tres mo- dos de teorizar se destacan seis nombres sobre los restantes: Celso, Dios- córides, Rufo, Sorano, Galeno y Antilo, siendo la mayoría de ellos, más que sectarios, «eclécticos». La escuela pneumática, fundada por Athae- neus, de Attalia, y continuada por su discípulo Claudius Agathinus, de Esparta, el maestro de Archigenes y Leónidas, era el partido más impor- tante. El sirio Archigenes de Apamea (unos 54-H7 años después dej. C.) se puede considerar, según Max Wellmann, como la fuente de los textos de Areteo y de gran parte de los de Aecio (2). La literatura médica de la segunda centuria después de Cristo — Galeno, Sorano, Heliodoro, Autilo, Areteo — , y también las grandes obras resúmenes, de la época bizantina, han sido copiados muchos de sus resúmenes y párrafos, y su tendencia sigue sosteniéndose durante la Edad Media hasta el Renacimiento.
Aunque la medicina romana estaba casi por completo en manos de los griegos, el mejor resumen que de ella tenemos son las obras de Aure- lio Cornelio Celso, que vivió en el reinado de Tiberio César. Celso no era, según parece, un verdero médico, sino un caballero particular, de noble familia, Cornelia, que, como Catón y Varrón, recopiló tratados enciclopé- dicos de Medicina, Agricultura y otras materias, en beneficio del admira-
(1) Allbutt dice que los metódicos y los empíricos eran en algún modo los con- tinuadores de las escuelas de Cos y de Cnido; los primeros consideraban todo el enfermo y lo que le rodeaba; los últimos, la localización de la enfermedad y su tra- tamiento local. Los de Cnido y los empíricos enumeraban meramente los síntomas, sin coordinarlos, y, por consiguiente, sólo tenían una terapéutica al azar. (Véase Allbutt 's Lectures on Greek medicine in Rome. Brit. Med. Journ., Londres, 1909; II, páginas 1.449, i-5IS Y I-59^.)
(2) Wellmann: Die pneumatic che Schule bis auf Archigenes, Berlin, 1895. Para un resumen detallado de las doctrinas de la escuela pneumática véanse las pági- nas 131-231.
96 HISTORIA DK LA MEDICINA
ble Crichtons, de su propia posición en la vida. Celso ha escrito de Medi- cina con el mismo espíritu que Virgilio ha escrito de Agricultura en el tercer libro délas Geórgicas, y esto hace suponer que, conforme a la prác- tica frecuente de los romanos, él prestaba asistencia médica gratuita, del mismo modo que alguna señora de una antigua hacienda inglesa o planta- ción del Sur, como Lady Bountiful, representaba y tocaba el piano para sus amigos y dependientes. Clasificado por Plinio entre los hombres de letras (ductores), más bien que entre los medid, Celso era ignorado por los prácticos de su tiempo y desdeñado por Quintiliano como «mediocre» (me dio cr i vir ingenio). Los comentadores de la Edad Media se limitan a mencionar su nombre; pero con el renacimiento de la ciencia ha tenido su revancha, de tal modo, que su obra (De re medicina) ha sido uno de los primeros libros que se han impreso (1478), haciéndose en seguida de ella más ediciones que de casi todas las otras obras científicas. Esto se ha debido principalmente a la pureza y precisión de su estilo literario; su elegante latinidad le ha concedido el título de Cicero medicorum. Celso es el más antiguo documento médico después de los escritos de Hipócrates y de los 72 autores mencionados por él. Las obras del mismo Hipócrates son las únicas que han llegado a nuestras manos en un estado de relativa buena conservación. El De re medicina consta de ocho tomos; los cuatro primeros se ocupan de las enfermedades que pueden ser tratadas con la dieta y el régimen; los cuatro últimos, de aquellas otras que necesitan un tratamiento farmacológico y quirúrgico. El tercer tomo contiene, entre otras cosas, el primer resumen completo de las enfermedades del corazón (Cardiacus)y que se convirtió en el canon del subsiguiente conocimiento de las mismas en la antigüedad (i). El quinto tomo comienza con una lista clasificada de drogas, seguida de un capítulo de pesos y medidas, de mé- todos farmacológicos y prescripciones, muy semejante, en conjunto, a un moderno manual de terapéutica. Celso ha sido el primero que ha recomen- dado los enemas alimenticios. El tomo sexto trata de las enfermedades de la piel (2) y v< néreas, así como también de las de los ojos, oídos, narices, garganta v boca. El tomo séptimo es quirúrgico, y contiene el primer re- sumen del uso de la ligadura y una descripción clásica de la litotomía la- teral. Entre los romanos, la Cirugía (incluso la Obstetricia y la Oftalmolo- ha alcanzado un alto grado de desarrollo, que no ha sido superado después hasta los tiempos de Ambrosio Paré. Sobre todo, la instrumenta- ran quirúrgica estaba notablemente especializada. Se han encontrado más
1 Para un completo resumen «l<- La concepción antigua <l<- las enfermedades Landsberg: Yanus, Breslau, 1847; II, páginas 53-124. enfermedades de la piel descritas i>"i Celso, la alopecia areata dada síempí < ( on el nombre de area ( elsi.
MEDICINA GRIEGA 97
de 200 instrumentos quirúrgicos diferentes en Pompeya. La herniotomía y la cirugía plástica eran conocidas, así como también la operación de la catarata, la versión y la operación cesárea. Hay una razón suficiente para explicar estos adelantos, y es la constante relación en que vivían los ro- manos con la cirugía militar y la de los gladiadores, y en el hecho de ser, algunas veces, permitida la disección de los criminales ejecutados. Hipó- crates ha dicho que «la guerra es la única escuela apropiada para los ciru- janos». Celso es además muy entendido en las diferentes fiebres palúdicas de Italia y en su tratamiento, en la gota y su terapética, y en las diferen- tes variedades de locura. El ha sido el primer escritor importante de his- toria de la Medicina, y en su Proemium se ocupa de Hipócrates, Herófilo, Erasistrato y otros grandes hombres del pasado, con el espíritu de quien podía haber dicho de sí mismo:
Yo escribo de lo que otros han escrito con la elevación del Sol.
La completa y cuidadosa investigación de los orígenes de Celso por Well- mann (1) sugiere la idea, por la confrontación y comparación de muchos pasajes paralelos, de que el texto griego es una recopilación, acaso hasta una traducción, de los escritos genuinos de Hipócrates; de los fragmentos de la fístula, del discí- pulo de Asclepíades, el cirujano Meges; de los escritos farmacológicos y terapéu- ticos de Heraclides de Tarento (incluso su exegesis de Hipócrates), y del mismo Asclepíades y su escuela. Según el modo de pensar de Wellmann, la probable fuen- te griega de Celso ha debido ser algún manual médico para el vulgo, escrito antes del año 26 después de J. C. por un Cassius Félix, un médico de Tiberio César. De las 105 ediciones diferentes que existen de Celso, las más interesantes son: la floren- tina, editio princeps (1478); la de Milán, impresa en 1 48 r ; la veneciana, impresa en 1524 (la más rara y costosa de todas); la de Aldino, de 1525, y la manuable de Elzevir, de 1657. La edición moderna modelo es la de Daremberg. Más sencillo que un libro, el mejor resumen de Celso, de todo lo publicado en todos los idiomas, es, incuestionablemente, el completo ensayo erudito de Paul Broca (2).
Los tres principales cirujanos griegos del período contemporáneo a Celso son los pneumáticos Heliodoro, Arquígenes (ambos mencionados por Juvenal, y el último contemporáneo de Celso), y Antilo, contemporá- neo de Galeno. Las obras de estos tres han llegado a nosotros sólo por las recopilaciones de los escritores bizantinos. Heliodoro, que es anterior a Celso, ha dado la primer indicación de la ligadura y de la torsión de los vasos sanguíneos, y ha sido uno de los primeros en tratar las estrecheces por medio de la uretrotomía interna. Ha descrito, además, las heridas de la cabeza, el tratamiento operatorio de la hernia y la amputación circular y por colgajo. Este último procedimiento ha sido descrito de un modo
(1) Wellmann: A. Cornelius Celsus: eine Quellenunter sue hung, Berlín, 19 13.
(2) Conferences historigues de la I1 acuité de Médecine, París, 1865; pági- nas 445-497-
Historia dh i.a Mkdioina. - Tomo I
9S HISTORIA DE LA MEDICINA
acabado por Archigenes de Apamea, y ambos cirujanos empleaban las ligaduras, que en los tiempos de Galeno eran hechas en un establecimien- to especial de la Vía Sacra. Antyllus, mucho tiempo antes que Daviel, menciona la extirpación de la catarata por extracción y succión; pero su nombre y fama permanecen asociados con su bien conocido método de tratamiento de los aneurismas con la aplicación de dos ligaduras y sección entre ambas, que siguió siendo el método preferido hasta el tiempo de John Hunter.
Pedacius Dioscórides, el fundador de la materia médica, era un ciruja- no militar griego al servicio de Nerón (54-68 años después de J. C), y aprovechó su necesidad de viajar para dedicarse al estudio de las plantas. Su obra constituye la autorizada fuente de la materia médica en la anti- güedad; describe unas 600 plantas y principios vegetales; unas cien más que Teofrasto. Así como Teofrasto ha sido el primer botánico científico, Dioscórides es el primero que se ocupa de la botánica médica como cien- cia aplicada. Su primer libro trata de los principios vegetales aromáticos, aceitosos, goniosos y resinosos; el segundo, de los productos animales importantes médica y dietéticamente y de los cereales y plantas de jardín; el tercero y cuarto, de las otras plantas medicinales. Su clasificación era cualitativa, propia más bien de una materia médica que de una obra de botánica; pero él, como Teofrasto, ha reconocido familias naturales de plantas antes que Linneo, Adanson y Jussieu. Sus descripciones han sido seguidas, «palabra por palabra >, por espacio de diez y seis centurias, y su obra, dice Greene (i), ha sido mucho más atentamente estudiada por los hombres eruditos que ninguna otra obra de botánica, con la posible ex- cepción del Pinax, de Bauhin (1623). Hasta el comienzo del siglo xvn los mejores libros de botánica son todavía simples comentarios de la obra de Dioscórides, que es la fuente histórica más importante de la terapéuti- ca herbaria, así como de los más famosos sustitutos medievales de la anes- tesia. El vino de mandragora, uivor [AavSpayoptxTi^, es prescrito al interior por Dioscórides como una droga contra el insomnio y el dolor, y en tres sitios (IV, 76), lo recomienda explícitamente en las operaciones quirúrgi- gicas o en la cauterización, ya sea per os, por enema o en inhala- ción (IV, 8l) [2j.
más interesantes de Dioscórides son las de Aldine, de 1499 (texto
go); la de Stephanus, de 15 16 (traducción latina de Ruellius); la rara, con texto
Bilingüe, <!<• Colonia ^ 1 529), y los comentarios italianos de Mattioli (Venecia, 1544),
1 II.. Greene: Landmarks of Botanical I list orv, Washington, 1909; pági-
: 1-155- (2) Para las citas, véase el acabado estudio de Husemann en el Deutsche . f. Chir.t Leipzig, [895-1896; XI. II, páginas 577-587.
MEDICINA GRIEGA 99
también extraordinariamente raros. El texto greco-latino de Kurt Sprengel (Leip- zig, 1829-30); la definitiva con texto griego de Max Wellmann (1906- 1907), y la tra- ducción alemana, con notas marginales de J. Berendes (Stuttgart, 1902), son todas valiosas. El espúreo latín MS. de Dyascorides di herbis feminis, en la Hofbibliotek de Munich, con sus 500 ilustraciones, como también el más completo códex (9.332) de la Biblioteca Nacional de París, que data, aproximadamente, de 540 años des- pués de J. C, y que ha sido la fuente de Gariopoutus, Macer Floriudus, de la Diaeta l'heodoriy otras recopilaciones medievales, se reconocen ahora por los eruditos con el nombre de «pseudo-Dioscórides». Los cuatro griegos auténticos MSS., son los códices de Ñapóles, Constantinopla (en Viena), el Código ilustrado de París, número 2.179, y e] MS. de sir Thomas Phillips (Cheltenham).
Areteo de Capadocia, que vivió bajo los dos emperadores Domiciano y Adriano (de la segunda a la tercera centurias después de J. C), llegó a acercarse más que ningún otro griego al espíritu y al método de Hipócra- tes, y sus escritos han sido más prontamente apreciados por los moder- nos lectores. Como Max Wellmann ha demostrado por la detenida com- paración de los textos, sus obras derivan, en realidad, de los escritos de Archigenes, y por esto resulta nuestra más importante fuente de conoci- miento de los maestros de la escuela pneumática. Como clínico, Areteo puede colocarse próximo a Hipócrates, por la seguridad gráfica y la fide- lidad de sus descripciones de la enfermedad, habiéndonos dado cuadros clásicos de la pneumonía, pleuresía con empiema, diabetes, tétanos, ele- fantiasis, difteria (úlcera siríaca), del aura en la epilepsia, así como tam- bién la primera clara diferenciación entre las parálisis cerebral y espinal, indicando la decusación de las pirámides y un resumen muy completo de los diferentes géneros de locura. Aunque no iguale al más moderno Aecio en la seguridad de sus traducciones de Archigenes, es probablemente el autor médico más atractivo de su época. Era esencialmente un estilista, y el carácter de su griego jónico ha sido señalado como modelo en un pe- ríodo posterior. Sus obras se han conservado en el texto griego defectuo- so de 1554, en la valiosa edición de Wigan, de la imprenta de Clarendon (Oxford, 1723); en el texto de C. G. Külin, de Leipzig, y en el texto griego con traducción inglesa de Francis Adams (Londres, 1858).
Otro gran ecléctico era Rufus de Ephesus, que vivió en el imperio de Trajano (98-117 años después de J. C), y cuyos restos y fragmentos lite- rarios han sido preservados por el texto de París de 1554 y Por e^ de Daremberg (París, 1879). Ha escrito una pequeña obra de Anatomía, en la cual describe la cápsula del cristalino, las membranas del ojo, el quiasma de los nervios ópticos y el oviducto en la oveja. El ha dado también la primera descripción de la erisipela traumática, del epitelioma y de la peste bubónica (derivada de un origen alejandrino). Añadió algunos nuevos pre- parados a la materia médica, entre ellos su « hiera >, un purgante conte- niendo coloquíntida, que llegó a ser famoso. Rufo era un buen cirujano
ioo HISTORIA DE LA MEDICINA
que ha descripto todos los métodos conocidos de hemostasis «compre- sión digital», estípticos, los cauterios, la torsión y la ligadura (Osler).
Soraxo de Éfeso, de la segunda centuria después de J. C, un conti- nuador de la escuela metodista de Asclepíades, es nuestra principal auto- ridad en ginecología, obstetricia y pediatría de la antigüedad. Su tratado de obstetricia y de enfermedades de la mujer, preservado en el texto grie- go de Dietz (Konigsberg, 1 838) [i], es el original de algunas famosas obras como Róslins Rosegarte)? (151 3) y Byrthe of Mankynde (1545); y 'a ma- yoría de las supuestas innovaciones en estos libros, tales como la silla obs- tétrica y la versión podálica, han sido ya señaladas por Sorano. Después de Sorano no hay ningún adelanto real en la obstetricia hasta ia época de Ambrosio Paré, unos quince siglos más tarde.
La Historia Natural de Plixio el Viejo (23-79 años después de J.C.), cuyos libros XX-XXXII tratan exclusivamente de Medicina, es una amplia recopilación de todo lo que se conocía en su tiempo de geografía, meteo- rología, antropología, botánica, zoología y mineralogía, y es muy intere- sante por sus muchos datos curiosos acerca de plantas y de drogas, sus puntos de vista a propósito de la medicina en Roma, y las zarpadas que da el autor a los médicos. Después de la invención de la imprenta, se han hecho de ella más de ocho ediciones. Contiene las referencias originales respecto a algunas cosas raras, como del escorbuto (stomacace), la medi- cina de los druidas, la superfetación y el atavismo {ipse avurn regetieravit Aithiopum), el caso de Marcus Curius Dentatus, que había nacido con dientes; la mano artiñcial de hierro de Marcus Sergius, el bisabuelo de Catilina (2); los experimentos contra los venenos de Mitrídates, y el uso por Nerón del monóculo o de los lentes (Ñero princeps gladiator um pug- nas spectabat in smaragdo), que algunos autores creen que era un ojo de cristal, como los modernos. Los errores botánicos de Plinio permanecen sin modificarse hasta el tiempo de Nicolás Leonicenus (1492).
El período antiguo se cierra con el nombre del más grande de los médicos griegos después de Hipócrates, Galeno (131-201 años después dej, C.) [3], el fundador de la medicina experimental. Hijo de un arquitec- r.i natural de Pérgamo. Su juventud y su vejez fueron las de un peripa- tético. Su vida fué un largo Wanderjahr. En Roma, donde comenzó a prai í'm años después de J. ('.., alcanzó muy pronto la suprema-
1 I-.'Ih ■ riores por Ermerins ( 1869), Valentine Rose (1882) y una en
6n, de Joh. Illb< Véase Sudhoff: Mitt. t. Gesch. d. .]/<■,/., Leipzig, [916; XV, núm. 1.
adelante la forma errónea «Claudius (.alen ha sido muy empleada. Edwin Kleba y otro i ban demostrado ser ello una equivocada tra- mas] I ralea (Sudhofi 1.
MEDICINA GRIEGA 101
cía de su profesión; pero se retiró prematuramente para dedicarse al estu- dio, a los viajes y a la enseñanza. Comparado con Hipócrates, Galeno pa- rece el hombre de talento, de aficiones múltiples, y versátil, comparado con el verdadero hombre de genio. Era el más hábil práctico de su tiem- po; pero no nos ha dejado buenos resúmenes de casos clínicos, sino sólo relatos de curas milagrosas. Generalmente, trataba bien a sus enfermos, y para ello instituía un sistema elaborado en poliíarmacia (i), cuyo recuerdo ha sobrevivido en nuestro lenguaje en el término de «galénicas» aplicado a los simples vegetales. El puesto de Galeno en la Ciencia es muy elevado; pero su predisposición errante indudablemente contribuyó mucho, a des- envolver en él cierta actitud de la inteligencia, que hizo a sus obras el ma- nantial de hipótesis hechas deprisa, o, como dicen los alemanes, del «po- lipragmatismo». El tiene una respuesta pronta para cada problema, una razón para explicar todo fenómeno. Ha elaborado un sistema de patolo- gía que, combinado con las ideas humorales de Hipócrates, con la teoría pitagorica.de los cuatro elementos y con su propia concepción de un es- píritu o «pneuma», ha penetrado en todas partes. Refiriendo todo fenó- meno patológico a los postulados de ese sistema, Galeno, con una inge- nuidad y una facilidad fatales, procedió a explicarlo todo a la luz de la teoría pura, viniendo a substituir con un sistema pragmático de filosofía médica a la sencilla anotación e interpretación de los síntomas, como en- señaba Hipócrates. Los efectos de este dogmatismo e infalibilidad sobre los tiempos posteriores han sido espantosos; en tanto que el monoteísmo y la piedad de Galeno atraía a los musulmanes, su presunción de omnis- ciencia era especialmente adaptada para conciliarse con la mental indolen- cia, y para adular la complacencia de aquellos que se sentían inclinados al completo y absoluto respeto hacia la autoridad. Hasta los tiempos de Ve- salio la medicina europea ha sido sólo un vasto argumentum ad kominem, en el cual todas las cosas, lo mismo las relativas a la anatomía y fisiolo- gía, que las que hacen referencia a la enfermedad, eran referidas a Galeno? como autoridad final, de la que no cabía apelación alguna. Después de su muerte, la medicina europea ha permanecido como un peso muerto por cerca de catorce centurias.
Galeno ha sido el más voluminoso de todos los escritores antiguos, y el más grande de todos los teóricos y sistemáticos. Sus obras constituyen una gigantesca enciclopedia de todos los conocimientos de su época, in- cluyendo en ellas nueve libros de Anatomía, diez y siete de Fisiología, seis
(i) Asclepíades, dice Allbut, tiende a hacer desaparecer lo específico en lo universal (fisiología terapéutica); Galeno, procediendo de un monoteísmo teórico, tiende a disolver lo universal. en lo particular (polifarmacia).
io2 HISTORIA DE LA MEDICINA
de Patología, diez y seis ensayos del pulso, el Megatechne (Ars magna), o * terapéutica» (catorce libros); el Microtechne (Ars parva), o «práctica», y treinta libros de Farmacia. Él nos ha dado los cuatro síntomas clásicos de la inflamación, el diagnóstico diferencial entre la pneumonía y la pleure- sía; ha sido el primero que ha descrito el aneurisma, separando la forma traumática de la dilatada (I); ha descrito las diferentes formas de la tisis, mencionando su naturaleza infecciosa, y proponiendo para esta enferme- dad una dieta abundante de leche y la climatoterapia (viajes por el mar y habitar en lugares secos y elevados); ha comprendido la relación dietética entre los cálculos y la gota, y sus prescripciones indican un empleo muy inteligente del opio, del beleño, del eléboro y la coloquíntida, del asta de ciervo, de la trementina, del alcohol (vino), de la dieta azucarada (miel), del zumo de uvas, del agua de cebada y de las compresas frías. Ha idea- do la doctrina de los cuatro temperamentos y ha sentado las bases de una fantástica doctrina del pulso, o «ars sphygmica», que estaba todavía en boga en el siglo xvin. Ha viajado para aprenderlo todo y para recoger los remedios propios de las diferentes regiones, y ha hecho, además, dos vi- sitas especiales a la isla de Lemnos para averiguar el valor terapéutico de su tierra marítima (terra sigillata) [2]. Como anatómico, Galeno ha dado muchas descripciones excelentes, especialmente de los sistemas motor y locomotor; pero su obra era incompleta e insegura por estar principal- mente basada en la disección de monos y de cerdos. Ha estudiado la os- teología en el mono (Macacas ecaudatus) y en algunos esqueletos huma- nos, como en el de un ladrón que encontró en la falda de una montaña solitaria. Su miología estaba basada, sobre todo, en el estudio del mono de Berbería (Macacus inuus)\ pero él ha comprendido claramente la dife- rencia entre el origen y la inserción y ha conocido mucho respecto de los músculos y de su funcionamiento, aunque su nomenclatura ha sido redu- cida (3). Su esplanología era defectuosa y errónea; su neurología es el me- jor rasgo de su obra anatómica. Por sus disecciones del cerebro del buey ha sabido distinguir la dura y la p¡amad<\ el cuerpo calloso, el tercero y cuarto ventrículo, con su conducto (acueducto de Sylvio); el fornix, los tu- bérculos cuadrigéminos, el proceso vermiforme, el calamus scriptorius, la hipófisis y el infundíbulo. De los 12 nervios craneales él ha conocido sie- te pares; también los ganglios del simpático, que ha considerado como
1 Wetodm Wedendi, Lib. V., 1. 63. (Traducción de Linacre de 1919).
1 I S rhomson: Terra Hgillata, tr. XVII, Internal. Med. Congr. iqi.v.I.on-
\.\111. páginas 433-444. I S. Miluc r 'onocimientos de Galeno sobre anatomía muscular, Tnternai, \U\I. 1 "lidies, 1914; páginas 389-400,
MEDICINA GRIEGA 103
refuerzos de los nervios (i). Su tratado de «administración» anatómica, o método, ha sido el primer tratado de disección, y su autoridad ha persis- tido por espacio de centurias. Sus contribuciones científicas han sido aceptadas como verdades definitivas hasta la época de Vesalio. Pero si la anatomía de Galeno ha podido fracasar por el hecho de tratarse de una anatomía más simia, canina y porcina que humana, y a causa de haber subordinado las seguras descripciones de las estructuras a la especulación a propósito de sus funciones, en cambio, hay que reconocer que él ha sido el único fisiólogo experimental anterior a Harvey. Ha sido Galeno el pri- mero que ha descrito los pares craneales y el sistema simpático; que ha realizado la primera sección experimental de la médula espinal, produ- ciendo la hemiplejía; que ha producido la afonía cortando el nervio larín- geo recurrente, y que ha dado la primera explicación razonable del meca- nismo de la respiración. Ha demostrado que las arterias contienen sangre (al realizar la operación de Antyllus), explicando el poder motor del cora- zón y demostrando que las pulsaciones sanguíneas se extendían desde el corazón hasta el vaso ligado, pero no más allá. Ha demostrado también que un excindido corazón sigue latiendo fuera del cuerpo; un accidente muy comúnmente observado en los sacrificios rituales y una buena evi- dencia de que sus latidos no dependen del sistema nervioso. En estos asuntos Galeno ha proporcionado a la Medicina el método de estudio que consiste en plantear problemas a la Naturaleza, disponiendo las cosas de tal modo, que la Naturaleza misma pueda contestarlos; lo que nosotros llamamos experimento y método experimental. Daremberg, por su parte, ha podido repetir todos los experimentos de Galeno en el Jardín de Plan- tas. En sus especulaciones fisiológicas a propósito de sus descubrimientos, Galeno ha empeorado su obra por su manía teleológica, que él había aprendido de la lectura de la Naturaleza, de Aristóteles. Su afán de vene- ración se encontraba desarrollado de un modo desproporcionado, y sin embargo de que él tenía razón en su suposición primaria de que la estruc- tura sigue a la función, su entusiasmo le condujo en seguida a las más ex- trañas y más arbitrarias hipótesis, basadas á priori en su idea fundamen- tal de que todo en la Naturaleza demuestra un elemento de destino y la divinidad del Creador. Los modernos biólogos consideran los seres vivien- tes y el proceso de su vida como la resultante del paralelogramo de dos fuerzas, la reacción de la herencia innata contra el mundo exterior que les rodea. Ellos razonan que las diferencias de la estructura sean la resultan- te de la adaptación a la violencia y al esfuerzo de este mundo exterior.
(1) Sobre los conocimientos de Galeno a propósito de los nervios cerebrales, véase Th. Beck.: Arch.f. Gesch. d. Med., Leipzig; 1909-10; III, páginas 110-114.
104 HISTORIA DE LA MEDICINA
Pero Galeno, como dice Neuburger, hace toda su teoría fisiológica «un abogado especial experto y bien instruido en favor de la causa del desti- no en la Naturaleza», por lo cual se pierde él mismo en especulaciones á priori «para explicar la ejecución de la Naturaleza, aun antes de que su mecanismo haya sido demostrado». Sus contribuciones a la fisiología de los sistemas nervioso, respiratorio y circulatorio, aunque defectuosas, han sido el único conocimiento real de diez y siete centurias (i).
Hay tres supersticiones galénicas que, a pesar de su plausible carácter, han contribuido grandemente a detener el avance de la ciencia médica: Primera, la doctrina del vitalismo, que sostiene que la sangre es provista de «espíritus naturales» en el hígado, de «espíritus vitales» en el ventrículo izquierdo del corazón, y que estos espíritus vitales se convertían en «es- píritus animales» en el cerebro, estando todo el organismo animado por un «pneuma». Las modificaciones de esta teoría, aunque hayan sido atrac- tivas, han conducido la fisiología a un muy engañoso callejón sin salida, hasta la época de Driesch. Segunda, la noción de que la sangre, en su trán- sito por el cuerpo, pasaba del ventrículo derecho al izquierdo, a través de unos imaginarios poros invisibles del tabique interventricular, teoría que ha impedido tener un conocimiento profundo y real de la circulación hasta la época de Harvey (2). Tercera, la idea de que la «cocción», o su- puración, constituía una parte esencial de la curación de las heridas; lo que condujo a la noción árabe de la «curación por segunda intención», de los sedales y del pus laudable, que, aunque combatida por Mondeville, Para- celso y Paré, no fué enteramente destruida hasta los tiempos de Lister.
De las muchas ediciones de las obras de Galeno, las más importantes son: el texto griego de Aldine de 1525 (cinco volúmenes), la edición de Basilea de 1538, con la letra inicial de Holbein, y las nueve ediciones diferentes del texto latino pu- blicado por la Casa Giunta, en Venecia, entre los años 1541 y 1625. De las traduc- ciones latinas son (piizá las más importantes la de Conrad Gesner (Basilea, 1562), con las ilustra» iones biográficas en la página titular, y la de Linacre. Entre las edi- ciones modci na^. las mejores son: el texto griego y latino, en veinte volúmenes, de Kühn (Leipzig, 1821-1833) [3], con un valioso índice, y la Antología, en dos volú- menes, de Daremberg (París, 1854-1856). Es muy importante también la edición de
1 i ína posible excepción de este estado de cosas pueden constituirlo los po- • .|>< íimentos fisiológicos hechos por Vesalio, que, por otra parte, pasaron in- advertidos en su tiempo.
1 raleno consideraba la sangre arterial (cargada de espíritus vitales») y la
enosa cargada con espíritus naturales 1 como en flujo y reflujo hacia
dentro y afuera; por sus canales respectivos, pero no teniendo conexión una con
epto a través de los poros interventriculares. De un modo análogo, los
líntus animales (psíquicos) se suponía que caminaban adentro y afuera, atra-
iervios, que bc convertían en sólidos después de la muerte. Tara
un buen resumen de esta lase de la fisiología galénica, véase sir Michael Forster:
ih ry of Physiology t Cambridge, 1901; páginas 12-13.
Para una valiosa clasificación de las citaciones de Galeno por los escritores
antiguos ed Kühn . véase la Disertación de Berlin{ de Zimmermann (1902).
MEDICINA GRIEGA 105
los siete volúmenes de Anatomía, de Galeno, en árabe, MS. (manuscrito) del siglo ix después de J. C, con traducción alemana y comentarios de Max Simon (Leipzig, 1906). El más famoso de los tratados de Galeno es su monografía del as- pecto fisiológico y teleológico del cuerpo humano en sus diferentes partes (De Usu Partium); el prototipo de todos los subsiguientes Bridgewater treatises. El Corpus medicorum G raecormn (Leipzig y Berlín), unas series de textos de Teubner, publi- cados bajo los auspicios de las Academias científicas de Europa, e incluyendo to- dos los escritores griegos. La fuente clásica para los menores escritores griegos y greco-latinos es Valentín Rose: Anécdota graeca et graeco-latina (Berlín, 1864-1870).
Respecto de la condición de la Medicina entre los romanos, es mucho lo que se conoce, pero poco lo que se sabe explicar. Mucho de lo que se pretende conocer está fundado en los escritores seculares, especialmente en los satíricos y epigramáticos, y en las inscripciones. Antes de la segun- da centuria después de J. C, los romanos empleaban esclavos médicos (servi medid), o a los consagrados a sus dioses médicos especiales (Tebrís, Scabies, Uterina, y así sucesivamente), prestándoles un interés de momen- to y de pura afición. Ya hemos visto cómo los antiguos ciudadanos de Roma consideraban a los médicos griegos. Pero aun después de que As- clepíades, Galeno y Sorano hubieron hecho respetable la Medicina, los caballeros romanos continuaban mirando la profesión médica como indig- na de ellos. Algunos romanos, antes y después de esta época, practicaban o escribían sobre Medicina; así, por ejemplo, Scribonius Largus, autor de Compositiones Medicorum (47 años después de J. C), una recopilación de drogas y prescripciones, que contiene también una importante mixtura para la tisis y la primera sugestión sobre el uso de la raya eléctrica para el dolor de cabeza; Coelius Aurelianus, el neurólogo de la quinta centuria, que ha parafraseado las últimas obras de Sorano de Efeso; Quintus Sere- nus Samonicus, que ha escrito un poema didáctico de medicina popular en la tercera centuria después de J. C. (tomado de Plinio); Sextus Placitus Papyriensis, que escribe un libro de medicina animal (cuarta centuria); Vindicianus Afer, autor de tratados de anatomía y de un formulario, en la misma época; Cassius Félix, la supuesta fuente original de Celso, y Theodorus Priscianus, médico de Corte de Graciano. Además de los «mé- dicos», propiamente dichos, había los coleccionadores de plantas y raíces (rhizotomi), los vendedores de drogas (pharmacopolae) , los mercaderes y aplicadores de pernadas (unguentarii) , los cirujanos militares (media co- hortis, medid legionis), y los archiatri, o médicos de los emperadores, al- gunos de los cuales eran también médicos públicos o de la ciudad (archia- tri populares). Había también los menos famosos, iatroliptae, o médicos de los baños; medicae, o mujeres médicas; sagae, o enfermeras; obstetricae, o comadronas; los envenenadores profesionales (pharmacopeia), y los de- pravados caracteres que se prestaban a proporcionar filtros y abortivos. Una muy dudosa y muy satirizada clase era la de los especialistas de los
io6 HISTORIA DE LA MEDICINA
ojos, u oculistas (medid ocularii), cada uno de los cuales vendía una espe- cial pomada para los ojos, estampada con su propio sello particular, y compuesta, generalmente, de sales de cinc y de otros metales. Cerca de doscientos sellos de este género han sido encontrados. La casa de los Vettií, descubierta en las excavaciones de Pompeya, tiene una pintura mu- ral representando cupidos y psyches, como unguentarii, en el acto de ex- primir, calentar, testificar y sellar el aceite de olivas (Peters). Muchas de- mostraciones de la medicina de Roma se encuentran en el Musco Bri- tánico (i).
Un rasgo especial de la medicina romana era el empleo de los baños termales públicos (thermae) y de las fuentes minerales. El uso en general de la hidroterapia es debido a Asclepíades, y en el período de 334 años antes de J. C. a 180 después de J. C. se fundaron más de 1.800 baños públicos (Haeser). Las termas de Caraca- lia y de Diocleciano tenían departamentos de mármol para 1.600 y 3.000 personas, respectivamente, y el agua era suministrada por los grandes acueductos. El depar- tamento de los baños fríos (frigidaria) tenía frecuentemente anejo un estanque de natación (piscina); pero ignoramos cómo se calentaban los baños termales (tepida- ria, calidaria), si era por el agua o por el aire de la habitación. Las principales fuentes naturales eran las termas de Baiae, cerca de Ñapóles; las Termopilas, en Grecia (especialmente patrocinadas por el emperador Adriano), y en las colonias romanas, Aix-les-Bains (Aquae Gratinae Allobrogum), Aix-in-Provence (Aquae Sex- tiae), Bagnéres de Bigorre (Vicus Aquensis), Badén, en Suiza (Thcrmopolis); Badén, cerca de Viena (Aqua Pau?io?iicae); Badén Badén (Civit as Aquensis), Aix-la-Chapelle (Aquisgranum) y Wiesbaden (Aquae Maítiace?ises) [2]. Los hospitales militares (vale- tudinaria) son mencionados por Hyginius, y han sido encontrados en Neuss (Cas- trum .Xovcesium) y en Camutum (cerca de Viena).
Los etruscos eran especialmente diestros en el arte de dentista. Marcial habla de los dientes artificiales. Algunos notables ejemplares de puentes (en dentaduras postizas) se han encontrado, y se conservan en el Museo de Corneto, habiendo sido descritas por Guerini y Walsh (3).
VA talento especial de los romanos era la ciencia militar y la creación y aplicación de las leyes. Sus perfeccionamientos higiénicos, tales como la cremación, las casas bien ideadas y perfectamente ventiladas, los gran- des acueductos, las cloacas, alcantarillas y sus baños públicos constituyen una contribución mucho más importante para la Ciencia que sus obras lite- rarias originales. Hay, además, como ha dicho Sudhoff, que los romanos han producido con frecuencia, pero sin intención, resultados higiénicos, fibras de un valor higiénico positivo, pero no de origen médico (4). La me- dicina romana, en realidad, debe ser considerada sólo como un retoño o Bubvariedad de la medicina griega.
- II Barnes: Proc. Roy. Soc. Med (Sect. Hist. Mcd.). Londres, 1913-14; Vil. páginas 71-87.
Haeser Lehrb.d. Gesch. <i. Mcd., \ Aufl., Leipzig, 1875; I, pág. 494. Guerini: History oj Dentistry^ New-York, 1909; páginas <>7-76, y J. J. Walsh: New-York, km?, páginas 79-103. Para los antiguos forceps dentarios, véase Sudhoff: Arek. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 11)08-1909, II, pá- gina
Karl Sudhoff: Hygienischt Gedanken und ihrt Manifestationeninder Weltges- Sl uttgart, <>< 1 . muí; pág. 43.
EL PERÍODO BIZANTINO
(476-732 años después de J. C.)
La caída del imperio romano de Occidente fué, en gran parte, debida a la degeneración del tronco romano, por su mezcla con razas inferiores y más flojas, y a que los soldados, que nunca habían conocido la derrota, llegaron a ser fácil presa de los invasores bárbaros del Norte, provistos de las rudas y primitivas virtudes que aquéllos habían poseído en otro tiem- po. En los tiempos de la República los romanos han igualado, como sol- dados y como legisladores, a los espartanos, siendo esencialmente senci- llos en lo intelectual y en lo moral. En un estado de la sociedad «en que las riquezas se acumulan y la mente decae», no pudo defenderse, como los flexibles y astutos griegos de los últimos tiempos, ni cómo los sutiles y fatalistas orientales, unos y otros de inteligencia más ágil y más dies- tros para la acción que los romanos. Como los normandos en Sicilia, o como los colonizadores ingleses en Irlanda, que han hecho proverbial lo de Hibernis ipsis Hiberniores, han sucumbido a la extraña ley de los con- quistadores, y acaban por ser asimilados ellos mismos por el pueblo con- quistado. Con el proceso de la mezcla de razas, los. romanos de la quinta centuria después de J. C. habían adquirido la «serena imparcialidad» de espíritu que el profesor Huxley atribuye a las razas mongólicas, y algunos piensan que a ello había contribuido grandemente la fiebre palúdica, que comenzaba a devastar la península italiana (i), y la debilitación que, en unión de la fiebre, causaban el lujo y la disipación a que siempre estaban some- tidos. La degeneración del espíritu y del cuerpo, con la consiguiente rela- jación de la moral, condujeron al misticismo y al respeto por la autoridad de lo mágico y de lo sobrenatural; con lo que se preparaba el camino para
(1) Véase especialmente W. H. S. Jones: Malaria and (¡reck history, Manches- ter, 1909. Su modo de pensar está vigorosamente combatido por J. P. Cardamatis (Arch. f. Schiffs-M. Troppcn-H.yg., Leipzig, 1915; XIX, páginas 273-301).
ioS HISTORIA DE LA MEDICINA
la beatería, el dogmatismo y la inercia mental de la Edad Media. En estas condiciones, los médicos fueron convirtiéndose cada vez más en mercena- rios, parásitos y charlatanes, vendedores de remedios secretos. Mucho tiempo antes de la caída de Roma, el mágico, el taumaturgo, el envenena- dor profesional y el cortesano que llevaba drogas por los pueblos,
Ambubaiarum collegia, pharmacopolae, Mendiciy mimae, balatrones, hoc gains o»nic,
eran figuras bien conocidas. En el imperio de Oriente la descomposición de la inteligencia era todavía más pronunciada, y aun en nuestros días el adjetivo «bizantino» se usa en el sentido de lo más lujurioso, afeminado y perezoso. Por el conflicto entre los modos de pensar cristiano y pagano, casi toda la energía intelectual se disipaba en controversias religiosas, al paso que la Medicina se había convertido en un negocio de emplastos y de cataplasmas, de talismanes y amuletos, con una mezcla de brujerías y en- cantamientos, algo semejante a las deducciones ingeniosas de Tom Saw ver y Huckleberry Finn, o como las divagaciones de la ciencia cristia- na. Había entonces, indudablemente, buenas personas, como ahora; pero ellas no ocupaban los puntos culminantes, y hay mucha verdad en el sar- casmo de Gibbon a propósito de los dos caracteres principales de este pe- ríodo: "Conocemos todos sus vicios y estamos completamente ignorantes de sus virtudes . El aspecto supino de la inteligencia y de la moral aparece perfectamente reflejado en el misticismo bizantino del Parsifal, de Wag- ner; y la figura de Kundry, la favorita de las hechiceras, que trae reme- dios del Oriente para aliviar los sufrimientos de Anfortas, puede servirnos como una especie de tipo o símbolo de la medicina bizantina. \ la cabeza de todo lo que se ha escrito por Curtis, Finlay, Zinkeisen y otros debe ponerse, en lo relativo a Bizancio, la siguiente sentencia de Allbutt: Los principales monumentos déla Ciencia estuvieron acaparados asta que la Europa Occidental estuvo preparada para preocu- de ellos i ). I a única cosa que el imperio oriental ha hecho en favor de la medicina europea ha sido conservar algo del lenguaje, de la cultura y de 1( literarios de Grecia. Respecto de este punto, Hirschberg dice inte que Bizancio no ha tenido período medieval, sino que [llámente ha estado «un tiempo señalado» en el pasado. Esto ha sido confirmad.) por las investigaciones de otros historiadores, que demuestran que el hábito de la recopilación establecido por los últimos escritores
i Ulbutt: Science and Mediae cal Thought^ Londres, 1901, página 65,
bien la instructiva lectura de Finlayson en Glasgow Med. Journ,%
EL PERÍODO BIZANTINO 109
griegos y romanos ha continuado siendo una constante ocupación en la Europa Oriental y Occidental hasta después del Renacimiento. A pesar de que el imperio bizantino se sostuvo más de mil años (395-1453 años después de J. C), su historia médica se encuentra simplemente reunida con los nombres de cuatro laboriosos recopiladores, que han sido a la vez los cuatro médicos más eminentes de los tres primeros siglos de aquel imperio. De ellos, el cortesano Oribasio (325-403 años después de J. C), un amigo y médico de cámara de Juliano el Apóstata, y algún tiempo cuestor de Constantinopla, es principalmente notable como un recopila- dor de ciencia más bien que como un escritor original; pero sus recopila- ciones son altamente apreciadas por los eruditos porque se reñeren siem- pre a las autoridades de la Medicina, y así nos las da a conocer por sus citas exactas. La Medicina es, indudablemente, deudora de Oribasio por su notable antología de las obras de sus predecesores, muchos de los cua- les (por ejemplo, los cirujanos Archigenes, Heliodorus y Antyllus) hubie- ran, de otro modo, podido perderse para la posteridad. Galeno es espe- cialmente expuesto con cariñoso cuidado, y ello ha contribuido mucho a colocarle en la posición central de autoridad que ha conservado durante la oscura edad. Como Galeno, Oribasio nos ha dado todo el conocimiento de su época y su región. Su gran enciclopedia de Medicina comprende, en realidad, más de 70 volúmenes, que tratan de todos los aspectos del asunto. Mucho de ello se ha perdido; pero su autor ha resumido sus cono- cimientos en una pequeña Sipnosis, que escribió para la enseñanza de su hijo. Su Euporista, o tratado popular de Medicina, tiene el raro mérito de combatir las supersticiones entonces dominantes y de inculcar en su lugar la sana doctrina terapéutica. Los estudiantes de historia de la Medicina pueden leer a Oribasio, con ventaja, en la espléndida edición, en seis volúmenes, de Daremberg, con traducción francesa (París, 1851-76).
Aetius de Amida, que vivió en la sexta centuria después de Cristo, era también un médico real (de Justiniano I, 527-65) y comes obsequii (alto lord chambelán) de la corte de Bizancio. Es autor de una extensa re- copilación, generalmente designada con el nombre de Tetrabiblion, que es la principal autoridad en todo lo que nosotros conocemos de la obra de Rufo de Efeso y de Leónidas, en Cirugía, y de Sorano y Filomeno, en Ginecología y Obstetricia. Los primeros ocho libros han sido publicados en Venecia en 1 5 34; los restantes, IX-XVI, no impresos, se encuentran ahora en preparación por Max Wellmann. Aecio ha dado una descripción de la difteria epidémica no diferente de la de Areteo, mencionando, como consecuencia, la parálisis del velo del paladar, y su obra contiene los me- jores resúmenes de las enfermedades de los ojos, de los oídos, de las fosas nasales, de la garganta, de los dientes y de la literatura de la antigüedad.
119 HISTokl A DE L A ME I) I C I \ A
Tiene también interesantes capítulos de bocio y de hidrofobia. Mucho de lo de Aecio, como ha demostrado Wellmann, está tomado de Archige- nes por el intermedio de Philumenus. Sus resúmenes de elefantiasis, íleo, de las variedades de la cefalalgia, de la pneumonía, de la pleuresía y del tratamiento de estas perturbaciones son mucho más acabadas que las de Areteo, cuyas obras derivan también de las mismas fuentes. En cirugía ha completado muchos de !os pasajes perdidos de Oribasio, y describe mo- dos de procedimientos (tonsilotomía, uretrotomía, tratamiento de las he- morroides) que no se encuentran en ningún otro autor. A él se debe la primera descripción de la ligadura de la arteria braquial por encima del saco aneurismático, que más tarde se emplea por Guilleman (1594) y Anel 1I71O), hasta llegar al método de Hunter (1786) (Osier) [I]. Aecio recomendaba mucho las unturas y emplastos, y las suponía ser una obra cristiana, por los encantos y hechizos que pronunciaba al prepararlos. Así, al preparar un emplasto decía repetidas veces y en un mismo tono: «El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob den virtud a este medica- mento^ Para extraer un trozo de hueso de la garganta debe gritarse en alta voz: «Como Jesucristo levantó a Lázaro de la tumba, yjonás salió de la ballena, así Blas, el mártir y servidor de Dios, manda: Hueso, sal fuera o vete abajo. >
Alejandro de Tralles (525-605) viajó mucho para estudiar, hasta ter- minar estableciéndose en Roma, y es el único de los recopiladores bizan- tinos que ha desplegado alguna originalidad especial. A pesar de ser un continuador de Galeno, su Práctica (impresa por primera vez en Lyon en 1504) [2] contiene algunas descripciones de enfermedades y algunas prescripciones que parecen ser propias, habiendo entre ellas algunas nota- bles. Sus resúmenes a propósito de la locura, de la gota, de la disentería y de los desórdenes coleriformes están por encima de todo lo que le ro- Contiene un capítulo notablemente original, acerca de los parásitos intestinales y de los vermífugos, y se dice que él ha sido el que primera- mente ha mencionado el ruibarbo y ha recomendado el cólchico (heri)io- /;, en la gota. Lo mismo que Galeno, él ha recomendado una dieta
a abundante, el cambio de aires y los viajes por el mar en la tisis; pero sus otras prescripciones se ven frecuentemente desfiguradas por la mezcla, tan frecuente entre los bizantinos, de encantos y de ensalmos mágii
i Oslen Lancet ^ .Londres, 1915; I, página 95». Osier dice que la descripción origii [o era erróneamente atribuida por Sprengel a Philagrius.
Lodernos pueden consultar la admirable edición de Alexan- anua, por Theodor Puschmano (2 v.). Viena, 1878-79, con traducción ale- 1 introduce loa biogí áfíca.
EL PERÍODO BIZANTINO m
Pablo de Egina (625-690), el último de los eclécticos griegos y de los recopiladores, es el autor de un Epítome de Medicina en siete libros, im- preso por vez primera en la imprenta de Aldino, en Venecia, en 1 528 y 15535 modernamente, con traducción francesa, por Rene Briau (París, 185 5), y con traducción inglesa, por Francis Adams, de la Sydenham Society (London, 1834-47) I1]- A pesar de tratarse de un práctico de gran reputación, nosotros podemos apreciar cuánto había descendido el valor de la Medicina en la séptima centuria al leer sus exposiciones apolo- géticas y apreciar su falta de originalidad. Admite francamente que los antiguos han sabido todo lo que podía saberse de la materia y que él es únicamente un humilde escritor. Pablo de Egina era, no obstante, un hábil cirujano, y el sexto libro de su Epítome, el modelo seguido hasta los tiempos de Albucasis, revela verdaderamente que él ha puesto algo de su propia información. Nos da descripciones originales de la litotomía, trepa- nación, tonsilotomía, paracentesis y amputación de la mama; pero se opo- ne decididamente a la apertura del tórax en el empiema. Al describir la herniotomía recomienda quitar el testículo, una mutilación que ha sido perpetuada por los árabes y que ha continuado en boga por los errabun- dos cirujanos de la Edad Media hasta el siglo xvi. Pablo de Egina nos da asimismo el resumen más completo de la cirugía ocular y de la cirugía militar de la antigüedad. Menciona la abundancia de médicos navales en su tiempo. Omite toda referencia a la versión podálica, y como su auto- ridad ha sido sostenida por los árabes, este procedimiento ha desapare- cido de la literatura hasta los tiempos de Roslin y Paré.
Entre los escritores menores del período bizantino podemos mencio- nar aún a Publius Vegetius Renatus, un tratante en caballos y veterinario del siglo v después de J. C, cuya Ars Veterinaria, publicada en Basilea en 1528, contiene la primera relación auténtica del muermo, y a Theo- philus Protospatharius, médico y capitán de guardias del emperador He- raclio (603-641) y contemporáneo de Pablo de Egina. Ha dado una des- cripción original del músculo palmar corto y del nervio olfatorio, y ha escrito un tratado de la orina (2), que ha sostenido por espacio de siglos la doctrina galénica, de que aquélla es un filtrado de la sangre, que se produce en la vena cava y vena porta. Esta misma doctrina ha sido de- fendida, sin modificación alguna, por Johannes Actuarius, el último de los escritores bizantinos, cuyo acabado tratado de la orina da la impresión de lo dogmático con el absurdo de «calculadores de agua» de los últimos
(1) Una valiosa traducción alemana, con comentarios, por J. Berendes, ha sido publicada en Janus, Amst, 1908-13, passim, y en Leyden (E. J. Brill, 1914).
(2) Editado por W. A. Greenhill (Oxford, 1842).
iij HISTORIA DE LA MEDJCINA
tiempos. Debe recordársele por haber sido uno de los primeros en usar un vaso graduado para el examen de la orina, aunque las señales de éste no tenían un ñn cuantitativo, sino cualitativo, indicando la posible posición de la espuma y de los diferentes precipitados y sedimentos.
Durante el período bizantino se ha hecho una interesante contribución a la clínica médica por los padres de la Iglesia cristiana; a saber: la pri- mera descripción de las primeras epidemias de viruela. Eusebio ha des- crito una epidemia de Siria en el año 302 después de J. C; otra ha sido descrita por Gregorio de Tours en el 5 8 1, y la palabra «viruela» ha sido empleada por vez primera por Marius, obispo de Avenches, en el 570. Se ha dicho que la enfermedad ha sido también descrita en los escritos del monasterio irlandés en 675 como Bolgagh y Galar Breac. La Crónica de St. Denis (580) menciona la difteria con el nombre de esquinando,. Ba- ronius ha descrito las epidemias romanas de 856 y 1004, y Cedrenus ha referido la epidemia bizantina de 1039 como cynanche (Hirsch).
En 1495 una valiosa colección ilustrada de manuscritos quirúrgicos, debidos al médico bizantino Niketas, 900 años después de J. C, ha sido comprada en Creta a [anos Laskaris por Lorenzo de Médicis, y subsiguientemente adquirida por el car- denal Nicolás Rudolfi, constituyendo en Ja actualidad uno de los tesoros de la Bi- blioteca Laurenciana, de Florencia (Códex, LXXIV, 7). Contiene 30 láminas gran- de-, ilustrando los comentarios de Apollonius de Kitium al tratado hipocrático de las dislocaciones (itepi spOpouv), y 63 hojas más pequeñas, extraídas de las páginas del tratado de vendajes de Sorano. Las pinturas de Apolonio, que se encuentran también en el Códex 3.632 de la Biblioteca Universitaria de Bolonia, están pintadas y dibujadas al pincel en un tono pardo oscuro, y representan las diferentes mani- pulaciones y aparatos empleados en reducir las luxaciones; en cada caso aparece encima de la figura dibujado un arco de estilo bizantino. Respecto de su origen, pien- idhoff que procede de Alejandría o de Chipre, donde Apolonio ha escrito sus comentarios durante los años 81-58 antes de J. C. Ellos han sido, indudablemente, transmitidos de un modo directo desde la antigüedad (1), y por esta razón repre- sentan la genuína tradición de Hipócrates sobre la cirugía práctica, como se ha transmitido, por conducto de los últimos griegos, hasta Bizancio. Las dos series de pinturas han sido reproducidas, con libertad de estilo, por los artistas del Re- lia* •¡miento Jan Santormos y Francesco Primaticcio, y estas reproducciones han sido utilizadas por Guido Giudi para ilustrar sus colecciones quirúrgicas (Pa- n's, i -.44' [2].
El tratado de Apolonio ha sido reimpreso posteriormente con las ilustraciones por Hermann S< aune | [896). [3]. Los 200 dibujos usados por Guido Giudi han sido reproducidos por H. < tmont (4 .
Sudhoff: Beitr&ge tur Geschichte der Chirurgie in Mittelalter, Leipzig, 19 14, páginas 4-7.
Las pint • encuentran en las siguientes obras de Guido Giudi: Cnirur-
o in latinum conversa (París, 1544»; en el vol. Ill de su Ars Medicinalis \ '<■!)»■< i.i. mu 1 , en su Opera Omnia (Francfort, 1068), yen la colección de Conrado ■ i De chirurgia veriptores optimis Zurich, [555, páginas 321-358 (Sudhoff). Apollonius von Kitium: Tllustrierter Kommentar mr der Hippocratischen . - pt ipOpuv, hrsg. v. II. Schtfne, Leipzig, (896. Bibliothéque national» . Département des manuscríts. Collection de chirur- I tino 6.81 Ed, 1 1 « )mont. París - 1
PERÍODOS MAHOMETANO Y JUDÍO
(732-1096 años después de J. C.)
Con las espadas de Mahoma y sus emires las impetuosas tribus rebel- des de los desiertos asiáticos y africanos se fueron convirtiendo en nacio- nes capaces de actuar como unidades militar y social; pero no comenzó hasta largo tiempo después de su muerte, después de haberse dividido el poderoso imperio que había fundado en califatos, el desenvolvimiento de las ciencias y de las artes. Durante el período de conquista y de conver- sión el celo fanático y fatalista de los musulmanes tendía naturalmente a la persecución y a la destrucción de todas las manifestaciones de la inte- ligencia. Al paso que el principal servicio prestado por el Islam a la Me- dicina ha sido la conservación de la cultura griega, los sarracenos, por sí mismos, son los creadores, no sólo del álgebra, de la química y de la geo- logía, sino también de los que se podrían llamar mejoras y refinamientos de la civilización, tales como el alumbrado de las calles, cristales para las ventanas, fuegos artificiales, instrumentos de cuerda, frutos cultivados, perfumes, especias y lo de «la frecuentemente mudable y frecuentemente lavable ropa interior de hilo y de algodón, que continúa designándose to- davía entre las señoras ccn su antiguo nombre árabe» (i). En la esfera in- telectual, el monoteísmo y las tendencias dialécticas de Galeno y de Aris- tóteles sedujeron grandemente a los mahometanos. Especialmente, la poli- farmacia de Galeno encantaba a aquéllos, que eran químicos por natura- leza, y su «polipragmatismo» al azar pudo amoldarse a sus férreos dog- mas. La idea oriental de que es pecaminoso tocar el cuerpo humano con las manos estorbó el avance de la anatomía y de la cirugía. El carácter
(1) Draper: History of the Intellectual Development of Europe, New- York, 1876; II, páginas 33-34. La AÍhambra, como el palacio cretense de Knossos, contiene de- mostraciones de los adelantos sanitarios, conocidos más tarde en Europa, como, por ejemplo, W. C.
Historia DE la Medicina. — Tomo i
ii4 HISTORIA DE LA MEDICINA
general del fatalismo religioso oriental era favorable a la meditación con- templativa y a la resignada sumisión a la autoridad, y la misma agilidad de la inteligencia que los musulmanes poseían se gastaba en pequeñas y artificiales sutilezas. Así, las tendencias intelectuales de la Edad Media es- taban determinadas por ellos principalmente, y podemos, conforme a los juicios de hombres tan diferentes como sir Henry Layard, sir Henry Mai- ne y el oftalmólogo Hirschberg, pensar que la gran masa de los habitan- tes del Oriente ha detestado toda reforma y toda investigación científica hasta nuestros días. Nosotros designamos a los autores médicos del perío- do mahometano con el nombre de «árabes», con arreglo a la lengua en que se han expresado; pero, en realidad, la mayoría de ellos son persas o españoles, y muchos judíos.
Los médicos mahometanos son deudores de sus conocimientos médi- cos, en primer término, a una secta cristiana perseguida. Nestorius, un sacerdote que había sido nombrado en 428 patriarca de Constantinopla, enseñaba la doctrina herética de que María no debía ser nombrada «Ma- dre de Dios», sino «Aladre de Cristo». En su consecuencia, él y sus dis- cípulos fueron desterrados al desierto, y, como los judíos posteriormente, se consagraron al estudio de la Medicina a causa de su ostracismo religio- so y social.
Los heréticos nestorianos dieron la comprobación práctica a la escuela de Edessa, en Mesopotamia, con sus dos grandes hospitales, que convir- tieron en una notable institución para la práctica médica; pero fueron des- terrados por el obispo ortodoxo Ciro en 489. Refugiados en Persia, don- de sus doctrinas teológicas eran bien acogidas, fundaron la famosa escue- la de Gondisapor, que se convirtió en el verdadero punto de partida de la medicina mahometana.
El califato oriental (o de Bagdad) [750-1258] se encontraba sometido
al gobierno de los Abbasidas, que eran partidarios del estudio y de la
■.< ia, y entre los que incluso figuraron algunos gobernantes de espíritu
liberal, como los califas Al-Mansur (754-775), Harun-al-Rashid (786-802)
Ll-Meiamum (813-833/ Estos monarcas estimularon la reunión y copia
délos manuscritos griegos, y las primeras centurias del período mahome-
tanano se han ocupado en la traducción al árabe de las obras de Hipócra-
1 raleno, I Hoscórides y de otros escritores clásicos de i rrecia. I .os prin-
< ¡pales traductores de las centurias octava y novena han sido Johannes
Messué, el Viejo (777-837), llamado Janus Damascenus, un cristiano que
llegó ,1 ser director del Hospital de Bagdad, y el maestro nestoriano Ho-
uain bei 1 Vohannitius) [809 87 \ . al que Withington denomina «el
del renacimiento árabe . Johannitius tenía un car£< ter aventurero;
I tradu( tor de I lipócrates, de ( raleno, de < Iribasio y de Pablo de Egi-
PERIODOS MAHOMETANO Y JUDIO
115
na, siendo en su época el director del espíritu médico de Bagdad. Escri- bió unos comentarios al Microtechne, de Galeno (Isagoge in Aj'tem par- vam), y el tratado árabe más antiguo de enfermedades de los ojos (Hirsch- berg) [i]. Las diez secciones han sido traducidas por M. Meyerhof y C. Prüfer, del Cairo, con una interpretación de la doctrina de la visión de Honairi y una interesante lámina representando el «ojo esquemático» (ma-
5 ^¡Jr&íi^s*^^^
3 j._l — — ■ ^.^^Miiifc- ; -^ _ ---J VI
in^^-T^ ,^T ?<? c?\r?rf ^-^ irr-^m^r^r^
Ksquema del cerebro, del quiasma de los nervios ópticos y de la sección de los globos oculares, demos- trando el cristalino, vitreo, retina, conjuntura, córnea y tánicas del manusciito 924 en la Nueva Mezquita de Constantinopla (Pausier, Hirschberg, Sudhóff).
nuscrito Cairene) y el «espíritu visual» de Galeno (Sehgeist), que se supo- nía proceder del cerebro, vía nerviosa para envolver el objeto visto, pre- cediendo a éste hasta el humor cristalino para completar el acto de la visión.
(1) Archiv für Gesch. d. Med., Leipzig, 1910-n; IV páginas 163-190, 1 lám., 1912-13, VI, páginas 21-33. No debe confundirse esta obra con el Monitorium ocu- lariorum, de Haly ben Isa (Jesu Hali), un escritor del siglo xi, cuya obra fué el clá- sico libro de texto de Oftalmología en los últimos tiempos del Islam y la autoridad en la materia. La traducción medieval al latín carece de valor y resulta ininteligi- ble. La mejor traducción de las modernas es la de Hirschberg y Lippert (Leip- zig, 1907).
u6
HISTORIA DE LA MEDICINA
Los más grandes médicos del califato oriental han sido los tres per- sas: Razhes, Haly Abbas y Avicena.
Razhes (860-932), un gran clínico, que puede, con Hipócrates, Areteo y Sydenham, colocarse entre los que han sabido describir de un modo original las enfermedades. Su descripción de la viruela y del sarampión es la primera que encontramos en la literatura; una obra clásica que se ha
t ,.■-...••.■ .
Esquema árabe del oído, de los ojos y de) «espíritu visual», que procede del cerebro y va a cin ulver al . «Ir la ritiÓD y llevarlo hacia ol cristalino. (De un manuscrito persa del Btglo xvn.) Meyerhof y I'rüler. (Sudhoffa Archiv., 1912; VI, pág. 26.)
conservado en el lenguaje árabe original, con traducción latina, en la edi- ción de Channing (Londres, \J()6). Aunque la viruela había sido descrita, de 1111 modo vago, como más antigua del siglo vi por algún religioso, y por el cronista del siglo vn Aarón (citado en el Continente, de Razhes), la
ion de Razhes es tan viva y tan completa, que casi parece una obra
de los tiempos modernos. Su gran enciclopedia de Medicina, El Havi, o
Conünens% que rlaller prefería a todos los restantes tratados árabes, se
erva por la traducción árabe de Feragut (Brescia, i486). Escrita sobre
i" una masa enorme de extractos de diferentes orígenes, unidos
PERIODOS MAHOMETANO Y JUDIO 117
a historias clínicas originales y a experimentos terapéuticos, revela a Ra- zhes como un galénico en teoría, a pesar de ser un continuador de Hipó- crates en la sencillez de la práctica. El noveno libro de Razhes, que ha sido traducido por Vesalio y comentado por Gatinaria, ha sido la fuente de los conocimientos terapéuticos hasta largo tiempo después del Rena- cimiento.
Haly ben Abbas, un mago persa que murió en 994, es' el autor del Almaleki (Liber regius, o Libro rea/), una obra que ha sido el canon de la Medicina durante una centena de años, hasta que ha sido superpuesto por el Canon, de Avicena. Nunca se ha impreso en el lenguaje árabe ori- ginal, pero sí en la traducción latina de Constantino Africano en 1080, que la ha publicado como obra propia y no traducida (i). Su traducción con- tiene una descripción de la viruela y del «fuego persa» (ántrax maligno), así como también el nombre latino de la viruela (variola) [2].
Ibn Sina, o Avicena (980-1036), llamad} «el príncipe de los médicos», un sociable espíritu omariano notable, afortunado en la práctica como mé- dico de corte, y visir de diferentes califas, fué uno de los que llegaron a la celebridad en sus primeros años, retirándose pronto y muriendo pre- maturamente por efecto de sus heridas. .Era médico-jefe del célebre Hos- pital de Bagdad, y se afirma que ha escrito más de cien obras sobre dife- rentes asuntos, de las cuales muy pocas se conservan. Su maravillosa des- cripción del origen de las montañas (citada por Draper y Withington) le ha dado justamente el nombre de «Padre de la Geología», y es interesan- te el hecho de haber sido dos médicos los únicos que, con larga diferen- cia de espacio y de tiempo (Avicena y Fracastor), han escrito algo de va- lor a propósito de esta ciencia durante muchos siglos. También se dice que Avicena ha sido el primero que ha expuesto la preparación y las propie- dades del ácido sulfúrico y del alcohol. Su Canon, que Haller calificaba de «metódica vanidad», es una enorme y pesada recopilación científica, en la que el autor intenta codificar todos los conocimientos médicos de su épo- ca y clasificar sus hechos con el sistema de Galeno y de Aristóteles. Escri- ta en un estilo claro y atractivo, esta gigantesca obra llegó a ser en la Edad Media la autorizada fuente del sabsr médico; por el' modo de razo- nar elaborado por Avicena, un milagro silogístico en su género, atrajo de
(1) Las dos principales ediciones latinas son: la de Venecia, de i492. y Ia de Lyon, de 1523.
(2) La palabra variola ha sido primeramente empleada en la Crónica del obis- po Mario de Avenches del modo siguiente: Anno si o: Hoc anno morbus validas cum profluvio ventris et variola Italiam Galliamque valde afflixit, et animalia bubula per loca suprascripta máxime interierunt. Gregorio de Tours: Historia francorum) en M. Bouquet: i<ecueil des Ziistoriens des Gantes, París, 1739; II, pág. 18. (Citado por Paul Richter, Arch.f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1911-12, V, pág. 325.
1 18 HISTORIA DE L A MEDICINA
un modo intenso la inteligencia de la Edad Media, señalándola el camino que había de seguir en todas direcciones (i). El español Amoldo de Vi- llanova define a Avicena como un escritorzuelo profesional que ha dejado estupefactos a los médicos europeos con su mala interpretación de Gale- no (Neuburger). En honor de Avicena, hay que decir que sus historias clínicas, que él quería poner como un apéndice del Canon, se han perdido irremisiblemente, y que sólo sobreviven las últimas, publicadas en Roma, en 1 593, y en Bulak, en 1877. El que Avicena ha debido ser un hábil práctico se deriva, naturalmente, de su oran reputación. Por ejemplo, las notables láminas de la edición de Giunta, de 1595, demuestran que él ha- bía conocido y practicado el método hipocrático de tratar las enfermeda- des de la columna vertebral por la reducción forzada, que ha vuelto a ser empleada por Calot en 1 896. Su recomendación de ser el vino el mejor medio de curar las heridas era popular en la Edad Media. Avicena ha co mentado la filaría de Medina (Vena mediuensis) [2]; ha descrito el ántrax con el nombre de «fuego persa» (Kanon, Bulac edic, 1294 [1877 ]^ Hl> Pa- gina 1x8); ha dado un buen resumen de la diabetes, y se afirma que ha señalado el sabor dulce de la orina diabética (3). Sin embargo de todo lo dicho, puede afirmarse que la influencia ejercida por el Canon, de Avice- na, en la medicina medieval ha sido, en conjunto, mala, porque ha con- firmado a los médicos en la perniciosa idea de que el razonamiento es preferible a la investigación directa de las cosas. Ha sido también perju- dicial para el progreso de la cirugía al inculcar la doctrina de que este arte es una rama inferior y separada de la Medicina y al reemplazar el uso del cuchillo por el del cauterio. Tres tratados de anatomía, de Rhazes, Haly- Abbas y Avicena, han sido editados por P. de Koning (1903) \\\.
I >seibia ( 1203-69), de Damasco, es el primer historiador de la medici- na árabe; ha escrito una serie de biografías de los médicos antiguos, que ha sido la fuente principal de las historias deWüstenfeld y deL. Leclerc ($).
(i) Las principales ediciones latinas del Canon son: la de Milán, impresa
en 147.V. las de Padua, en 1 47<> y 1497; las de Venecia, en 14s-'. i486, 1490. [49I1
Giunta, de 1527, 1544, 1555, 1582, 1595 y 1608. Los comentarios
in foto se habían impreso en cinco voluminosos tomos por Giunta, en Venecia,
en .
\ cena: < 'anon, sect. Ill, trat II, cap. XXI. j Dinquizzi: Bull. \cad. de \f¿d., París, 1913; I XX, pág. 631. Erich Ebstein /.. Leipzig, 1915) demuestra que el Viaticum peregrinantes, de [bn-el [schezzai ntiene una notable descripción de la diabetes (De pass tone dia-
betica . en la que bc señalan la sed, la poliuria, el apetito canino, etc.; pero todavía abor dulce de la orina. 1 [Yes tratados de anatomía árabe, Leyden, 1903.
t Ha ti •;idn< < i «'.n latina p«.r | | Reiske, en Copenhague; y la obra se encuen- rciálmente traducida al francés por B.R. Sanguínette four nal asia- Parf
PERÍODOS MAHOMETANO Y JUDÍO 119
Otra de las principales figuras del Califato Oriental es el médico hebreo Isaac ben Salomón, llamado Isaac Judaeus (850-950), que ha escrito un tratado de dietética (De Diceta, Padua, 1487) que fué popular en Europa; y el viajero árabe Abdollatif (1161-1231), que visitó el Egipto a instancias de Saladino, teniendo ocasión de estudiar durante este viaje el esqueleto humano, convenciéndose de que la osteología de Galeno es errónea en muchos puntos importantes.
El Califato Occidental, o Califato de Córdoba (7 5 5- 1 236), alcanzó su máxima prosperidad bajo la dinastía española o delosOmniadas (755-1036), y sus principales autores médicos son el cirujano Albucasis, el filósofo Averroes y los médicos judíos Avenzoar y Aloses Maimónides.
Albukasim, llamado Albucasis, natural de Córdoba, floreció en el siglo xi y es el autor de un gran tratado médico-quirúrgico, llamado el Altasrif (o Colección), cuya parte quirúrgica persiste en el texto árabe de de Channing y en su traducción (Osford, Clarendon Pres, 1778). Contie- ne láminas de instrumentos quirúrgicos y del arte dentario (reproducidas en la Antología Veneciana de cirugía, de 1 500), y ha sido el libro de texto de cirugía en la Edad Media hasta después de la época de Saliceto. Cons- ta de tres libros, y está fundado en las obras de Pablo de Egina. El pri- mer libro nos ilustra acerca del cauterio, el rasgo característico de la ciru- gía árabe, y nos da descripciones y láminas de los instrumentos más em- pleados; el libro segundo contiene descripciones de la litotomía, litotricia, amputaciones en el caso de gangrena y tratamientos de las heridas; el ter- cer libro se ocupa de las fracturas y dislocaciones, incluso la fractura de la pelvis, y menciona la parálisis en el caso de fractura de la columna ver- tebral. Albucasis, aparentemente, ha sido el primero en describir el trata- miento de las deformidades de la boca y de la arcada dentaria, y en men- cionar la posición obstétrica que lleva el nombre de Walcher position (i). En los tiempos de Gurlt, las láminas de los instrumentos quirúrgicos (in- cluso los dentarios) en el Albucasis se consideraban como las más antiguas que se conocían; pero hoy se han descubierto otras más antiguas en los documentos medievales por Sudhoff y otros. El horror orienta la tocar el cuerpo con las manos o con los instrumentos es una razón suficiente para explicarnos el que estas láminas de los antiguos no se hayan reproducido más que excepcionalmente por los mahometanos persas.
El más grande de los médicos judíos del Califato Occidental ha sido el cordobés Avenzoar, que murió en 1 162. Ha sido uno de los pocos que
(1) «Turn decumbat mullier in collum suum, pendeantque deorsum pedes, ejus, illa vero in lectum decumbat, etc.», citado por Herbert Spencer in Lancet, Londres, 1912, I, pág. 1568. Mercurio, en La Contare (1596), describe también la posición aludida.
!2o HISTORIA DE LA MEDICINA
han tenido el suficiente valor para declararse en contra de Galeno, y su descripción del arador de la sarna (Acarus scabiei) hace que se le pueda considerar como el primer parasitólogo, después de Alejandro de Trayes. Ha descrito, además, la pericarditis serosa, el absceso del mediastino, la parálisis faríngea y la inflamación del oído medio, y él ha recomendado el uso de la leche de cabras en la tisis, y la traqueotomía. Su Teisir, o «Rectificación de la salud >, se conserva en la traducción latina publicada en Venecia en 1 490.
Su discípulo Averroes (1 1 26-1 198), también nacido en Córdoba, es todavía más notable como filósofo y como librepensador que como mé- dico. Su Kitab-al-Kollijat, traducido con el nombre de Colliget (Libro de lo Universal), tiende a fundar un sistema de medicina sobre la base de la filosofía de Aristóteles, y adelanta la doctrina panteísta de que el alma o la naturaleza del hombre se absorbe al morir por la naturaleza universal. Su negación de la inmortalidad' personal ha sido causa de que se le persiga durante su vida, y de que él y sus discípulos hayan sido anatematizados durante toda la Edad Media. Su obra tiene únicamente interés como una reliquia de los modos de pensar los árabes.
El Rabbi Mosen ben Maimón, llamado Mosks Maimónides (i i 35-1204), ha sido médico de corte de Saladino, habiendo escrito para el uso perso- nal del sultán su tratado de higiene privada (Tractatus de Regimine Sa- nitatis). Contiene algunos preceptos admirables de dieta y de régimen, in- cluso una fórmula de pildoras de ruibarbo y tamarindo, y su primera edi- ción, impresa en Florencia en 1478, se considera como el más raro de los libros. Su tratado de los venenos era muy citado por los escritores me- dievales, y ha sido traducido al francés (1865) y al alemán (1873).
Hombres tan peritos en la Química como los árabes no podían dejar de ser al propio tiempo buenos farmacólogos, y desde el punto de vista de la preparación de drogas, ellos fueron una autoridad reconocida duran- te toda la Edad Media. Hasta en estos días, lo que Osier llama «la pesa- da mano de la Arabia» se aprecia en el enorme volumen de nuestras pro- pias farmacopeas. El principal depósito de la materia médica árabe es el J ami, de [bn Baitar, una enorme compilación del siglo xm,en la que se des- ( nbcri unas 1 .400 drogas, de las que unas 300 pueden considerarse como nuevas. El Grabadin, o manual de farmacia (Antidotarium), del epónimo udónimo Mbsue el Joven, ahora designado con el nombre de «seudo Mesue . ea una misteriosa recopilación latina del siglo x u xi, cuyo origi- nal árabe no ha logrado descubrirse nunca, y que constituía el compen- dio de drogas más popular en la Europa medieval, empleándose siempre como guía en la preparación de aquéllas. El tratado de los purgantes los ii .1 en tres grupos: laxantes (tamarindo, higos, camelas, casia), suaves
PERÍODOS MAHOMET AN* O Y JUDÍO 121
(ajenjo, sen, áloes, ruibarbo) y drásticos, (jalapa, escamonea, coloquínti- da). La fama de que gozaban estos tratados se demuestra por el hecho de haber sido la traducción latina de ambos uno de los primeros libros médi- cos que se imprimieron (Venecia, 147 I). Una obra importante en el len- guaje persa era la materia médica de Abu Mansur, en la que se describen 585 drogas, de las que 466 eran vegetales, 75 minerales y 44 animales (i). Un escrito persa de] siglo xi, por Ismail de Jurjani, contiene la guía, pro- bablemente más completa de este período, para el análisis de las orinas. También hay datos muy importantes respecto de climatología y de geo- grafía médica en los escritos árabes (2).
Aspectos culturales de la medicina mahometana. — En la traducción de sir Richar Burton de Las mil y una noches (3) hay un cuento de un pródigo heredero que ha malogrado toda su hacienda, excepto una her- mosa esclava, muchacha de extraordinario talento, que para reconquistar la fortuna de su amo le insta a que la lleve delante del califa Harum-al- Rashid para venderla por una suma bastante grande, para compensar sus pérdidas. Al verla, el califa decide ensayar la extensión de sus conocimien- tos y la somete especialmente a un largo interrogatorio, que incidental- mente nos proporciona una buena documentación acerca del aspecto so- cial de la medicina árabe. Como quiera que la hermosa esclava hace gala de sus extensos conocimientos de Teología mahometana, Leyes, Filosofía, Medicina, Astronomía, Astrología, Música, juego de ajedrez y otras artes y ciencias, podemos deducir que todos estos conocimientos constituían una parte esencial de la educación de los médicos árabes, y, al propio tiempo, que existía un cierto conocimiento del sistema- médico de Galeno, que constituía un rasgo del contenido cultural de algunos mahometanos bien educados de aquella época. Los árabes dedujeron sus conocimientos de la medicina griega por el intermedio de los frailes nestorianos; muchos detalles prácticos los aprendieron de los judíos, y sus doctrinas astrológi- cas, del Egipto y del Oriente. Así, por ejemplo, la esclava sigue el Tal- mud en lo que hace referencia al número de los huesos (249); da un infor-" me exacto de los cuatro humores, y extensos detalles a propósito de los efectos de la conjunción de los diferentes planetas. El diagnóstico de las enfermedades internas se funda en seis cánones: i) Las acciones del en-
(1) Epitomizado en latín por R. Selfgmann, Viena, 1830- 1833, y traducido al alemán bajo la dirección de Rudolf Robert (líistor. Stud. a. d. pJiarm. lust. Univ. Dor pat., 3 Heft, Halle, 1893).
(2) Véase E. Wiedemann: Arch.f. Gcscli. d. Naturw., Leipzig, 1914-15; V, pági- nas 56-68.
(3) Edición Denver, 1899, vol. V, páginas 189-245 (Abu-al-Husn y su esclava Tawadud). La parte médica se encuentra en las páginas 218-226.
i22 HISTORIA DE LA MEDICINA
fermo. 2) Sus excreta. 3) La naturaleza de los dolores. 4) El sitio de los mismos. 5) Tumefacción. 6) Los efluvios del cuerpo. Yuna nueva información se puede deducir por «la palpación de las manos», que pueden estar fir- mes o lacias, calientes o frías, .húmedas o secas, o por algunos otros indi- cios, como, por ejemplo, la «amarillez de lo blanco de los ojos» (ictericia), o por «lo encorvado de la espalda» (enfermedad pulmonar). Síntomas de bilis amarilla son una complexión cetrina, sequedad de la garganta, un sa- bor amargo, pérdida del apetito y pulso rápido; los de la bilis